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Seminario
Actualizaciones en la clínica del
acompañamiento terapéutico

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Organizado por PsicoMundo

Dictado por :
Gabriel Pulice y Federico Manson


Clase 1


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La «dama» y sus disfraces

Presentación:
Alejandra Saranitte; Rosa D´Alesio

Comentario:
Federico Manson

Se trata de una mujer de 38 años, abogada, con dos hijos adolescentes. El diagnóstico del médico psiquiatra, Trastorno Bipolar. El primer acompañamiento se realiza durante el embarazo del cuarto hijo —cuyo padre es su pareja actual— y es indicado luego de un intento de suicidio. El niño vivió 6 meses. A los 5 meses de su muerte, S. vuelve a tomar pastillas, luego de lo cual se indica nuevamente un acompañamiento de 24 horas. Presentamos el relato de esta segunda etapa del acompañamiento, en el que ubicaremos tres momentos que recorrimos junto a S.

En este primer momento del acompañamiento aparece un gran malestar que S. expresaba a través de chistes y comentarios irónicos acerca de las acompañantes. Los chistes que hacía eran bizarros, no provocaban la más mínima risa. Habla compulsivamente, se ríe exageradamente, con la mirada busca nuestra aprobación, nos sentimos convocadas a hacer de «Bufón del Rey».

Interpela y querella a todos los que se le cruzan en el camino. S. necesita controlar, ordenar, someter, descalificar a los que la rodean, desde amigos, mucamas, parejas, como único modo de relacionarse con el otro, los únicos que parecieran no entrar en este círculo son el hermano y el padre. Pareciera que no puede construir relaciones sino es desde la polémica, no puede acercarse desde otro lugar. Pensamos que teníamos que estar advertidas; tal vez todo aquello que dijéramos «sería usado en nuestra contra».

La confianza no se había establecido. Comenzó a desplegar mucho enojo hacia nosotras. Se preguntaba para qué estábamos allí, si dormíamos, si desayunábamos. Aún no se sentía acompañada, más bien invadida, controlada, asfixiada. ¿Cómo entrar en ese juicio donde ella es la querellante, la ley, la justicia, el juez que sentencia que es lo que está bien y lo que está mal?

Podíamos optar entre declarar o no. A sabiendas de aquello a lo que nos exponíamos optamos por hablar y una posibilidad fue hacerlo desde un lugar de saber —saber en relación a nuestro trabajo— mostrando de algún modo que si bien ella sabía de pleitos y juicios, las acompañantes sabíamos el por qué de nuestra presencia allí. Pero al mismo tiempo intentábamos corrernos de la posición de vigiladoras, identificadas con aquellos que S. decía «la trataban como loca». Era difícil ubicar por dónde transitaba su dolor. Sí se fue desplegando su modalidad transferencial de «ir volteando muñecos» por llamarlo de alguna manera. Las acompañantes iban cayendo, sólo rescataba algunas. Un cambio en el dispositivo —que contempló su interés en que ciertas acompañantes permanezcan— dio lugar a un segundo momento, en el que la manía fue cediendo.

En este segundo momento S. comienza una etapa que podría manifestarse como de cierta melancolización, la idea de muerte vuelve a aparecer, está desanimada, vive con culpa y auto reproches. En este tiempo el relato sobre la grave enfermedad del bebé se repetía una y otra vez. S. repasaba las circunstancias que rodearon la muerte de su hijo, enfatizando la ausencia del padre del bebé en ese momento, lo que motivaba sus ansias de venganza. Hasta que se produce un cambio. Lo que en un momento era la respuesta a un e-mail que su pareja —en ese entonces separados— le enviara, se va transformando con el correr de los días en un relato escrito, en una historia que titula: «La dama, el caballero y sus disfraces».

S. trata de contar, una y otra vez como fueron los hechos y nosotras, advertidas de que la realidad es por sobre todo realidad psíquica, nos vimos también avocadas a la tarea de asistirle, en esta construcción. Su primera idea fue enviar este relato profundamente descalificador al estudio de su pareja, y con el paso del tiempo se fue acrecentando la sed de revancha. Quería empapelar tribunales, dando nombres ficticios pero datos más que delatores, desenmascarar al hombre, que todos conozcan quién es. ¿Estaba haciendo justicia por mano propia? Nos preguntábamos que hacer en esta tarea en la cual ella nos incluía; pidiéndonos sinónimos, leyéndonos insistentemente el escrito, haciéndonos testigos de la gran angustia que esto le ocasionaba, ¿necesitaba testigos para esta denuncia publica?

Se sucedían jornadas, en las que S. leía en voz alta ante nuestra escucha atenta; las intervenciones consistían en algunas preguntas o breves comentarios de lo escuchado. No sólo el contenido era importante para ella, sino el modo en que lo plasmaba en el texto, poniendo especial cuidado en la sintaxis y en la elección de las palabras. El texto iba descubriendo cada uno de los disfraces del caballero y como ante ellas se iban cayendo sus máscaras. Ella lo obligaba a ocupar lugares para los que estaba incapacitado, ante esto sus mascaras caían. La imagen cautivante que la enamoró, los conflictos con la familia, el embarazo, el abandono, la enfermedad y muerte del hijo... todo se volvía a escribir como cierto intento de invertir esta historia, esperando que la sanción de un Otro haga justicia con esta dama que lo había perdido todo por este caballero.

Siguiendo las indicaciones del analista, las acompañantes ayudamos a S. a contar, a poner palabras, lágrimas y sentidos a esos fragmentos, que como eterno retorno de lo igual, no podían significarse y a cambio le impulsaban a caerse de la escena. Acompañarla en esta etapa de escritora, era también sostener estos reclamos, acotando la locura que la invadía y, mediante algunos señalamientos, ayudarla a pensar y decir las cosas desde otro lugar.

La lectura del texto completo en voz alta, originó, en una oportunidad, un cambio en la visión que S. tenía. Advierte novedosamente que J. está afectado por lo mismo que ella, con lo cual ya no podría vengarse. Dice: «él también estuvo mal por la muerte del bebé, no puedo hacerle esto». Finalmente persuadida de no enviar el texto, el tinte reivindicatorio se torna más hacia el lado de la angustia. Es a partir de esta angustia desde donde puede empezar a vislumbrarse una posición subjetiva diferente, ya no hay querella. Su maternidad comienza a ser cuestionada; se la ve con dificultades para relacionarse, comunicarse con sus hijos, decía que no podía hacerse cargo de ellos.

En esos días se «presentificó» más aún la ausencia del bebé, por lo que fechas claves tales como día de la madre, aniversario del niño, motivaron tal vez una serie de sucesos. ¿Qué se jugó transferencialmente en este tiempo de duelo tan particular? ¿Qué lugar ocupó el acompañamiento? Una noche en la que S. estaba muy angustiada, antes de dormirse le dice a una de las acompañantes que puede ayudarla comprándole un revólver… la acompañante se levanta varias veces a la noche para ver si ella respira. Paradójicamente, cuanto S. más iba desplegando su posición subjetiva, más restringidas podrían ser las intervenciones. ¿Qué lugar entonces se ocupó en ese momento? Podría decirse que las acompañantes quedan situadas como testigos de una posición en la que estaba identificada, la del «bebé muerto».

Ante una repentina enfermedad de su padre dice que ya no puede más, que se va a matar, que está muy deprimida y no puede salir. Al día siguiente de esta amenaza, se amplía el horario de los acompañamientos a 24hs diarias. Creímos que no lo iba a aceptar. No fue así, cumplió con toda las indicaciones dadas por el médico y mejoró aún más a partir de ese momento la relación con las acompañantes, que venia siendo muy buena.

En esta tercera etapa habla de lo sola que estuvo durante el embarazo, en el parto, con la enfermedad del hijo, cuando este murió, que ser abogada e independiente también la dejó sola. Más allá de cómo fueron los hechos de esta etapa de su vida, lo cierto es que se siente sola, y cuando esto ocurre se deprime, se angustia. El acompañamiento empieza a funcionar como «apuntalador de estas cosas que sola no puede», apuntando a sostener de algún modo la presencia de un otro que no la deje sola.

En este período, pasa a estar más conectada con las cosas vitales, con hacer cosas por los hijos, buscar un novio, deja de estar enojada, no plantea las cosas en forma de polémicas, no discute, no interpela… ¿Serán los efectos de la nueva medicación? ¿Tenía necesidad de que volvieran los acompañamientos las 24 horas? ¿Se puso en juego algo del deseo, que permitió que se instale una transferencia positiva?

Nos preguntamos que hizo que esta paciente fuera abogada, independiente, si tuviéramos que trazar su perfil, la podríamos definir con rasgos típicamente masculinos: activa, independiente, firme en su actividad publica, con autonomía económica… pero todo esto la llevó a ese punto de soledad, hasta los padres protegen a la hermana mayor por ser «típicamente mujer», ama de casa. ¿Cual es el verdadero duelo que esta atravesando la paciente? ¿La perdida del hijo? ¿La perdida de la pareja? Todas las acompañantes pudimos observar cómo ella, en tanto profesional, es segura, desenvuelta, firme; pero por el contrario, como mujer-madre, como mujer-amante, duda, se deprime, llora, pelea como la loca, reclama sin ser escuchada, no la entienden, se queda sola. Bleichmar dice: «...para algunas mujeres, la única forma de organizarse como sujeto sería entrando en la lógica fálica, masculinizándose por la vía del artificio, del simulacro, de la mascarada de la femineidad, de este eterno parecer algo que no es, o de tener algo que no tiene... de esta forma se aseguran un aparato psíquico con represión, nombre del padre, inconsciente y sus correlatos obligados: histeria, frigidez, depresión crónica».

Comentario del caso.

En uno de los primeros párrafos de su exposición las acompañantes dicen haberse sentido convocadas a ocupar el lugar del «Bufón del Rey», ligando esta situación al cuento que la paciente escribió y al que se refieren posteriormente: «La Dama, el Caballero y sus Disfraces», podemos decir que el del rey es uno de los disfraces que la dama adopta, del mismo modo en que en algunas ocasiones adopta también el disfraz de caballero, esto no implica que el cuestionado caballero no tuviera sus propias vestiduras, sus propios disfraces.

Más adelante las acompañantes hacen referencia al despliegue del enojo y la desconfianza de la paciente, situaciones que podemos situar como relativas a la transferencia, que en el acompañamiento terapéutico reviste características singulares. Se plantea entonces qué y como responderle sin entrar en la pelea que ella propone y que, al menos en ese momento del acompañamiento, parece ser el modo de relacionarse de la paciente con el equipo.

La estrategia que se decide llevar adelante es la de desplegar un lugar de saber respecto de la tarea que llevan adelante y de este modo mostrarle a S. El porque de su presencia allí, las razones de su trabajo con ella; permitiendo de esta forma introducir, empezar a introducir una diferencia entre el enojo y la tristeza. Esta estrategia es sostenida tanto desde la dirección del tratamiento como desde la coordinación del equipo de acompañantes, en tanto se le abre un espacio a la demanda de la paciente acerca de sus preferencias en relación a algunas de las integrantes del equipo respecto de otras, y esta posibilidad de prestarle atención a lo que ella demandaba permitió tener en cuenta el modo de presentación de lo que en que esa transferencia se ponía en juego, sin entrar en la pelea que la paciente proponía.

Respecto de la ira que la embargaba podemos decir que quien es presa de ella ve las cosas desde una distancia cero, recordando ese dicho latino «ira brevis furor», ésta queda situada peligrosamente cercana a la locura. Locura, furia que a veces la paciente descarga sobre los otros, pero que en ocasiones vuelca sobre si misma mostrándonos esa posición melancólica que es el otro componente de la ira, que inevitablemente conduce a la posibilidad del pasaje al acto, que ubica a esta paciente en esa arista tan filosa de ser peligrosa para si misma.

Vemos entonces la importancia de la labor de las acompañantes al ayudar, al colaborar con la paciente en el arduo trabajo de discriminar entre ira, locura, melancolía y tristeza. Digamos, y esto ligado a la situación de la escritura de ese cuento del que nos hablan las acompañantes, que esta escritura le permite a la paciente elaborar esa ira, ponerla en el lugar «justo» y separarla de lo Santo Tomás de Aquino ubica como «esa ira malvada», esa precipitación iracunda que impide el recto juicio, pues se anticipa confusamente, como alguien que solo escucha la mitad de lo que se le pide y en su prisa por cumplir con ello, se equivoca. Equivocación, prisa por cumplir con una orden, un mandato, un pedido, que conduce a esta paciente a volcar sobre si misma el producto de esa locura, de ese «brevis furor» .

La cólera, la ira alimenta el castigo, pero lo contamina, lo deforma; esto es lo que aparece claramente respecto de ese impulso de hacer público este cuento, exponiendo así al «Caballero» desnudo, sin sus disfraces, mostrando al mundo, o por lo menos a su mundo posible, el de los Tribunales, el de la Justicia sus miserias; pero sin tener en cuenta que ella misma quedaría expuesta a los efectos de su venganza, pues también sus disfraces caerían y sus llagas aparecerían a la vista de todos, porque en su intención de develar y hacer caer los disfraces del «Caballero» pone al descubierto que «La Dama», ella misma, se oculta tras sus propios disfraces.

Es en este punto justamente en el que la intervención del equipo de acompañantes terapéuticos siguiendo tanto la estrategia de quien dirige el tratamiento como la elaborada por el equipo mismo, le permite a la paciente hacer de esa escritura un modo de tramitar ambas caras de esa moneda constituida por la ira y la melancolía, y poder así mostrar —en el acompañamiento y con aquellas acompañantes que ella elige en transferencia—, su «lado flaco», ese fino borde al que podríamos llamar «canto de la moneda», ese estrecho camino entre el fuego de la ira y el hielo de la melancolía, difícil elección para un sujeto en estas condiciones.

Todo esto que venimos situando no quiere decir que el sujeto que la paciente es no pueda o no deba enojarse, pero podemos pensar la cólera , la ira como una sal de la que si se abusa incontroladamente puede ser letal, pero en su justa medida no puede faltar en la vida de un sujeto. El pasaje de la escritura a la lectura le permite trascender su deseo mortífero de venganza tanto contra su pareja como contra si misma, le permiten descubrir que a su manera el también experimentó una pérdida y sufre por ella.

Antes de continuar quiero situar respecto del cuento que ser «La Dama» la deja por fuera de la serie de «las damas» e imposibilitada de perder disfraz alguno, ser «una dama», en cambio —y en esto se centra por momentos la tarea de las acompañantes—, es lo que le permitirá ir más allá de los límites que estos disfraces representan y aparecer en el amor despechado, en el odio, en el dolor de un duelo no tramitado como «una mujer» triste, dibujada en y por esa escritura que escribe y que la escribe, en otras palabras que le permite aparecer allí como sujeto.

Retomando, en este punto la tarea del equipo se orienta a transitar con ella la angustia generada por las pérdidas sufridas, la caída de esta posición de Némesis, la aparición de cuestionamientos respecto de su ser madre, si es o no una buena madre y también preguntas respecto de su relación con sus hijos. La construcción de ese escrito, de ese relato, le permite dar curso a sus síntomas, dándole ocasión a las acompañantes de asistirla y contenerla en esta situación.

Respecto de este «Caballero» vale la pena ubicar que si bien es cierto que tal y como lo expresan las acompañantes a lo largo del trabajo, obligado por ella a ocupar lugares para él imposibles, sus máscaras caían; lo interesante que podemos ubicar es que también caían las máscaras y los disfraces con los que la paciente viste sus modos de relación con lo masculino que la habita, para decirlo de algún modo.

Preguntas y comentarios

Pregunta: no grabada….

Rosa D´Alesio: En ese momento, ella ponía a todos en falta. Esto que trae Federico en relación a mostrarle la cojera a la reina se volvía complicado en tanto intentábamos no entrar en el juego pero tampoco descalificarla. Hablábamos desde un saber hacer como profesionales.

Alejandra Saranitte: Sí…Hubo que responderle que si ella sabía de pleitos y juicios, nosotras sabíamos porque estábamos allí, sabíamos acerca de nuestro trabajo.

Sandra Vieira: Lo que me parece interesante del equipo es que creo hizo de soporte a esa agresión. Todo ese primer tiempo en el que ella agrede, tira bronca, el equipo hace de soporte sin ubicarse en el lugar de resto donde ella intentaba ubicarlo. Soportar esa agresión, no reaccionar posibilitó que pudiera emerger la angustia para que el analista pudiera trabajar con eso.

Rosa D´Alesio: En cierto momento en que aparecen la angustia, la duda, el analista dice que un cambio se había producido en ella. Una noche en la que salimos empieza a hablar de hombres y empezó a preguntar cosas personales de las acompañantes. Ahí sí se abrió una posibilidad de mostrarnos como mujer, que nos hacíamos cargo de nuestra propia falta.

Pregunta: Ustedes no han sospechado que tal vez ella quería hacer el rol de la hermana, que se presionaba por hacer el rol que ella llevaba adelante, el rol de sostén de la casa?

Rosa D´Alesio: Coincido un poco con tu pregunta porque de alguna manera ella se cuestionaba esto: que justamente el haber sido independiente, profesional, tal vez la dejó fuera del amor materno —esto se ve en el tercer período del acompañamiento, no incluido en este trabajo. La paciente tenía necesidad de algo que no había sido inscripto por la madre, que era el afecto. A la madre le reclamaba esto. Ella había trabajado en sus análisis un cuento de Khalil Gibrán: La Sonámbula, que leyó cuando era chica, y lo traía justamente en relación a que se sentía por fuera de la mirada y protección de la madre que sí era compañera de su hermana. En el tercer período de acompañamiento, se había armado un dispositivo en el que las acompañantes estaban una x cantidad de horas y luego venía la madre a quedarse con ella.

Federico Manson: Hubo en un momento que aumentar las horas de acompañamiento en tanto a ella la perturbaba esta presencia materna. Fue en un momento muy complicado porque la decisión frente a la recurrencia y a la reactividad de la depresión a la medicación fue la decisión de utilizar terapia electroconvulsivante para que pueda salir de esa situación de depresión. Es difícil emitir al respecto un juicio de valor: de hecho luego de las primeras 2 o 3 sesiones, y tal como había dicho el operador salió de la situación depresiva y se interrumpió el acompañamiento tan abruptamente como había empezado.

Gabriel Pulice: En relación a la pregunta que hacían antes me parece necesario diferenciar entre el deseo y el goce porque no parece que el deseo de esta mujer esté puesto en quedarse en la casa en la posición de la madre y las hermanas. Sin embargo hay algo muy fuerte que la impulsa a quedarse en ese lugar pero no parece que ahí sea donde está puesto su deseo. Digamos que hay algo que más allá de ese deseo —y con una fuerza que la doblega — por momentos efectivamente la hace quedar en ese lugar, podríamos decir, fiel al lugar de la madre y de esta otra hermana… Pero da la sensación de que eso, en cierto sentido, se podría decir que es contra su voluntad.

Federico Manson: A tal punto contra su voluntad, que cuando se queda ahí es con acompañantes terapéuticos…

Mariela Armenio: Al haber falta de figura materna o al estar, pero tan cuestionada, ¿en algún momento ubicó a alguna de las acompañantes como la mamá? Y otra pregunta: ¿Por qué no había reacción a la medicación?

Federico Manson: Bueno, esto tendría que contestarlo un médico, no es que no reaccionaba a la medicación lo hacía pero por breve tiempo.

Rosa D´Alesio: No, lo que sí hubo en esta segunda etapa es que ella intentó acercarse a sus hijos. Nunca, ni en sus momentos de crisis había dejado de ocuparse de ellos, pero en este momento se empieza a acercar mucho más desde el afecto…

Alejandra Saranitte: Comienza a cuestionarse cómo se relacionaba con su hijo..

Rosa D´Alesio: nos convoca a acompañarla en esto, participando de charlas y actividades con ellos.

Federico Manson: Hay una cuestión interesante a tener en cuenta que es una pregunta que se me acaba de ocurrir acerca de la identificación. Para poder des-identificarse, hay que identificarse primero. Y entonces debemos preguntarnos qué modelo de madre tuvo esta mujer para poder identificarse como madre y qué modelo de mujer para poder identificarse como mujer. Si pudiéramos dar una respuesta a estas dos preguntas, bueno, en principio podemos decir que el modelo de madre era más bien distante; el padre parece que supo manejarse mejor con ella y la identificación fue masculina, identificación al padre que era un tipo exitoso, si a algo se identificó fue a eso, no a la madre. Si no se había podido identificar no se iba a des-identificar, entonces la cuestión de la maternidad era una incógnita.

Quisiera resaltar una cosa que para mí fue importante, independientemente de la labor de cada una de las acompañantes y es la cuestión de la escritura en la que todas colaboraron. Para ella en un momento ser La Dama la dejaba por fuera de la serie de las damas porque era La Dama del cuento, con la imposibilidad de perder ningún disfraz, entonces al quedar fuera de la serie no iba a haber caballero que la elija. Ser una dama es lo que le permite ir más allá de los disfraces y aparecer en el amor como una mujer despechada, dibujada en y por esa escritura que escribe y la escribe. Allí aparece ella como objeto de la escritura, objeto de ese cuento que no es ya el de Khalil Gibrán, sino que es su propio cuento… decir algo así como que es La novela familiar del neurótico sería una exageración, pero sí podemos decir que tiene cierto viso de novela familiar.

Notas

Ateneo Clínico realizado en Buenos Aires, el 27 de mayo de 2004.


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