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Seminario
Actualizaciones en la clínica del
acompañamiento terapéutico

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at2@edupsi.com

Organizado por PsicoMundo

Dictado por :
Gabriel Pulice y Federico Manson


Clase 2


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La «baby sitter»

Presentación: Rosa D´Alesio

Comentario: Gabriel O. Pulice

Me convocan para trabajar con una paciente de 24 años, que ha intentado suicidarse tomando pastillas. Su familia está constituida por una hija de 2 años —Paula—, a la que tiene miedo de fallarle; y sus padres. Está separada del padre de su hija. Vale la pena situar que éste fue un acompañamiento de muy corta duración, dadas las características tanto de la familia como de quienes conducían el tratamiento, que se vieron tomados por la prisa de concluir esta intervención ante el apremio que manifestaba el grupo familiar de la paciente. Trataré de situar ahora algunas impresiones que me produjeron los dos encuentros con N:

Primer encuentro: A pedido de la paciente, debido a que se quedaba sola con su hija, y esto le producía mucha angustia, se decidió que era conveniente adelantar una hora el acompañamiento respecto del horario programado inicialmente. Me recibió como quien recibe a una amiga, me mostró la casa, nos sentamos y me preguntó: ¿de que se trataba esto del Acompañamiento Terapéutico? Le respondo que varía según la problemática de cada paciente, que la idea en general es poder acompañar a una persona que esta atravesando algún conflicto para tratar de hacer más soportable aquello que la perturba, y que este acompañar es una tarea que se realiza desde un lugar diferente al lugar de su analista o al de una amiga. A lo cual contesta que «...esto de acompañar es todo un tema, porque uno a veces puede estar acompañado y sentirse solo». No espera ninguna respuesta, se levanta y se va. Está muy cansada, con mucho sueño. Le propongo que se acueste, que yo me podría hacer cargo de la nena, lo cual acepta inmediatamente. Jugamos con la niña hasta que la paciente se levantó y se puso a dar vueltas por la casa sin hacer nada en particular. Más tarde llamo a una pizzería para encargar comida.

Pude observar que la paciente y su hija tenían una muy buena relación, un poco sobreactuada por parte de N, pero en general se las veía bien juntas, disfrutando de las cosas que hacían como jugar, cantar, o cuando la llevaba a dormir. Le puede poner límites.

Cuando llama el padre de N, habla con él de diversas cosas, hasta menciona a modo de chiste las pastillas que tomó, continúan las risas, le cuenta que estaba su acompañante: «... pobre Rosa, tanto estudiar para terminar como Baby Sitter de Paula...». Así comenzó a nombrar este lugar de su acompañante, como «alguien que le cuida la hija». Ahora bien, este modo de nombrarla, ¿en que posición ubica a la paciente respecto de su acompañante, de su hija y de sus propios padres?

El domingo siguieron las idas y vueltas de N para organizar su salida y preparar a Paula para el encuentro con su papá. Mi acompañamiento termino una hora más tarde de lo establecido, debido precisamente a estas vueltas, que de algún modo mostraban las dificultades de la paciente para organizarse respecto de su hija. La decisión de quedarme una hora más fue consultada previamente con su analista, porque no creía que fuera una buena idea dejarla sola con su hija a la hora establecida.

Segundo encuentro: se me indica que pase a buscar a la paciente por la institución donde atiende su analista, y que desde allí debía acompañarla a su primera entrevista con un psiquiatra, a quien la institución había decidido derivarla. Éste, al parecer, le haría entrega de la orden de internación indicada telefónicamente por aquél. La paciente me relata que en su encuentro con el analista, le dijo: «...No me banco más a mis viejos, me los quiero sacar de encima...». Nos dirigimos al consultorio del psiquiatra en cuestión acompañados por los padres de N. Sale de la entrevista maravillada, porque él le había hablado de los neurotransmisores, algo que ella había estudiado en una materia de la carrera de Musicoterapia. Los padres también están conformes con la consulta. Todos lamentan no haber consultado antes con él. Empiezan las primeras manifestaciones en contra de la institución, sin tener en cuenta que ésta era precisamente la que había permitido que el encuentro con este profesional se produjera. La indicación del médico fue la de internar a N en el Hospital Braulio Moyano2.

La paciente manifiesta tener mucho hambre, los padres también, por lo que deciden ir a comer, previo a la internación. Durante la comida se habló de lo maravilloso que les había parecido el psiquiatra, y de las diferencias de criterio con los psicólogos. Me preguntan si yo creo en estas cosas —¿esperaban acaso que les dijera que no?—. Contesto que son estudios diferentes, que muchas veces son complementarios pero que, en otros casos, un neurólogo nada puede hacer en un tratamiento psiquiátrico y/o psicoanalítico, y que en todo caso, de lo que yo estaba «convencida» era de que somos personas formadas en un medio social, con lo cual nuestra conducta es en buena medida adquirida y no innata, que si tomamos dos personas, con los mismos problemas psicológicos o neurológicos, la conducta seguramente va a ser distinta, y el modo de cada una de ellas de enfrentar su padecimiento también.

Esta palabra «convencida» fue recibida por N con una sonrisa, ¿de aprobación tal vez? No sé, pero algo cambió a partir de esta intervención; los padres comenzaron a consultarme más en relación a lo que podía o no hacer su hija antes de internarse. Después de eso, el resto del tiempo transcurrió entre chistes, los tres riéndose exageradamente de todo. Me quedé pensando de qué se reían, o qué trataban de mostrar o demostrar. ¿Qué les estaba pasando frente a la posible internación de N? Por momentos, tuve la impresión de que todo era una gran actuación, mostrándose como una familia «progresista», que se relacionan entre ellos desde la cultura, por lo tanto los sentimientos son todos intelectualizados. Hablan de «Los locos Adams», se ríen de los personajes. Me acorde del estribillo de la canción, «...Si, somos una familia muy normal». Cabe preguntarse qué quiere decir «normal» para esta familia.

Fuimos a la casa de N a preparar el bolso para su internación, recomenzaron entonces sus idas y vueltas. Discute todo el tiempo con su madre por cosas triviales, chocan, justifican y se explican cada cosa que se dicen, se preocupan por qué la otra no interprete mal lo que cada una dice... y así in eternum. Durante el viaje, todo continuó más o menos igual: risas, chistes, explicación de cada cosa que se dice... Doblamos en la calle correcta, el único problema —la «gran falta»— es que la acompañante no sabía dónde estaba la puerta de ingreso al hospital. En este punto, vale la pena detenerse a reflexionar si es función del acompañante encontrar una salida o una puerta de entrada y, de ser así, de entrada a dónde o salida de qué; allí cuando la indicación de quien dirige el tratamiento es internar y no en cualquier sitio, sino en el «Moyano»3. Pedí la orden de internación, que hasta ese momento estaba en poder del padre de la paciente. Cuando una médica de guardia nos informa que sólo se internan pacientes con orden judicial, salieron los padres a protestar contra la Institución... N dice que no se apuren, que quizás había algún error. Voy sola hasta el Office, me presento como la acompañante terapéutica de la paciente. Les cuento nuevamente cuales son los motivos de la internación, es así que llaman a la médica de guardia, quien minutos después viene junto a cuatro médicas pasantes. ¿Acaso se tratará de jugar al «pase y no vuelva» con esta paciente, que aprovecha la ocasión para desplegar su histeria del modo más florido que le resulta posible?

Al consultorio pasamos todos —vaya trabalenguas con los pasantes, el pase y no vuelva, y el pasar: la paciente, sus padres, la médica de guardia, las cuatro pasantes y la acompañante. Cuando comienzan las primeras preguntas de la psiquiatra, N se fastidia un poco por tener que volver a repetir cosas que en ese día ya había contado varias veces. Les pide a los padres que se retiren, que esperen afuera, y a mí me pide que me quede. A partir de ese momento, comienza a poner en juego su seducción, que en pocos minutos mostraba sus efectos, estábamos todas —acompañante, psiquiatra y pasantes— ahí capturadas y deslumbradas por su relato.

Bipolar, así se presenta N, lleva con ella un diagnostico que hasta ahora no le habían dado, lo único que la autorizaba a auto adjudicarse ese diagnostico era el cuatrimestre cursado en la materia de Neuropsicología, en la carrera de Musicoterapia. Aparece la duda: «... Quizás yo creo esto porque como todo estudiante se termina identificando con lo que estudia (...) Yo sé que soy brillante, no lo digo por mandarme la parte, es por que me lo dicen todos...». Cuenta como fue que tomó pastillas: «... quería hacer algo elocuente, porque como yo estoy siempre bien, no me creen cuando digo que estoy mal... No me quería matar...». Cuenta cómo estuvo ese último domingo después de que la acompañe. Dice que fue lindo el viaje, se sentía plena, eufórica. Mientras esperaba a su pareja, se quedó un rato en el parque jugando con un perro. Fueron a almorzar, todo era espléndido, hasta que fumaron marihuana. El lunes a la mañana cuando se despiertan él se pone a trabajar, ella se siente sola, se puso mal, se asomo al balcón y pensó en tirase, le dio miedo...

¿Se podría pensar que cuando no brilla, no deslumbra, no atrapa con su seducción, deviene el vacío, la falta insoportable que la invita a pasar al acto? En esta entrevista deslumbra tanto a la psiquiatra, como a las pasantes y a mí, que estábamos por completo atrapadas por su relato, que duró casi dos horas. Éramos tantos en esta entrevista de admisión que parecía más bien un Ateneo, con la paciente presentando su propio caso. Dice: «...Yo sé que soy brillante, pero no me puedo concentrar... desde chica tenía estos cambios de humor, a veces estaba bien, contenta y otras veces no podía hacer nada...». La psiquiatra le pregunta «si alguna vez había tenido un golpe», ella dice que no... Luego recuerda que a los siete años estaba en un juego de la plaza —una trepadora— de donde se cae, golpeando la cabeza contra los barrotes. Siguen las preguntas, contesta que no tiene alucinaciones, que dos veces sintió voces, pero que venían de su cabeza, una vez escucho su nombre, y otra que le pedían por favor... Veía cosas que pasaban por su costado, al prestar atención no había nada. Menciona su apetito descontrolado, mucho sueño...

Al finalizar esta serie de preguntas, la médica psiquiatra determina que no la va internar por dos motivos: uno porque no tiene cama; y otro —el más importante— es porque cree que no es necesario, ya que su diagnostico es una distimia epiléptica, lo cual sugiere una internación domiciliaria por un par de días, hasta que la medicación haga su efecto, y cesen los síntomas que tiene. Además, señala que en este caso se cuenta con recursos familiares como para sostener una internación domiciliaria.

N se niega a aceptar esta nueva indicación, porque en la institución le habían dicho que tenía que internarse, el médico que la atendió había indicado lo mismo y, por sobre todo, temía que hubiera engañado a todos con su relato, que llevaba a pensar que está bien, y que no necesita internación.

Se le informa esto a los padres, los cuales se enojan mucho por las desprolijidades de la Institución y porque no entendían «...como se daban dos indicaciones tan contrapuestas». Intervine para decir que yo no escuchaba dos intervenciones contrapuestas —en ambas se indicaba la internación de la paciente, sólo difería cuál se consideraba el lugar más adecuado para ello—, que la orden de internación que extendió el médico sería porque consideraba que no había mejores recursos, ya que un acompañamiento de 24 hs. diarias resultaría muy costoso.

La psiquiatra pregunta cómo se podría implementar la internación domiciliaria, si existía la posibilidad de organizar un acompañamiento, contestan que las 24 hs. no, se les pregunta si ellos podrían hacerse cargo, vacilan, el padre contesta que él no porque trabaja, la madre dice que si, pero por unos días... No recuerdo en que momento, dice: «Yo tengo mi vida, tengo cosas que hacer...».

Cuándo la madre se entera del diagnostico presuntivo, recuerda que cuando se separó, viajo con sus dos hijas a la playa. N tenía por entonces tres años, tuvo convulsiones, estuvo medicada por un par de días, nunca más hubo otro episodio. Le pregunte si le había realizado estudios posteriores, me contesta que no, porque con esa medicación se le había pasado, y nunca más volvió a tener síntoma alguno. Pienso en lo llamativo de este episodio.

Comenzaron los llamados al psiquiatra, porque la familia no estaba en condiciones de tomar ninguna decisión hasta no hablar con él. No fue posible encontrarlo. Llamé a su analista, y le transmití cuales eran las indicaciones dadas por la médica de guardia del Moyano, le comenté que yo compartía esta nueva indicación, y que no me parecía que era opuesta a la dada por el psiquiatra. Se resolvió que permaneciera con la paciente hasta que fuera posible comunicarse con el médico. A esta altura de la situación el padre estaba de lo más enojado porque el psiquiatra no llamaba. Me invito a retirarme, argumentando que ya no era necesaria mi presencia, conteste que no lo iba hacer hasta que me lo indicara la analista de N que es la profesional a cargo del tratamiento.

No estaba dispuesta a irme, hasta tanto no estuvieran claras las indicaciones de cómo continuar. Mi posición en ese momento era en extremo complicada, tenía que sostener una indicación de internación —la consigna inicial— con la cual no estaba de acuerdo y, para peor, el padre se mostraba todo el tiempo molesto por mi presencia, la cual era sostenida por N y la psiquiatra, quien nos tenía alojados en su consultorio. Esta médica también apuntaba a señalar la necesidad de estar alerta ante la posibilidad de un nuevo intento de pasaje al acto, que el lugar que se eligiera debía ser seguro, tomar recaudos para no correr riesgos innecesarios, cortar la correa de las persianas si las había en el domicilio etc.

El padre se comunica nuevamente con el Coordinador de la Institución, se sigue mostrando molesto, haciendo referencia a mi presencia, dice: «... Rosa es como un taxímetro, que tiene el reloj encendido...». Vaya lugar en el que había quedado situada para este padre la acompañante.

Finalmente el psiquiatra llamó, habló con la médica de guardia y después conmigo, estuvo de acuerdo con las nuevas indicaciones, aunque dice que él en la entrevista de la tarde no había encontrado síntomas que lo llevaran a pensar en una epilepsia. Se resolvió que los padres sostuvieran los primeros días de internación domiciliaria, que N tomara la medicación, y se hiciera los estudios necesarios para ratificar o rectificar el diagnóstico de la médica del hospital.

Salimos todos, el padre tenía la intención de dejarme en el hospital, le pedí que me acerque hasta mi casa ya que era cerca de medianoche, y mi casa les quedaba de paso. Me quedo pensando ¿por qué N insistió tanto en quedar internada? ¿La tranquilizaba acaso? ¿Era una puesta en escena más, o era tal vez su forma de mostrar a los demás que estaba realmente mal? ¿Era la indicación de la terapeuta? ¿Era la indicación del psiquiatra, a quien tanta autoridad le había otorgado, o acaso lo había indicado la Institución, en relación a la cual se jugaba inicialmente la transferencia, lo que le otorgaba un peso singular para la paciente?

Vale aclarar que N se pone muy contenta cuando le dan el diagnostico, y esto me lleva a pensar que una de las cosas que más me llamaron la atención en el poco tiempo que la acompañe, es que no soportaba la duda, la falta, necesitaba certezas, no soportaba pensarse como mala madre, o tener fallas, este modo tan particular de relacionarse con la madre, explicarse todo, controlarlo todo. Los padres también buscaban un diagnostico, el cual no encontraron en la Institución ni en la palabra de sus representantes, cosa que los enojaba mucho, tanto como el hecho de que cuando la paciente tomó aquella vez las pastillas, le avisaron primero a su pareja y después a ellos —vale la pena aclarar que es precisamente su pareja quien la recomienda esta Institución.

Para finalizar me pregunto —teniendo en cuenta que éste era un tratamiento que sólo tenía tres meses de iniciado, habiendo tenido una sola entrevista con el psiquiatra y dos encuentros con la acompañante—, ¿cuál era la orientación y cual la estrategia que regían este tratamiento? A mi criterio, lo que mayor peso tenía, por momentos, era la incertidumbre frente a los pasos a seguir, teniendo en cuenta las características impulsivas y actuadoras de la paciente. La decisión de internar fue —tal vez— un intento de proteger a esta sujeto de si misma, tomada con cierto apresuramiento ante la aparente o supuesta falta de recursos por parte de la familia y la escasez de datos que permitieran un diagnóstico certero, así como el riesgo real o supuesto que ella entrañaba. En realidad, creo que esa es la pregunta con que me gustaría terminar esta presentación: «¿Fue apresurada o no la decisión de internar? ¿Para qué se le indicó el acompañamiento terapéutico?¿Qué lugar para la acompañante en un tratamiento y en un equipo de éstas características? ¿Qué relación habrá habido entre la indicación de internar y ese plus de goce que detecté en la paciente ante esa posibilidad?

Comentario del caso

Vamos a hacer una breve puntuación de algunos elementos que considero centrales en el material que presentó Rosa, y luego abriremos un espacio a las preguntas y los comentarios que ustedes deseen aportar. En principio, lo que hay que decir es que la prisa, el apresuramiento es uno de los ingredientes que aparece dominando cada una de la circunstancias en juego en este relato. La prisa por internar, la prisa por diagnosticar, la prisa por hallar quién pueda tomar en sus manos algo que todo el tiempo aparece a punto de desbordarse... En realidad, podríamos decir que más que el desborde, lo que ahí parece estar en juego es algo del orden del dejarse caer, o quebrarse. Fíjense que cuando la psiquiatra dice: «vayan a la casa y corten las cuerdas de las persianas», es justamente porque ahí hay algo que esta mujer pesca en relación a la posibilidad de que la paciente se arroje por una ventana. Tirarse por la ventana es, en cierto sentido, el extremo del «dejarse caer», del que «quebrarse» es su inevitable consecuencia.

Podríamos decir entonces que la prisa va encarnándose en cada uno de los actores de este brevísimo drama, brevísimo al menos en cuanto al tiempo en que pudo sostenerse la intervención de la acompañante. Podemos ver en el material presentado por Rosa cómo además hay algo que se va pasando de mano en mano, como una papa caliente, se podría decir, que la institución se la pasa al analista, el analista al psiquiatra, el psiquiatra al hospital ... Cabe suponer que hay un momento inicial en el que fueron sus padres quienes hicieron el primer pase sin destinatario, y ahí se justifica este juego de palabras que Rosa hace del paso y el pasar, parece que tiene que ver con esto porque, además, es un pasaje que está signado por la urgencia. El taxímetro corre, ahí nos encontramos con una nueva función del acompañante —siempre descubrimos nuevas—, los acompañantes como colchón, como pararrayos, bueno, ahora agregamos a la larga lista el acompañante como taxímetro. Esa presencia de la acompañante aparece revelando ese tiempo que corre... Aquí el padre lo traduce en términos de dinero, pero nosotros tenemos motivos para sospechar de esa traducción... No obstante, sin precipitarnos como el padre a asignar un sentido a esa escena que es para nosotros hasta aquí por completo enigmática, podemos sin embargo situar que hay algo en juego que tiene que ver con la urgencia, con la angustiosa expectativa hacia una precipitación de los acontecimientos que se supone inevitable.

En medio de la prisa, vemos a la paciente sin embargo tomarse su tiempo, dar vueltas, instalarse durante dos horas para relatar los pormenores de su historial. Es entonces una niña que, cuando la miran, puede brillar. Es una madre que sólo puede dormir cuando se asegura de que alguien mire a su hija. Esto nos permite hacer una conexión entre estos dos elementos más destacados del material, que son: por un lado, la prisa; y por el otro, algo que se puede formular en términos de una pregunta: ¿Quién cuida la niña?. Se podría decir, incluso: «¿Quién va a atajar a la niña?», porque es ésta una niña que está signada por una pronta caída, que parece a punto de caerse. Entonces, la pregunta que se puede enunciar es: quién la va a poder sostener.

No son muchos los datos que tenemos sobre la historia familiar de esta paciente, algunos son confusos como el breve relato situado a los tres años de edad. En ese momento se habían separado los padres, y habría que preguntarse si no fue allí que se extravió para ella la mirada del otro, esa que ahora invoca para poder brillar, esa ante cuya ausencia convulsiona. ¿Acaso será ese el golpe al que alude la psiquiatra, cuando pregunta si había tenido alguna vez algún golpe? Sin dudas, sería un forzamiento del material apresurarnos a sacar demasiadas conclusiones, sin embargo algo que podemos señalar es que observamos aquí cómo los desajustes en el dispositivo dejan a la acompañante en un lugar ciertamente incómodo, incomodidad que va creciendo a medida que se precipitan esos desajustes, esa falla en el dispositivo que de alguna manera es algo que pasa a reproducir el lugar de una madre que no puede sostener, que no puede atajar a una niña que se está por caer. En el relato de Rosa vemos esa situación tan llamativa, ese momento en el que van todos juntos a almorzar, y tanto los padres como la paciente se comportan como niños que no alcanzan a sancionar cual es la gravedad de la situación por la que se está atravesando.

En este contexto, la acompañante no tiene demasiadas posibilidades de intervenir, pero hay una intervención que, si bien es por supuesto insuficiente, resulta sin embargo muy importante, que es no dejarse capturar por la prisa, aún cuando debe soportar el quedar situada fatídicamente como su depositaria. Es aquí donde luego aparecerá esta metáfora —por llamarla de algún modo— en la intervención del padre, que la ubica como taxímetro. En ese punto —Rosa seguramente lo debe recordar— la incomodidad alcanza su clímax, al quedar situada como depositaria de esa urgencia, encarnando el reloj que corre... Por eso resulta crucial su intervención, al poder tomar eso en caución pero sin intervenir desde ese lugar. Esa intervención de Rosa, afortunadamente, tiene un fuerte punto de apoyo en la decisión más que acertada de la médica del Hospital, que aloja en su consultorio tanto a la paciente como a sus padres durante el tiempo necesario para reformular la estrategia de trabajo con el Coordinador de la Institución, el otro psiquiatra, la terapeuta... Es decir, no se precipita a tomar la papa caliente con las manos, tampoco se apresura a arrojarla o expulsarla de allí. Por el contrario, puede alojar la prisa por un tiempo, el tiempo necesario para pensar...

Hasta aquí mi comentario, dejamos ahora abierto el espacio para quien quiera hacer alguna pregunta o algún aporte sobre lo que escucharon del material…

Federico Manson: A mí me tocó coordinar el caso … Me hace pensar que ese chiste sobre la baby sitter, y el equívoco entre sitter y sister, en algún sentido tiene que ver, por un lado, con ese lugar de la paciente convulsionante… después con la madre y con la hermana, si ella era la baby o la hermana era la baby, cual de las dos era más chiquita... Y, por otro lado, la baby sister... ella era la hermana bebé, esa que convulsionó... En realidad, seguía siéndolo —como lo sitúa Gabriel—, pero justamente ella se sitúa en ese lugar ligándolo a la función de la acompañante terapéutica, con lo cual también podemos pensar que además de haber quedado la acompañante en esa posición respecto de su hija, para ella también estaba funcionando como babysitter, evitando esa caída que sitúa Gabriel…

Gabriel Pulice: Sí, pero parece que la cuestión que ahí que está en juego se plantea en relación a la función materna, más que a una rivalidad o competencia entre hermanas. En realidad, la baby sitter —más allá de las cacofonías que pueden jugarse en relación al término— es alguien que releva a la madre. El problema es que esa madre, por algún motivo, no puede ubicarse como tal, y ahí es donde efectivamente su lugar queda asimilado al de una hermana, por ejemplo en esas discusiones interminables, donde una y otra quedan confrontadas de manera especular...

X: ... La dificultad del caso parece situarse en la ausencia de una estrategia, la cosa tuvo que jugarse armando una estrategia en el acompañamiento sin ningún dato y sin ninguna guía de quién dirigía el acompañamiento, o por parte de la institución que originariamente lo había convocado.

Gabriel Pulice: Insisto en que es difícil hacer alguna conjetura sin forzar el material, pero podemos preguntarnos qué se reproduce allí respecto de ese momento de la separación de los padres, en todo caso no conocemos en detalle cuales fueron las circunstancias en que se produjo esa separación, pero lo que sí podemos intuir es que ahí hay una mirada que dejó de mirar... Eso a ella la encuentra a mitad de camino en el atravesamiento del Edipo, en dónde además no sabemos cual fue la temporalidad de esa separación... Da la sensación, sin embargo, de que al menos para ella esa separación de los padres fue algo que la tomó absolutamente por sorpresa y que parece haber tenido el efecto de un golpe, de esos golpes que pueden llevar al sujeto a un punto de desvanecimiento.

X: Me llamó la atención esto de que cuando alguien le mira la hija, ella puede descansar ...

Gabriel Pulice: Es importante esto que vos señalás, porque sitúa algo saludable en esta paciente, que es el hecho de que, más allá de lo que a ella le pasa, no quiere perder de vista a su hija... Sólo cuando ella encuentra alguien que la releva se puede ir a dormir. Es decir, sólo cuando puede depositar su confianza en alguien que tome el relevo de su mirada, es ahí donde puede descasar, la prisa deja de dominar la escena.

X: ... Me quedé pensando que todo eso ocurre cuando ella se había separado del padre de su hija...

Gabriel Pulice: Lo que decís también fortalece nuestras conjeturas. Porque ella como madre está en ese momento atravesando, de alguna manera, el difícil trance de su propia separación, y ahí hay algo que se le impone, no es que ella quiera evocarlo, pero de hecho y por algún motivo, este es el momento del desencadenamiento de la crisis. Actúa el lugar de la hija y la madre al mismo tiempo: es la madre en tanto se separa, es la hija en tanto no sabe si esta vez podrá soportar una separación...

X: ... (Inaudible)

Rosa: Lo que a ella le provocaba tanta angustia era sentir que era brillante, pero a veces se cansaba mucho, se dispersaba, le costaba mucho concentrarse, entonces siendo tan inteligente —porque realmente era una persona brillante, además de resultar muy seductora su personalidad— cantaba, tenía muy buena voz, de hecho la habían invitado a cantar en un programa de televisión … Pero ella tenía miedo de haber engañado nuevamente. Ella es brillante y tiene todo un discurso bien organizado, ella podía hacer su propio diagnóstico y hacer un tratado, un ateneo, a partir de una materia que había cursado en un solo cuatrimestre de una carrera que no tiene mucho que ver con la medicina, sin embargo ella hablaba con la autoridad de un neurólogo…

Gabriel Pulice: Sí, pero por algún motivo, no alcanza a poder apropiarse de ese brillo... Nada de eso se sostiene en ausencia de la mirada del Otro, fuera de la cual el brillo se desvanece. Fíjense que esto del engaño podemos también ponerlo en conexión con esa misma escena infantil, la del episodio convulsivo, luego del cual quedan fuertes interrogantes: ¿Fue la primera manifestación de una epilepsia? ¿Qué es lo que en verdad sucedió? ¿Pasó algo, o no pasó nada? ¿Cómo es que no quedó ningún rastro? La madre tampoco se preocupa demasiado por indagar... Ese es un dato intrigante, porque allí no hay una mirada de los padres que pueda detenerse suficientemente, como diría Winnicott, en esa hija... No porque les faltara interés, porque como se aprecia en el material ellos tenían cierta preocupación, pero es una preocupación que no la mira...

Rosa: Que no la mira, que no la implica. Por eso es significativo cómo termina el acompañamiento. En el inicio ella me pregunta de qué se trataba el acompañamiento, sin darle a mi respuesta demasiada importancia. Luego, si nuestro trabajo cobró algún valor y ella termina rescatando la presencia del acompañante, es justamente porque la acompañante fue la que no la dejó sola. La que la acompaña en tanto testigo a esa entrevista de admisión, en la que es ella misma quien me pide que me quede, no así a los padres... Es interesante que cuando el padre quiere que la acompañante se vaya, es la hija la que pelea con él para que se quede….

Gabriel Pulice: Claro, efectivamente, ella ahí parece haberse podido plantear: ¿porqué tanta urgencia?, al tiempo que elige cuál es la mirada que prefiere que la mire, que testimonie, que la acompañe, que la sostenga... Como decía, ahí la médica del hospital también tiene una intervención interesante, más allá de que resulta bastante curioso el diagnóstico que ella da...

Rosa: Lo dijo con una seguridad que fue también lo que le impactó tanto a la paciente. No obstante, además de la seguridad con que dio su diagnóstico, hay que destacar que fue muy contenedora...

Gabriel Pulice: Estas son cosas en las que vale la pena detenerse, porque nosotros insistimos tanto con esto de que, independientemente del marco teórico, hay que ver desde donde cada uno interviene... Lo importante, es que ella tiene allí una intervención que abre la posibilidad de parar la pelota, de detener momentáneamente esa urgencia para introducir alguna pregunta respecto de cómo seguir...

Rosa: ... Por fin algo que entra en otra temporalidad…

Federico Manson: Hay algo en relación a la pelea de los padres ….Yo creo que es verdad, los padres se preocupan pero Rosa como acompañante y la psiquiatra se ocupan, por eso marcaron una temporalidad diferente. La institución no se pudo ocupar, no hubo un tiempo destinado a evaluar la situación en profundidad, un psiquiatra que decide una internación de ese modo, antes de ver al paciente o evaluar los recursos familiares con los que se cuenta, también está corriendo con cierta prisa; la familia va a verlo para buscar una orden de internación, no va a tener una entrevista con el psiquiatra para que este determine cual es el diagnóstico y ver si vale la pena internarla o no, o si la internación puede ser domiciliarla con contención de la familia o si no tienen dinero para pagar acompañantes, si pueden llamar a una tía, a la abuela, no hay nada de eso, hay una orden de internación que es una especie de anteojera ligada a una temporalidad, como diría Lacan, del orden de «la prisa por concluir».

Gabriel Pulice: Efectivamente, resulta crucial ese cambio de ritmo que Rosa intenta sostener, pero que seguramente hubiera sido muy difícil de no mediar la intervención de la psiquiatra del hospital, que además la aloja, le da un lugar. Vos decías, Rosa, que incluso habilita para ello su consultorio…

X: Me gustaría hacer una pregunta... La indicación que se sitúa ahí era que lo importante del acompañamiento apuntaba a que esta paciente no estuviera sola con su hija, porque eso la ponía muy ansiosa, por eso que comentabas de que tenía miedo de fallarle, de no cumplirle... Sin embargo, por lo que vos decías, parece que la paciente sí podía realmente cuidar y ponerle límites a su hija, aunque ella no reconocía esto, no registraba que podía hacerlo, que la percepción que ella tenía de si misma como madre era… no se permitía la más mínima fisura …

Gabriel: Lo que pasa es que hay en juego ahí cierta certidumbre —al menos fantasmáticamente— en relación a ese quiebre, por algo cuando su hija llega a la edad que ella misma tenía cuando el matrimonio de sus padres se quebró, es ahí cuando ella, sin que aparentemente haya una circunstancia que lo justifique, se encuentra —ahora como madre— frente al temor de quebrarse sin poder evitarlo. De alguna manera anticipa ese quiebre, ella parece tener la certidumbre de que ese momento pronto iría a llegar, entonces esto nos permite pensar que no está en juego tanto la cuestión de «ser una madre brillante», ella es una buena madre, esto quizás nos da un indicio de que a lo mejor su madre también fue una buena madre, hasta que de pronto, ante determinadas circunstancias, ya no pudo mirarla. Ella es una buena madre, solo que hay una cuestión sin resolver en relación a la temporalidad, como una bomba de tiempo que está programada para estallar cuando su hija tenga tres años, hasta ahí llegó la mirada de su madre. Esta es una pregunta para formularle a esta paciente, ¿sólo hasta ahí llegan las madres? De alguna manera, esta pregunta es la que domina lo que está en juego, y también ahí podemos captar de dónde viene la urgencia: es la urgencia de una madre que ve que el reloj va a marcar las tres —los tres años, en realidad—, que es la hora en que se abre la pregunta sobre si ella, como madre, también se va a caer para su hija.

X: Lamentablemente el analista, el psiquiatra estaban mirando para otro lado.

Rosa: No es que no la quisieran mirar…..

Federico Manson: Prestaban atención a ese punto ciego donde ella decía: me siento mal y no me dan bola, me dan bola…». No sé siquiera si la acción que ella produce sería caratulable como un pasaje al acto o una actuación... Yo me inclinaría más a pensarlo como un acting, cuando ella ve que llega, como la vieja película, «a la hora señalada»...

Gabriel Pulice: Pero es un acting signado por la urgencia. Podríamos decir que hay pacientes que dan muchos avisos, pero hay también situaciones donde no hay muchos avisos. Acá da la sensación de que, efectivamente, se puede hacer la lectura de que esta escena, este montaje, cuadra bien en las coordenadas de una mostración, de un acting out... Pero con el riesgo de que esa mostración, de no hallar prontamente quién pueda captar su lógica para intervenir en consecuencia, rápidamente podría derivar en una verdadera caída...

Federico Manson: Digamos que la consigna, frente a un paciente que ha producido algo del orden de un pasaje al acto o un acting que llega a ciertas características de riesgo al haber atentado contra su vida, ante el más mínimo atisbo en el discurso de aludir a esa situación mortífera, nos tiene que poner de inmediato en una situación de alerta y en comunicación con quien está a cargo de la dirección del tratamiento. De hecho, situemos que ella cuando habla de esas cosas es en el contexto de ese despliegue discursivo que no es sin la contención en un consultorio, con la psiquiatra... Y además, situemos también que la acompañante en ningún momento bajó la guardia. Esto es lo interesante y lo importante. Conversando con Rosa, ella dice que este fue un caso muy breve, y yo creo que a pesar de lo breve de la intervención es un caso que ameritaba ser presentado, porque nos permite ver cómo puede trabajar un acompañante terapéutico allí donde no hay tiempo. Es decir, efectivamente, se puede trabajar funcionando —como en la metáfora del padre— no como un taxímetro, sino como un reloj que permite establecer una temporalidad diferente, la temporalidad del inconciente...

Gabriel Pulice: Bueno, vamos a llegar hasta aquí por hoy... Para los que han venido por primera vez, vale la pena comentarles brevemente algo en relación a este espacio, del cual podemos decir que es un espacio en construcción, de la misma manera que la Asociación de Acompañantes Terapéuticos de la República Argentina es también un espacio en construcción. Están desde ya invitados a participar, lo que pueden hacer a partir de presentar sus propuestas para la presentación de material clínico en los próximos encuentros… En relación a la creación de este espacio, me gustaría agregar que la idea es promover un intercambio entre quienes desde distintos lugares de nuestro país —incluso podemos decir de nuestro continente, como Brasil, Uruguay, Chile, Perú y México, entre otros países—, vienen trabajando en esta especialidad... No son muchas las ocasiones de presentar y debatir material clínico, de poder ver en relación a un caso como pensar determinados criterios respecto de las intervenciones y de la abstinencia, entonces contamos con la creación de este espacio para poder propiciar ese intercambio, que en general no abunda. Lo que domina es más bien cierta dispersión con respecto a esta actividad y eso genera también algunos problemas, nosotros venimos apuntando desde hace muchos años a que puedan seguir generándose lazos y que esto también pueda permitir ir avanzando en distintas cuestiones que consideramos esenciales para ir generando mejores condiciones de trabajo también para los acompañantes, de alguna manera poder formalizar este espacio, darle una inserción más a la altura de la importancia que esta función demuestra tener cada día.

Es nuestro propósito, además, abrir a la brevedad una lista de discusión para que quienes no tengan la posibilidad de acercarse personalmente hasta aquí, especialmente los colegas del interior y del exterior del país, también puedan hacer llegar sus preguntas y comentarios y ampliar de este modo nuestras posibilidades de intercambio...

Notas

1 Ateneo Clínico realizado en Buenos Aires, el 24 de junio de 2004.

2 Hospital Braulio Moyano, especializado en la atención e internación psiquiátrica de mujeres.

3 Dicho nosocomio se vio envuelto, hasta hace no mucho tiempo y durante varias décadas, en diversas denuncias de maltrato hacia las pacientes, por ejemplo con gravísimos casos de desnutrición que llegaron a las cámaras de televisión, etc., pero fundamentalmente ha quedado marcado con el triste estigma de haber sido uno de los más fuertes bastiones de los defensores del organicismo a ultranza y de la internación manicomial.


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