
Seminario
Nuevas contribuciones a la
clínica de la drogadicción
http://wwww.edupsi.com/bulacio
bulacio@edupsi.com
Organizado por : PsicoMundo
Dictado por : Dr. Bruno Bulacio
Clase 2
De los fundamentos
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En aquellos primeros años por razones institucionales las primeras experiencias sobre la demanda de familiares y allegados del usuario se realizaron a través de encuentros grupales, incluyendo en algunos casos los que posteriormente dimos en llamar "procesos individuales".
Desde los comienzos el término "orientación" como una expresión destinada a designar esta labor, no terminaba de convencerme plenamente y había razones para ello. Siempre me acompañaba la convicción- y esto debía demostrarlo-, que más que una tarea centrada en la escucha de los padres, estaba intentando avanzar -por lo menos esto me proponía-, en dirección de una "clínica del toxicómano", que no hacía sino privilegiar el modo en como esta se daba cita en mi experiencia.
Cuando hablaba de "orientación" debía aclarar que me refería a un cierto "tratamiento sobre la demanda" de los padres, algún allegado o el "toxicómano" mismo destinado a concluir con la posible "derivación (construcción) de un paciente".
Quiero destacar que no existe para mi una relación necesaria entre el momento de concluir ese proceso y lo que se detalla como derivación.
Solo en aquellos casos en que era justificado podía convenir la indicación de tratamiento, lo cual no me parecía un resultado obligado.
Los destinos de un síntoma o los avatares de un acto son siempre imprevisibles, eventuales y se ven afectados por una cierta indeterminación.
Muchos jóvenes hacen abandono del consumo de drogas con asistencia psicoterápica, en algunos casos sin ella y las más de las veces a pesar de ella, cuando no en forma espontánea.
Hay quienes intentan una respuesta a estas cuestiones sosteniendo la eficacia de un sistema que comprende una red de instituciones por donde el toxicómano transita invariablemente.
Es en los distintos eslabones de esta cadena, o en algún punto de esa red donde este encontraría "el beneficio de la cura".
Quizá sea interesante poder interrogar el punto de ese sistema en que se produce y si el mismo reconoce o no un corte real en esa línea que el toxicómano nos traza en su recorrido. Es esta cuestión lo que he ubicado en el centro del análisis de mi propuesta en cuanto a la noción de cura se refiere.
En oportunidad de mantener un diálogo con un grupo de colegas franceses, había observado que estos contaban en su práctica con un termino que se aproximaba con menos ambigüedad a lo que yo esperaba significar con la palabra "orientación".
El concepto de "acogida" en su traducción castellana, no era una expresión a la cual estábamos acostumbrados, decidí en este caso no adoptar la traducción de la voz francesa, y conservar el término de orientación a pesar de que ofrecía algunas ambigüedades.
Había podido advertir que esta expresión no respondía sino a un término común entre los europeos para definir un espacio de escucha en donde no se trataba aun de la presencia de un paciente.
Las familias qué llegaban a la consulta solo veían en la esperada atención de su hijo una "solución" posible a lo que consideraban la causa de sus angustias.
Nada me autorizaba a dispensarles un "tratamiento" que en ningún caso, y creo que legítimamente, llegarían a reconocer como propio. No eran en principio "pacientes". Por otra parte movidos por la perentoriedad de sus actos, demandaban de mi una rápida respuesta que en ningún caso colmaría tan exigentes expectativas.
La dificultad en la "espera" y la exigencia que contenían sus demandas, me permitía identificar en la imagen de estos padres la ya aprendida figura de sus propios hijos.
Comprobé a esta altura de mi experiencia, y no sin tropiezos, que no se trataba aquí de responder a las "urgencias", emparentados con ese estilo propio de los jóvenes tan presente en esa privilegiada "relación de objeto" donde estos se veían sin demora "asistidos" por la presencia de "la droga".
La perentoriedad de sus "exigencias internas" los conducía al objeto como una tentativa de "respuesta" sobre aquello que desconocían como la causa real que los movía al consumo. Una pregunta que no terminaba de formularse y que no habría de ser sin consecuencias para el otro social del toxicómano...
Muchos padres llegaban a consulta esperando una razonable respuesta sobre la posible internación de su hijos cuando estos eran objeto de una "actuación" lo suficientemente mostrativa de una "realidad" que no les era desconocida y frente a la cual esta vez ya no podían permanecer indiferentes.
Lo que la experiencia me indicaba es que si accedía a responder esta demanda no estaba sino legitimando un pacto, destinado a silenciar otra verdad, un acuerdo no explícito llamado a ocultar la causa real de las dificultades que los conducía a mi encuentro.
Muchas veces demandaban de mi una función substitutiva del propio rol procurado bajo legítimo argumento la solución a un problema y en consecuencia evitar lo que sentían como un difícil compromiso.
Si bien se acercaban sosteniendo una demanda de tratamiento esta estaba obviamente referida a sus hijos. Sólo esperaban alguna respuesta sobre a aquello que suponían ajeno a su desempeño como padres.
Cuando sus hijos llegaban a la consulta podíamos advertir que estos no hacían más que sostener una demanda que aparentemente no les pertenecía, todo parecía indicarnos que por alguna vía un tercero les había solicitado que pidan. Así como sus padres paradójicamente, venían dispuestos a pedir por un otro.
Los jóvenes parecían asignarle al "encuentro con las drogas", bien un carácter contingente o el resultado de una elección, lejos estaba de la conciencia de los mismos la existencia de "un determinismo" desconocido que introdujese alguna racionalidad en lo que sostenían como relación o dependencia de ese objeto.
La búsqueda de esta racionalidad estaba del lado de los padres, o del profesional consultado, el joven no necesitaba en modo alguno justificar su causa.
Ahora bien ¿qué es lo que hacía que llegara a la consulta presentándose con motivo de un deseo que no era propio?. La experiencia me indicaba que en estos casos algo no quería ser reconocido a través de ese argumento.
El joven llegaba a la consulta trayendo el fracaso de su relación con la droga.
Su toxicomanía no se presentaba sino como un tropiezo en esa particular relación de amor que le unía al objeto. Esta había empezado a fallar, no era sino el signo de un desencuentro que ponía en crisis toda la existencia del sujeto.
Lo que sostenía esta relación con la droga no debíamos atribuirlo a las bondades químicas o propiedades psicofarmacológicas del producto, su resistencia a "donar" el objeto, a separarse del mismo no radicaba sino en lo que ese objeto "representaba", tanto para si mismo como para su entorno.
En otros casos, el motivo de consulta aparecía justificado sobre el argumento de un pedido de los padres.
En oportunidad de visitar un programa de asistencia para toxicómanos, en la "Provenza" francesa, su director me expresaba que no era dificultad para él que los jóvenes se acercaran al programa con motivo del deseo de sus padres. "Cuando un joven viene a nuestro encuentro -me decía-, y justificaba su presencia en la angustia o el deseo de un tercero, y viene a decirme que no espera particularmente nada de nosotros, le tengo que confesar que me produce gracia y esto es tan así que al cabo de un buen rato de reírnos juntos el joven ya sabe que es hora de ponernos a trabajar.
Mi interlocutor no hacía sino confirmar con palabras que desprendían de su experiencia, lo que ya habíamos podido comprobar y es que el joven con su presencia ponía a prueba la capacidad de ese otro para comprender el sentido de su demanda. No era sino una escena suficientemente mostrativa, orientada a interrogarnos sobre el valor y alcance de tan frágiles argumentos. La ironía y el humor como lo advertía nuestro colega, promovía un efecto de descubrimiento sobre lo que el sujeto ocultaba.
Otras de las modalidades en como los jóvenes llegaban a consulta, dejaba indicado que el carácter de la relación con el producto no llevaba consigo el signo de un fracaso, muy por el contrario nos encontrábamos con que la elección de ese objeto había alcanzado un no advertido servicio, y que no hacía sino traer por esta vía nuestro encuentro lo que, habíamos dado en llamar la (a)dicción del otro. Aquello que por el momento definiremos como impedido, privado, imposible de ser dicho, "adicto" en el Otro.
La experiencia había demostrado que el joven encontraba en la droga una solución transitoria aunque eficaz a sus angustias y muchas veces un canal privilegiados para conducir un mensaje que en todos los casos conllevaba una fuerte demanda sobre la "presencia" de los padres, una forma de golpear a la puerta de un otro que por razones que desconocíamos, parecía no estar en condiciones de atender su llamado; orientado muchas veces a la figura del padre no hacía sino denunciar, alguna falla significativa de su entorno. Una denuncia puesta en acto que parecía indicarnos permanentemente, que algo ahí no hacía a su función.
La "escena tóxica" actualizaba al modo de una "caricatura" trazada por la presencia del objeto, lo que siempre había estado presente en la relación entre ese hijo y su padre.
Lo que aparecía vinculado al sentir de los padres víctimas de la propia impotencia para dar respuesta a los interrogantes que suscitaban las "actuaciones" de los jóvenes, no parecían diferir de otras circunstancias vividas en la relación con sus hijos, que en su momento habían sido desatendidas, y que no llebaban consigo el signo de la droga y el peso de significación que revestía para ellos el solo hecho de pensar en un hijo "toxicómano".
El joven había encontrado en "la droga" un objeto privilegiado para apelar a la presencia de un otro. La experiencia había contribuido a demostrar que ésta convocatoria no era indiferente a la "figura del padre" que acuciado por los avatares de su propia existencia parecía no poder desoír ese llamado cuando el mismo era evocado por la presencia de ese objeto. La "droga" aparecía en la experiencia de los jóvenes como un objeto eficaz, y lo suficientemente significativo en el Otro, para conducir su mensaje. Un estilo de decir que el joven habría mudado en acto.
Los padres resistentes a abandonar los propios argumentos sostenían a propósito de la problemática de sus hijos, la necesidad de un saber, una forma de ponerle palabras a lo que no comprendían, de poner un límite a esa experiencia que les atormentaba.
La toxicomanía, lejos de constituirse en una legítima pregunta sobre el lugar que estaban llamados a ocupar, se había convertido no tan solo en un "legítimo argumento", sino en la más cabal respuesta a las dificultades que les había tocado transitar en la relación con sus hijos.
No traían a consulta sino una problemática que delegaban en los jóvenes y que tarde o temprano no podrían evitar reconocer como propia.
Lo "imposible" dentro de esa experiencia que compartían con nosotros hacía de estos, verdaderos esclavos de su propio argumento. Sujetos de la "adicción" habían hecho de esas actuaciones un acto revelador del "como si" a que se veía sometido desde siempre. Los afectos parecían independizarse de las palabras y las intenciones de los actos.
Muchas veces llegaban a la consulta habitados por un sentimiento de culpa que se expresaba en un insistente cuestionamiento sobre si mismos. Refugio imaginario que los encadenaba a un pasado que no podían redimir frente a lo que creían irremediable, sentimientos que, tomaban la forma de un verdadero obstáculo. No era sino el revés de la impotencia paterna, y muchas veces nos señalaban el camino de su justificación, nada más ajeno a lo que ese hijo esperaba de sus padres sometidos a la tiranía del sentimiento de culpabilidad.
Mi posición era muchas veces "complaciente". Esperaba verlos muy pronto seguros de si mismos, más aún cuando sabía que un inesperado cambio en sus conductas tendría consecuencias en las respuestas que estos obtendrían de sus hijos.
Más allá de las razones que explicaban mi actitud, todo parecía indicarme que este sentimiento funcionaba como una forma de acusar recibo sobre algo que estaba muy presente en la experiencia subjetiva de los mismos.
A riesgo de encontrarme con un resultado no esperado, y más aun cuando sabía que prevalecía la conciencia de mi deseo sobre la aprendida "neutralidad terapéutica", decidí de todos modos, guiarme por estos sentimientos al mismo tiempo de mantener una serena observación sobre sus consecuencias.
Tenía la certeza de que la omisión de una regla, tan "fundamental" no sería sin contratiempos pero decidí correr el riesgo, dado que, como ya no lo he puntualizado más arriba, nada me autorizaba a otorgarles ese lugar - en muchos casos tan ajeno a sus propias experiencias -, en que estos podían ser calificados como pacientes.
Nuestra labor tenía directa influencia sobre la relación con sus hijos, pero no la había de tener menos sobre la pareja parental; habíamos comprobado que el resultado de ese particular "llamado" sobre "la presencia" del padre, no era algo tan solo anhelado por el hijo sino que encontraba su correlato en el deseo materno.
Muchas de ellas parecían sobrellevar sobre si mismas los destinos de un "doble rol" frente a "un padre" que agobiado por el sentimiento de impotencia no hacía más que refugiarse en la negación, la indiferencia o la justificación de sus actos.
Muchas veces estas conductas formaban parte de un acuerdo compartido de la pareja, puesto al servicio de una alianza que parecía tener como destino la ocultación de alguna no revelada "verdad" que se reflejaba en las actitudes y actuaciones de sus hijos. Consciente de esta demanda el padre parecía reconocerse como objeto de un reclamo al que muchas veces no podía renunciar sino al costo de su propia estima y autovaloración.
Destinatario de los reclamos del hijo y su madre aparecía expuesto al reconocimiento de un otro, que confirmaba la existencia de un lugar que nunca había hecho propio.
El poder estaba ahí, no necesariamente como algo con lo cual podía o no contar sino como un gesto permanente de su conciencia de ser, de su condición de padre.
Cuando este descubría en sus manos la posibilidad de dar respuesta a lo que hasta entonces había depositado en "otro lugar ", no estábamos sino asistiendo a un tan anhelado como desconocido ejercicio.
A que apelaban sino a esta función, en ese encuentro con la figura de la ley representada en la persona de un juez, que muchas veces sobrepasados por los límites de su ejercicio, demandaba de nosotros, terapeutas, una verdad distinta, renovada de lo que contenía lo acumulado por esa ciencia de administrar la ley entre los hombres.
Hemos sabido sobre la dificultad de nuestros jueces, como si la impotencia de este discurso marcara por todo lo que hay de demanda en el acto del toxicómano; lo "(a)dicto", lo no dicho, lo ignorado, por esa figura de la ley. No se ha hecho ahí presente s ino para denunciar una vez más lo que de ese saber se sostiene como falso. Y no es sino por lo que ahí está llamado a "fallar", en nombre de la ley, que llega a nuestro encuentro, a nuestras instituciones.
¿No éramos conducidos a este ejercicio, en cuanto depositaban en un "supuesto saber de especialistas" el destino de la vida de sus hijos o encausados?.
¿No es después de todo lo dicho la "toxicomanía" en tanto acto una forma privilegiada, de designar aquello que por alguna vía interrogaba la esencia misma del padre y su función en la escena social?.
El sujeto real de la "adicción": un padre sin palabra, un juez sin sentencia que exhibe toda la fragilidad de la institución que representa. Lo descubrimos en el fondo de ese abismo al cual se precipita la existencia del sujeto; "la falta del padre", ese agujero sin nombre de la adicción del otro, que con el signo de la angustia se desliza por la pendiente sin límites de su fallido ejercicio.
Una tal afirmación, que intentaremos completar más adelante, no solo tuvo inmediatas consecuencias sobre muestra labor, sino que esta encontró su principal proyección en la construcción de una propuesta alternativa para la clínica y prevención de las toxicomanías, conceptos que tan sólo hemos discriminado operativamente y a los efectos de circunscribir, tiempos y espacios diferenciados para la intervención en este campo de la práctica.
Debíamos avanzar en dirección de una tentativa de desinstitucionalización de la práctica y desandar ciertos discursos aprendidos, una forma de aproximarnos a esta experiencia, con mínimos preconceptos y advertidos de la influencia de corrientes de opinión que podían hacer obstáculo o trabar la iniciativa de la investigación clínica en este campo.
Si bien éramos objeto de crítica a propósito de la no introducción de un discurso que privilegiase lo social, no lo éramos menos cuando nuestros circunstanciales interlocutores se presentaban como los fieles defensores de una corriente que esta vez parecía cuestionarnos que habíamos perdido de vista la dimensión "psicopatologica" del toxicómano.
Estas corrientes de opinión no eran sino formas de un discurso tendiente a sostener la pluricausalidad social del acto en todos los casos articulado al determinismo psíquico de la vida individual de aquel que se designaba como paciente.
Para nosotros, sin embargo, la toxicomanía se nos presentaba como una "forma discursiva" que sobrevolaba la epidermis del cuerpo social y anclaba su nombre ahí donde este exhibía una perdida en el plano de la significación.
Estos puntos de inconsistencia en la trama del discurso social, constituía el espacio privilegiado por donde se introducía una cierta ortopedia de la función simbólica.
Lo confirmábamos en el toxicómano cuando su estatuto en al escena social se sostiene apendicularmente como un producto lo suficientemente calificado por ese mismo discurso.
Nos interesaba investigar como operaba ésto en la experiencia de nuestros pacientes y que efecto de sujeto ahí se producía como resultado de esta posición subjetiva. El toxicómano no era sino el producto de una identificación, una construcción designatoria y lo que calificábamos como la inconsistencia del padre una expresión referida a ciertos puntos de fractura, de inflexión que localizábamos en la maya discursiva de ese sistema de discursos.
"La droga" no es tan sólo un hecho químico sino un significante, una palabra, una categoría jurídica o médico farmacológico que aparece en nuestra experiencia y en la del toxicómano como un tentativa de respuesta crucial, encerrando un "saber" a propósito de una incógnita, sobre la cual el sujeto de "la ciencia" o de "la adicción" en el sentido antes referido, no puede dar cuenta.
Pronto advertimos que todo nuestro esfuerzo estaba destinado a interrogar esta función diferenciándonos de las "respuestas" que el toxicómano y su familia sabía encontrar en la mayoría de las propuestas existentes para su "rehabilitación" en el mercado social.
Una tal "ortopedia", que muy poco se diferenciaba del alcance y función de la droga en la vida del joven funcionaba como una prótesis tendiente a sostener la "Mas-Cara-Identidad" del sujeto.
Arquitectura significante, signo, que "el sujeto de la adicción", introduce por la vía del discurso social o de la "ciencia". Muchos programas para la rehabilitación y prevención no están sino concebidos para sostener "el objeto de la toxicomanía", es decir, la "toxicomanía como objeto", puesta al servicio de un sistema que procura sobre ese enunciado, sobre esa categoría médico-jurídica, la "fetichización" de su función social.
El sujeto denuncia la inconsistencia del discurso que lo representa y hará de su acto una expresión fallida tendiente a romper con la iatrogenia especular del mismo sistema que lo produce.
Si el consumo de drogas en un joven, decíamos, se presenta como una "apelación al padre" y con esta expresión queríamos metaforizar una referencia indicativa, inherente y estructural al sistema de discursos que lo comprende, no podemos menos que reparar en el estilo de su respuesta (la del sistema) frente a tan desafiante indagatoria.
El sujeto de la demanda referente empírico de nuestra propuesta, está en una primera línea, de avanzada, ahí en el comienzo de esa trayectoria. El toxicómano se ha lanzado a su búsqueda y apela a la presencia de su deseo como garante de un poder real que le otorgue su reconocimiento.
El padre es interrogado en la impostura de su acto, se encuentra ahí en su límite y por la vía de un discurso que no le es propio y que preexiste al toxicómano, reclama el ejercicio de un poder, que dé respuesta sobre aquello que ha escapado a su control.
Es el discurso de las disciplinas sociales o la ciencia médica el destinatario de esta demanda en tanto que lo que sostiene el argumento del padre es competencia del acto médico. ¡Vaya contrasentido!. Nuestro profesional no ha conocido aun en su vademécum fórmula capaz que conduzca a la cura de su toxicómano; ¿cómo responder desde ese catálogo a un exceso, a un abuso de farmacología?.
La medicina encuentra ahí su límite; pero solo responderá si así se justifica desde la clínica o la toxicología; pero no podrá con lo que califica como "la adicción del sujeto": que no representa sino lo imposible de decir de ese discurso de la práctica médica que se extravía frente a lo que mal supone su objeto.
Pero nuestro médico finalmente concluirá: "el hábito por las drogas no es una cuestión de nuestra práctica". Cuando procura un ejercicio forzado de su función paga inexorablemente su costo, aventurado por un camino que tarde o temprano denunciara su impostura.
Nuestro médico sugerirá la "consulta psicológica", es de esperar. Y la pregunta del padre, lo que éste hace causa de su demanda, tropieza una vez más con la impotencia de ese discurso.
Nuestro paciente no espera demasiado de este nuevo personaje, es más, se muestra resistente a consultarlo, muy apesar de las exigencias del padre y suponemos tiene una buena razón para ello.
Nos enteramos que el joven ha sido víctima de una sobredosis, su destino será esta vez la guardia hospitalaria. Se efectúa entonces la interconsulta de rutina para estos casos.
El médico llevará a cabo la desintoxicación clínica y tratará los afectos residuales de su abstinencia al fármaco.
Pronto advertirá que sus procedimientos no han sido suficientes, no ha pasado una semana y nuestro paciente ha vuelto a tocar a su puerta, sin haber comprendido la causa real de su provocado episodio. El especialista sugerirá una vez más la asistencia psicoterática pero las resistencias del joven conducen a su padre a una renovada instancia: es así que llega a la justicia - esta vez necesita creer en ella -, demandando un límite a tan desmedidas e incontrolables actuaciones.
Pero como el padre, esta vez el juez también "falla" y es en nombre de un rol delegado y que no termina de conciliarse con el lugar que representa.
Nuestro magistrado ha resuelto abandonar los principios de su práctica para acceder al encuentro con una problemática que se resiste a administrar, alienado en la letra de un código que traiciona en sus principios para hacer de la ley y su sanción una "prescripción terapéutica".
Avancemos un poco más. Nuestro supuesto toxicómano llega a la "consulta psicológica" indicada por el juzgado, sin embargo, el psicoterapeuta advierte la imposibilidad de conducir esa cura - y no dudamos que tiene razones para ello -, catapultado a las redes de lo obvio terminará concibiendo un espacio destinado a legitimar la impunidad del encausado o bien renunciará a su "paciente", justificando los límites de tan incomprensible ejercicio.
Finalmente nuestro toxicómano terminará aprobando un nuevo saber, una verdad que no le es ajena a su experiencia, a la cual transitoriamente decidirá aferrarse. Es el "grupo de autoayuda". Espacio social donde el sujeto se reconoce en razón de aquellos significantes que lo designan.
Esta vez objeto y adicción son términos que se conjugan en un mismo discurso.
Consumidor de drogas, médicos, jueces, curadores, psicólogos y toxicómanos, nuestro "cazador de cerebros" ha transitado su juego por un laberinto especular.
Su "drogadependencia" se ha mutado en "adictomanía". Si hasta ayer la droga era "un bien" al servicio de la adicción del sujeto, hoy su nuevo objeto es ese "imposible de decir" que oculta su manía por el bien.
Lanzado a la búsqueda del padre, termina barriendo con la impostura de los discursos que metaforizan su función en el campo social.
Es necesario desinstitucionalizar la escucha para que esa palabra no parezca denegada frente al arbitraje de una "razón", que pretenda domesticar la verdad bajo el dominio de un supuesto saber de especialistas. lo que otrora le ocupó a la histeria le cabe hoy a la drogadicción.
Que era la "histérica" en el siglo XIX sino "una categoría inventada por Charcot, para convertir en tema médico los conflictos que oponían a las jóvenes de entonces con el entorno de la sociedad victoriana de su época. Hoy la histeria ha desaparecido en su formulación clásica, lo que nos trastorna ha evolucionado". (1)