Ir a la página principal del Programa de Seminarios por Internet de PsicoNet
Seminario
Nuevas contribuciones a la
clínica de la drogadicción
http://wwww.edupsi.com/bulacio
bulacio@edupsi.com

Organizado por : PsicoMundo

Dictado por : Dr. Bruno Bulacio


Clase 1
De la orientación


Transferir clase en formato .doc de Word para Windows


He dado prioridad en la presentación de este texto a la noción de "orientación" tal y como esta se desprende de mi relato, en un intento de reubicación conceptual del problema de la clínica, en el marco de un desarrollo de ideas basadas en el recorrido testimonial de una experiencia tendiente a interrogar sus fundamentos en el curso de una investigación aplicada en este campo.

 

LOS ANTECEDENTES

Esta experiencia me permitió comprobar que un alto porcentaje de los pedidos de consulta que llegaban a los centros de atención especializados en la asistencia de toxicómanos provenían de los familiares o allegados de aquellos designados como "pacientes".

Sobre los pedidos de consultas efectuados, el 50% aproximadamente respondían a un reclamo de "orientación" por parte de la familia. Buscaban ser asesorados en la posibilidad de acercar al "usuario" a la consulta dado que en todos estos casos se presentaba "la resistencia del mismo" como un obstáculo infranqueable.

La familia esperaba del profesional una respuesta concreta a esta situación en el sentido de arbitrar los medios para inducirlo a la cura.

La "respuesta" acostumbrada en estos casos, no implicaba sino un ligero paliativo de la crisis, bajo la forma de conducir a la familia a la comprensión de esa situación, y muchas veces resignarse a una pasiva espera frente a un posible cambio de actitud del "enfermo"; en todos los casos "no consciente de su enfermedad y por lo tanto no motivado para llevar a cabo la consulta". Se concluía: "nada podemos hacer sino hay una disposición voluntaria del paciente a tratar el problema".

Las respuestas no eran sino "soluciones de compromiso" formales a través de algún consejo improvisado de muy poco alcance para el interés de la familia, y que dejaba indicado los límites del sistema institucional para tratar esa demanda tal como se formulaba.

Una respuesta en el plano manifiesto de esta demanda iba necesariamente a confrontar al profesional, con la salida obligada en estos casos de justificar los límites reales de su práctica: "si el paciente no está dispuesto a consultar poco podemos hacer en estos casos...".

Había podido observar que la mayoría de los profesionales jóvenes y con poca experiencia preferían evitar estas consultas, pero no era menos atendible a la observación el comprobar que los de mayor experiencia dejaban esa tarea en manos de estos; por razones no del todo justificadas profesionalmente. En definitiva este tipo de consultas parecían como relegadas a un lugar secundario, a una función "casi administrativa", que cualquier profesional podría realizar en algunos minutos o a través de una entrevista de corte bastante informal.

Por estas razones y otras que veremos más adelante, supuse que este lugar tan poco jerarquizado de la consulta, la "orientación", dentro de un programa ambulatorio de atención de pacientes toxicómanos no respondía del todo al azar, ni era una cuestión de encuadre o de recursos, lejos de situarse en la periferia de nuestra experiencia a mi juicio estaba llamada aquí a una cuestión central.

Habría podido observar en los usuarios que llegaban a la consulta que su condición de "voluntariedad "era engañosa y que en la mayoría de los casos no traían un pedido claro de consulta, más aun que esto, parecían sostener una demanda que no les era propia. En otros casos la presencia de la familia confrontaba al paciente con una realidad que le era "ajena", con un padecimiento que no terminaba de reconocer en si mismo, con una "voluntad" forzada por efecto de la angustia, el deseo o la desesperación de sus padres o allegados.

No faltaba aquel padre agobiado por el anonadamiento de una situación que no terminaba de comprender y que tomaba la palabra, frente al "negativismo" de su hijo: "ya no podemos más, no sabemos que hacer, queremos saber que es lo que usted puede hacer por él, qué es lo que usted puede hacer por nosotros". El joven permanece inmutable, sólo se limita a decir que consume drogas cuando lo desea, y que estas no significan un problema para él.

Esta ligera descripción de como habitualmente se presentan algunos de nuestros "pacientes", me permitió introducir algunas observaciones.

La primera de ellas me conducía a pensar que tanto en las consultas sin la presencia del "paciente designado", como en aquellas en que este se presentaba acompañando a su familia "se observaban caracteres comunes en la modalidad" de la demanda.

Cabría interrogarnos qué circunstancia justificaba su presencia o bien en su defecto cual era la causa de tan inescrupulosa resistencia.

Pude advertir que esta última sólo era comprensible a la luz de cierta "modalidad" en la "relación" del "supuesto paciente" con su grupo familiar y que no hacía en modo alguno a un posicionamiento subjetivo distinto, de lo que "encarnaba" otras veces con su presencia

En otros casos, el paciente llegaba a la consulta acompañado por su familia y con una posición similar a la antes mencionada después de un prolongado tiempo en que este se habría negado al pedido de sus padres. Tal circunstancia tomaba su forma en una "instancia límite" que afectaba la relación del toxicómano con su entorno. La introducción de esta nueva situación se manifestaba como un elemento capaz de promover una fractura, un desequilibrio en lo que sostenía hasta el momento el estilo de las relaciones familiares. Este elemento aparecía como un factor "determinante" que movía al usuario a la consulta.

La segunda observación, me conducía a pensar que la adicción del paciente no se manifestaba como un síntoma.

En la mayoría de los casos y particularmente en los pedidos de consultas sostenidos por la familia, el paciente parecía mostrarse indiferente y ajeno a los padecimientos de la misma o los suyos propios.

Su "drogadicción" no constituía en modo alguno un "cuerpo extraño" a su existencia, muy por el contrario, parecía darle forma, cuerpo a su propio mundo, un modo de estar vivo, de penetrar en la cotidianeidad de sus objetos, de relacionarse con su entorno, de encontrar en la droga, un objeto de prioridad para sí mismo; una causa, la más justificada razón de su existencia.

Nuestro "paciente" sólo daba muestras de ciertos efectos indeseables que lo perturbaban, que afectaban su relación con la familia con su entorno, con la legalidad de un mundo al cual se veía obligado a sobre adaptarse, con un cuerpo que muchas veces sobrellevaba como un resto, ajeno, extraño, cada vez más emancipado de su ser.

Si bien el paciente asumía su queja, esta no afectaba sino a "las consecuencias" que debía sobrellevar por el consumo de drogas; dicho de otra manera, sólo se presentaba y parecía demandarnos algo relacionado con sus "síntomas secundarios".

Su adicción no era "un síntoma" del sujeto, muy poco parecía interrogase, nada parecía enigmatizarlo, nada, lo confrontaba con la búsqueda de "un porqué", de que habría de haber alguna razón para ello.

Esta "experiencia" lejos de toda duda, o cuestionamiento, constituía una firme certeza, una verdad irrefutable que muchas veces "orgullosamente" ostentaba y defendía.

Había podido observar que "el paciente" por lo menos en apariencia, no parecía soportar el "síntoma de su adicción", más aún no parecía soportar ningún síntoma, era su familia en muchos casos quién se veía obligada a sobrellevar angustias y padecimientos ligados a la presencia de ese "producto", que había irrumpido en la vida familiar y que parecía condenarlos a soportar sus consecuencias "impedidos de doblegar su dominio". Sujetos de la tiranía de ese "objeto", ubicaban en nuestro paciente, y en relación a "su enfermedad", la principal causa de sus angustias. Las que no estaban exceptuadas de interrogantes, de preguntas sin respuestas que los confrontaba consigo mismo, con su propia concepción de la vida, con sus desaciertos, con el lugar que les habría sido dado a ocupar como padres.

Los hechos parecían demostrar que si algo ahí se presentaba como un "síntoma", esto estaba vinculado a los padecimientos, a las angustias a los interrogantes de la familia: a quienes habían sido conducidos a solicitar algo de nosotros, a quienes parecían sostener la demanda de un "decir", de una palabra, de un saber, reparador de sus angustias, cuya causa era referida a la toxicomanía de sus hijos.

Lo que la clínica nos permitía visualizar con las características de un síntoma en un sentido estricto no era sino los efectos, las consecuencias de lo que el acto del toxicómano precipitaba sobre la experiencia de los padres.

¿Qué es lo que imposibilitaba a ese joven introducir su demanda a través de una vía distinta de la actuación tóxica?. ¿Qué es lo que estaba impedido en el nivel de la palabra, para comunicar algo que irrumpía en su experiencia, indecible, indescifrable, e indecidible para si mismo, y para la subjetividad de su entorno?.

Existen teorías tendientes a dar cuenta de estas cuestiones a través de una definición, de la caracterización de una cierta tipología, de una cierto perfil, por lo menos referidas al usuario "inepto", que justificarían estos rasgos, tan sobresalientes, tan patognomónicos de la llamada "personalidad del adicto".

Decidí abandonar estas "teorías" en la medida en que parecían inmovilizar una compleja gama de relaciones, de especial interés para los destinos de la cura.

La primera cuestión era, ¿por que la droga había sido objeto de elección?. Un instrumento capaz de mediar en la comunicación de un mensaje cuya fuente y sentido era indescifrable; no agotaremos en este pasaje el análisis de esta pregunta, pero sí repararemos en una resultante: este objeto se mostraba eficaz, para señalar, para dejarnos indicado que algo se mostraba inconsistente que algo ahí no parecía atender a las acuciantes necesidades del sujeto.

La angustia de los padres no era sino efecto de lo que este acto denunciaba, de algo que los confrontaba con la propia impotencia, con las propias carencias, con una historia velada por aquellos pasajes oscuros de la vida familiar, en definitiva, un llamado al poder ser sobre ellos mismos. Esta demanda se podría traducir como una apelación a su presencia, la búsqueda desesperada de un límite al "sin sentido", el encuentro con una palabra a la que el paciente pudiera reconocerle alguna legitimidad: un punto final a las ficciones que acompañaban su existencia.

Había podido observar también que estos pacientes apelaban a algunos mecanismos básicos para dar respuesta a su desconcierto a través de una tentativa de emancipación de un sistema de pautas y valores representados en ese grupo familiar: la fuga como evasión de una realidad intolerable a sus sentidos, la indiferencia como respuesta a una escena que lo encadenaba a las ficciones de su entorno, y finalmente la desconexión como una forma de poder, de ejercicio de un dominio que le permitía situarse en un "lugar imposible" a ser gobernado por el otro.

Estas formas no sólo constituían su defensa sino su principal avanzada sobre una realidad imposible de transformar por si mismo. El grupo familiar aparecía como su principal destinatario y la droga el objeto más eficaz para sostener el alcance de su acto.

El paciente ejercía una suerte de dominio sobre la escena familiar y esclavizaba al otro a la tesitura de sus actos. Los enfrentaba permanentemente con la imposibilidad de contener su conducta y acotar la presencia de la droga. Los confrontaba con sus propios límites.

Siempre había algún argumento tendiente a justificar esa imposibilidad: "la conducta" del paciente, "la personalidad", "la enfermedad", "su adicción", "la droga", una causa siempre ajena, exterior y distante de sí mismos.

Pude observar que la familia del paciente establecía un fuerte lazo de dependencia con él mismo, sometiéndose a la arbitraria "legalidad" que sus actos parecían imponer. Tales conductas, dominaban la escena donde los fantasmas de l abandono del núcleo familiar, las "malas juntas", la represión policial, la escalada en su carrera adictiva o el miedo a la sobredosis letal, daban forma a "temores imaginarios" no ajenos a los deseos y fantasmas reprimidos de los padres sobre una situación que los confrontaba a diario con la imposibilidad de dar respuesta a estos hechos.

La angustia de los padres no era sino el costado débil de la escena donde el paciente recreaba mediado por la eficacia de ese objeto todo su poder, con aquellos mismos recursos, una suerte de "tecnología aprendida", que habían acompañado los más duros momentos de su vida. El autoritarismo como fuente de poder independizado de todo reconocimiento de la "autoridad paterna". La falta de amor velada por conductas reactivas, plena de un excesivo proteccionismo. La sexualización de los vínculos más primarizados de la escena familiar. El rechazo afectivo o el abandono real convivían con

la mentira, el engaño o la "fabricación de encuentros" que no hacían más que caricaturizar una constante de la historia familiar.

La tiranía de sus conductas, la aparente "falta de amor", que denunciaba la queja de los padres, la "sexualización" en su relación con las drogas en despecho de toda otra jerarquización de objeto, y pluralidad de elecciones, convivían con la "indiferencia afectiva", el abandono real, la mentira y el engaño. La otra cara de la moneda que había acuñado su propia historia. Una firme identificación con las pautas de convivencia y relación de ese grupo familiar.

Nuestro paciente no era más que un reflejo vívido y encarnado de los efectos de su entorno y que a merced de su objeto (droga) encontraba, por mediación de lo que este venía aquí a representar, el don de una "identidad" ostentadora de un poder oculto que no hacía más que enmascarar su propia impotencia de ser.

Había podido observar la relación de dominio que el paciente ejercía sobre su entorno y la dependencia que el grupo familiar establecía con el mismo, los padres aparecían impedidos, temerosos y siempre angustiados por la consecuencia de sus actos o bien por los efectos de cualquier decisión que los mismos se propusieran asumir. algo debían hacer, pero no advertían de que se trataba.

¿Cuál era el alcance de ese poder, al punto de conducir a tales consecuencias?.

Cuando algunos de los familiares del paciente se pregunta a propósito de alguna causa que justificara lo "inútil" de esa experiencia que conducía al paciente a su propia "destrucción", no dejaba de advertirles que ese "objeto" (la droga), revestía una alta eficacia para quién se propusiera como su aliado, una suerte de "filiación", de "sociedad" que reportaba altas "utilidades" (para nuestro paciente y desde luego, no advertido, para ellos mismos también).

De lo que se trataba en principio era de comprender de que ese objeto servía para algo y desde luego, había alguna buena razón para ello.

"Una cierta toma de conciencia" apoyada en la aceptación de la "enfermedad", se constituía apelando a la necesidad de un tratamiento de "orden médico" o bien la necesidad de una mayor "comunicación".

Este planteo tan simplificado en su formulación me parecía falaz, engañoso en principio, porque entendía que el " orden médico" muy poco podía hacer en este campo y seguidamente porque la llamada "necesidad de comunicación" de "diálogo" aparecía afectaba de un cierto "voluntarismo" que tarde o temprano terminaría frustrando "esas buenas intenciones". La llamada "comunicación familiar", "el diálogo entre padres e hijos", no significaba "un punto de partida" sino algo a ser alcanzado, un punto de llegada, a mi juicio no fácil de transitar pero posible; "un punto de encuentro", en esta experiencia que les proponía atravesar.

El "voluntarismo" que animaba la necesidad de dialogo no era suficiente para ejercer algún dominio sobre la eficaz presencia de ese objeto que definiría toda una posición muy particular del sujeto y su relación con el otro.

No se trata sino de destituir una firme identificación, un lugar desde el cual el joven parecía dominar toda la "escena". No por otra causa apelaban por ese camino a mi ayuda, como los portadores de un mensaje que no podían aún descifrar y que encerraba también una encubierta demanda de mi "supuesto y potencial paciente", el toxicómano.

Había podido observar la vivencia de "pérdida" que traían a mi encuentro; un "hijo se había perdido" algo lo había conducido a su "perdición", debían encausar su retorno, no se trataba sino de una búsqueda.

No me propuse sino "orientarlos" en esa travesía en conducirlos a una cita que cada uno, en la singularidad de su propia experiencia, propiciaría con ese hijo, una cita en el "interior" de ellos mismos, un encuentro con ese difícil ejercicio de ser padres.

Lo que impedía este encuentro radicaba en una tentativa de negación cuyo fin último era ocultar las carencias e imposibilidades que padecían, esclavizados por sus propios "dictadores internos" y confrontados con la dura denuncia en acto de las actuaciones de sus hijos.

No veían en el mismo más que la caricatura de sus propias miserias internas. No sintiéndose muchas veces autorizados en su palabra, la pesada carga de la culpa convivía con la negación maníaca de sus actos.

La culpa y la angustia constituía un insalvable impedimento, no pude sino advertir que el acto del toxicómano sostenía toda su eficacia en esta dimensión. Una "sólida identidad" lo amurallaba frente a la "realidad". Un ser "extraño, diferente emancipado de los ideales de su entorno no encontraba sino en esa marginalidad" propiciada por el sistema, el burdo espejo, el fiel reflejo, de alguna impotencia de ser en el otro.

Supuse que se trataba ahí de una compleja estructura, donde no operaba ninguna mediación. Todo parecía demostrarnos que entre la posición de los padres y la de sus hijos, existía una clara identificación que bajo la forma de la dependencia enajenaban a la presencia y función de ese objeto, el propio ser.

Imaginaba esta estructura dentro de un esquema simplificado y representado en sus extremos por dos funciones: la angustia del Otro y el acto tóxico.

Imaginé que para producir un corte en ese segmento debería privilegiar algún lugar de entrada.

Mi hipótesis era la siguiente: si la supuesta "drogadicción" del joven no era sino el resultado de la identificación a un objeto ( droga), que le aportaba su nombre, es decir una identidad a la cual se aferraba firmemente dado que en ella le iba su condición de ser, era de esperarse entonces que el mismo asumiese la más firme defensa del objeto. Este venía a aportarle un preciado beneficio en tanto parecía asignarle algún lugar frente al "reconocimiento" del Otro y soporte de un modo de ser en el mundo.

Comencé a suponer que la llamada "drogadicción" de nuestro paciente no era sino un "como si" sostenido por la dependencia a un objeto, que parecía cumplir una función soporte. Algo así como una investidura, que ocultaba la verdadera fragilidad de su ser y que configuraba un camino posible al encuentro de alguna verdad, una suerte de llamado a la puerta del otro, en la cual el sujeto rara vez era atendido, escuchado, comprendido, en su reclamo. El otro no podía ver en él sino el propio perfil de sus ficciones. Nuestro sujeto había alcanzado una forma de reconocimiento que lo encadenaba a su imagen "el toxicómano" y lo condenaba al exilio de su propia existencia.

¿Qué es lo que estaba impedido para esos padres, sino ese acto de desenmascaramiento de la verdad?.

Empecé a entender el origen de esa imposibilidad. No había pedagogía capaz de atravesar con su acto la dimensión de este fantasma, no se podía pedir tanto por el sesgo de la razón.

Había observado que las "resistencias" de los padres no diferían de aquellas que tanto condenaban a sus hijos.

El pedido que se formulaba a propósito de "como actuar con ese joven" y "como conducirlo a un tratamiento" no era sino una demanda engañosa destinada a mantener ese "equilibrio inestable" frente a la desestabilización que la presencia del toxicómano introducía subvirtiendo todo un orden de ficciones que animaba la vida familiar.

A esa altura ya había tomado conciencia de que me había propuesto operar sobre una membrana demasiada sensible de esa estructura, pero sabía que contaba con un aliado y que ésta era la demanda de los padres.

Advertí que responder al argumento "manifiesto" de esta demanda no era más que un aliarme con los argumentos que estos traían y en consecuencia confrontarme con una nueva imposibilidad quizás tan semejante a la que ellos vivían en relación con sus hijos. No había otro camino que desenmascararlos, que denunciar estas ficciones, demitificar el carácter y argumento de esa demanda, derrumbar toda esa imaginería que parecían sobrellevar desde siempre, por la sola condición de ser padres.

No podía dejar de verlos como niños asustados que apelaban a distintas formas que sustraían de los archivos de su singular historia.

Tomé conciencia que no era sino por el sesgo de mi acto que podía orientarlos en su búsqueda.

Sabía que los reclamos de estos padres encerraban una masiva dema nda de soluciones y respuestas dirigidas a un otro a quien se suponía un saber, pero no parecían advertidos que el sentido de esa demanda no podía tener otro destino que la frustración. Un pedido imposible de cumplir. Mi objetivo final no era sino la cabal toma de conciencia de este acto, dado que lo que estos podían encontrar como respuesta no era sino una pregunta esta vez dirigida a ellos mismos.

Sabía que atenerme a lo manifiesto de sus reclamos sólo me conducía al desacierto. las veces que pretendía responder con algún tipo de sugerencia, opinión o consejo basado en un saber previo, no hacía sino advertirme que me hallaba capturado por mis propias resistencias. Sólo la convicción y la entrega con que procuraba acompañar mis intervenciones, me permitían confrontarlos con la propia realidad de los hechos que acompañaban su padecimiento. Un modo de desandar los caminos de la impotencia en la que sostenían sus reclamos. No hacía sino confrontarlos con la convicción de un saber: que el universo de preguntas que traían a mi encuentro ya tenían su respuesta en cada uno de ellos mismos. Les advertía que no se prestasen a engaño que estaban demasiado "bien orientados" en sus convicciones y que quizás esto mismo constituía el principal obstáculo al encuentro de una nueva verdad.

Me proponía "desorientarlos" en el camino que habían emprendido convencido de que el sesgo de la verdad los sorprendería en lo más íntimo de sus experiencias, en el acto mismo de disipación, de todos aquellos subrogados de la angustia frente a lo que no podían tolerar de si mismos. Les invitaba a un acuerdo, a un trabajo sin concesiones, quizás tan difícil como lo que ellos podían suponer habrían de emprender en el encuentro con sus propios hijos.

Debían saberlo, si la realidad del "tratamiento" de un toxicómano presentaba las dificultades que ellos mismos intuían y podían descubrir en la relación con sus hijos. No presentaba menor desafío la labor que emprendían en el encuentro con mi propuesta. ¿No hablaban acaso de sus hijos del mismo modo en como estos en muchos casos traían su desconcierto frente a la tiranía de su objeto?.

¿No estaban trayendo una idéntica problemática de sumisión y sometimiento a una realidad que no terminaban de comprender y que dominaba cada instante de sus vidas?.

Pues bien, nos encontrábamos en el comienzo, habían llegado a mi encuentro y estaba dispuesto a atender la causa real de sus requerimientos. Si bien el "toxicómano" había resistido la consulta, ellos estaban allí y había una buena razón para ello.

Sabían que no podían eludir este compromiso que "sólo ellos podían enfrentar esa realidad", "pero no solos", que esta travesía que emprendíamos bajo la denominación de "orientación" quizás podía conducirlos al " encuentro de sus hijos".

La experiencia demostró que muchos jóvenes, cuyos padres habían, y transitado este proceso llegaban a la consulta presentando una más clara disposición al tratamiento.

Las cosas no estaban como entonces, nos habíamos encontrado con nuestro "supuesto y esperado paciente", debíamos escucharlo y resolver. Cuando el joven presentaba su queja en torno al consumo de la droga y bien la relación con sus padres, no podíamos eludir la sensación de una familiar presencia.

Algo se repetía pero no se reproducía igual, un lugar abierto lo conducía a nuestro encuentro y el objeto parecía disponerse a ser entregado al modo de un "don" a cambio de una palabra que restituya el sentido de los padecimientos reales de su historia. Una palabra llamada a ocupar un lugar en su existencia, un gesto destinado a desanudar la prisión de estar vivo, un significante arrojado como un puente sobre el abismo de la ausencia del objeto, una voz que lo orientará al encuentro con otro, que lo conciliara con su ser, que lo reencontrase con su deseo.

 


Ir a la página principal del Programa de Seminarios por Internet de PsicoNet

Logo PsicoNet