
Seminario
Nuevas contribuciones a la
clínica de la drogadicción
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bulacio@edupsi.com
Organizado por : PsicoMundo
Dictado por : Dr. Bruno Bulacio
Clase 5
Un caso de dependencia a la cocaina
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Alberto solicita una consulta. Se presenta como toxicómano, me expresa que está decidido a iniciar un tratamiento, que es una manera de hacer algo por su padre y por Karina, una joven de 20 años, con quien hacía pocos meses había contraído matrimonio.
Lo observo inquieto, verborrágico, con un tono elevado de la voz, que acompaña con movimientos bruscos y no controlados de su cuerpo, que me hacen temer por los objetos que se encuentran a su alcance.
Tiene 30 años. Su esposa es mucho más joven que él. No parece cuestionarse demasiado cuando advierte que una carrera tan nutrida como la que describe en su relación con las drogas, había podido pasar hasta éstos días inadvertido al conocimiento de su familia
Hijo de inmigrantes europeos, Alberto tiene un hermano algo mayor, con quien comparte tareas en la empresa de su padre, Karina es distinta, pertenece a una familia de varias generaciones de argentinos pero con una posición social y económica menos acomodada.
Es necesario interrogarlo; no hay cuestionamientos, sólo sobrelleva en apariencia el pesar de ser un toxicómano, no desea esto para Karina y ha decidido abandonar el hábito como un reconocimiento al "esfuerzo y dedicación" de sus padres. El consumo de cocaína, que inicia pasada su adolescencia, se convierte en una práctica habitual la que no podrá abandonar fácilmente.
Alberto hace de esta droga, no sólo el motivo de su consulta, sino el único problema que parece acompañar su existencia. Advierto que si bien lleva a cabo una queja sobre las consecuencias del consumo y reconoce su dependencia de ese objeto, asume su defensa (la de ese producto) como la vía privilegiada para alcanzar una experiencia que califica de "irrenunciable".
De todos modos demanda de mi un "poder hacer", para separarlo de su objeto. Las entrevistas me resultan tediosas, poco placenteras frente a una demanda sobre la solución de su dependencia a la droga que no dejaba lugar a ninguna otra cuestión de interés para la cura. Había podido observar, que Alberto cumplía muy a pesar suyo con las sesiones, y hasta se mostraba cordial y agradecido por mi complacencia, hacia él, sin embargo podía advertir que su disposición a un tratamiento y su deseo de separarse del objeto, estaba muy distante del alcance de lo que él llamaba "su análisis".
La droga no era un interrogante que aquejaba su existencia, más aun siempre tenía una buena respuesta para justificar su causa, lo que parecía no controlar eran las consecuencias de ese hábito en la vida de la pareja.
Había llegado de la consulta por el deseo de su padre y sostenía en el programado ritual de las sesiones, una "simulación", por otro lado muy propia de un estilo que caracterizaba el perfil de toda su existencia. Debía hacer algo por mi "paciente" y esperaba que una tal intervención, no escapara a las leyes de lo que tenía presente bajo el concepto psicoanalítico de transferencia; el ejercicio de un poder real capaz de transformar la posición del sujeto. Alberto no reconocía aun en mí a ese poder y tenía razones para ello, en tanto estaba dispuesto a sostener sin cambios su filiación al objeto y los beneficios que éste le otorgaba.
Mis propios fantasmas, y los preconceptos mal aprendidos de la teoría y de la técnica, me distanciaban cada vez más del ejercicio de mi función. Todo estaba ahí acordado para sostener el simulacro de una cura imposible. Alberto sin embargo, no se prestaba a engaños.
Era consciente que denunciar lo obvio conduciría a Alberto al obligado reconocimiento de una verdad que no ignoraba. Y que tan sólo yo parecía sostener con mi silencio.
Sólo muy posteriormente habría de entregarme él mismo la clave que guiaría a partir de entonces los destinos de esa cura.
Muy a pesar de mis contrarios esfuerzos, éste toma la decisión de interrumpir transitoriamente su tratamiento. Me comunica, luego de una prolongada ausencia a las sesiones, que ha decidido tomarse "un tiempo para sí mismo".
Luego de varios meses solicitará retomar sus sesiones.
Dice encontrarse bien esta vez y con una mayor disposición hacia aquellas cosas que descubría podía disfrutar más plenamente. Había comenzado a distanciarse de la droga y su consumo parecía declinar.
Tengo que confesar que no comprendí del todo la causa de este distanciamiento del objeto, aunque todo parecía indicarme que estaba relacionado con ese período de interrupción de su tratamiento.
Durante esos meses vivió bajo los efectos de un estado de intoxicación permanente. Esa prueba de "exceso" parecía jugar en su experiencia un papel paradójicamente límite y no había dejado de tener consecuencias en la relación con Karina, si bien había puesto una relativa distancia con su objeto, este mantenía una idéntica significación en su vida. Ignoraba cual era su causa por lo que había podido también observar en otros pacientes. No estaba convencido de que la magia de aquellos primeros meses podía haber conducido a tales consecuencias. Alberto había comenzado a desintoxicarse de la cocaína, pero esta vez aparecía bajo los efectos de un tóxico mucho más potente y lesivo para su existencia: la relación de dependencia que éste mantenía con la figura de su padre.
Una historia de más de 10 años, destinada al consumo de drogas con períodos de abuso y sobredosis, no era algo frente a lo cual podía permanecer indiferente.
Alberto no deseaba internarse y yo estaba convencido que el camino que nos habíamos trazado era otro.
Me comunica que su mujer desea iniciar un "análisis" y me pregunta si yo estaba dispuesto a recibirla. Esa misma semana su esposa se comunica conmigo expresándome su interés por consultarme. Resuelvo acordar una entrevista.
Karina es joven, bonita particularmente, cálida y afectiva en su trato. Se nota muy angustiada y con una gran necesidad de hablar sobre lo que está viviendo en la relación con su esposo. Me confía que su padre es "un alcohólico recuperado" y que desde su más temprana infancia sabía muy bien como atender a sus cuidados.
Era consciente como repetía aquella pasada historia esta vez con quien había elegido como esposo, se sentía "agotada" pero deseaba de cualquier forma poder ayudar a Alberto.
Lo que más le atormentaba a Karina era su dificultad para expresarse, para comunicar sus sentimientos: "No puedo decir lo que pienso, lo que siento, estoy encerrada en mí misma".
Sometida por las "actuaciones", muchas veces sin límites, de Alberto y prisionera de su propia historia, se veía destinada a repetir las mismas conductas de aquellas relación pasada con su padre.
karina recurría a mi encuentro para resolver la "dependencia" que la sometía a su esposo otorgá ndome un poder capaz de transformar esa experiencia.
Creía en mi y esperaba, en ese camino que había decidido iniciáramos juntos, liberarse de las ataduras de su silencio.
Prontamente tomó conciencia de lo que parecía reiterar de aquella relación con su padre y en cuanto estaba comprometida e implicada con la cuestionada toxicomanía de su esposo.
Alberto había hecho de su relación con las drogas "una elección" de vida, asumiendo la defensa del producto como un instrumento al servicio de "una experiencia de goce" que difícilmente alcanzaría sin la mediación del objeto.
Karina había conocido a Alberto ya iniciado en el consumo de drogas y le animaba la esperanza de que abandonara algún día éste hábito. Durante el primer año de noviazgo supo aceptar esta "práctica" y no había sido plenamente consciente de sus consecuencias hasta hoy.
Sólo muy posteriormente, hace de su relación con Alberto un síntoma, Karina deseaba ayudar a Alberto, "sacarlo de la droga", está empeñada en "salvarlo", así y como lo había hecho con su padre. Pero no puede advertir que éste no es el deseo de su esposo.
Alberto no tiene límites para el consumo, Karina parece convencida que esto es el resultado de una "enfermedad", por lo que se dispone a colaborar con su tratamiento.
Pero es consciente que no hay en él una convicción y le desanima pensar que estos esfuerzos puedan resultar inútiles.
Karina parece depender de la decisión de su esposo y en esta espera radica todo su empeño.
Le comunico que ésta anhelada por ella "decisión" de su esposo es lo que la somete en medio de tan poco prudente espera, y si de algún modo estaba dispuesta a que trabajemos juntos; sobre esta "dificultad" debía saber que los resultados no dejarían de tener importantes consecuencias en la vida de la pareja, y que de ello dependía a mi parecer, los destinos de la adicción de su esposo y la factibilidad de una cura.
Alberto demanda de ella comprensión: beneficio secundario puesto al servicio de su servidumbre al objeto.
Karina advierte "la contradicción" que supone la existencia de "un mal" que su esposo no desea "curar", argumento que introduce un contrasentido en cuanto a la impunidad de este acto en la vida de la pareja.
Alberto apela a su objeto a quien no le reconoce competidor en esa bondad de otorgarle "aquello" que aún no ésta dispuesto a renunciar.
No se acerca a la consulta sino porque teme las consecuencias de su hábito, destinado a cerrar vaya a saber que ignoradas heridas del pasado, no tiene más historia que aquella que le otorga a su objeto, Karina no es sino su testigo.
Pero Alberto no puede aun reconocerlo, no hace sino de "su práctica" un estilo de vida y de la ambivalencia de su objeto, un controvertido argumento frente a la demanda de su esposa.
Karina no podía reconocer lo obvio, pero de algo esta segura, que no se trata sino de su propia ceguera. No sabía que motivos le unían verdaderamente a Alberto, ni cual era el beneficio secundario de tan difícil relación.
Resolví atender a su demanda tomando por cierto su vocación de ayuda hacia su esposo y el deseo de abandonar su inveterado silencio. Era muy duro para ella respirar el enrarecido clima de esa convivencia.
Tan sólo ella podía poner un límite a esta situación que la conducía con alguna esperanza a lo que ella también llamaba "su análisis".
Si Alberto consume drogas en su presencia, es porque ella lo permite, y valdría la pena preguntarse porque no había variado su actitud hacia él en tan crítica circunstancia. Lo que hacía causa de su silencio, que había traído como motivo de sus angustias a la consulta no era sino, a mi parecer, lo que determinaba ese sentimiento de dependencia hacia su esposo y legitimaba la aceptación de tan "calificada" conducta en la vida de la pareja.
Quizás de lo que se trataba era de explicitar, o bien modificar ciertos "acuerdos" si esto estaba en su parecer.
Después de todo si ella tuviese que elegir separarse de su esposo por tan justificada razón, no veía motivo ajeno para que Alberto no hiciera de su posible divorcio con la droga una causa igualmente justificada dado su declarado interés por Karina.
¿O debería optar por las ficciones que ocultaban aquellas monogámicas declaraciones de amor que le destinaba, siempre amparado en la incondicional compañía de su objeto?
Durante la intoxicación, Alberto no manifestaba deseos sexuales y contrariamente otras veces sólo podía tener un acercamiento bajo los efectos del tóxico.
Karina empieza a ver la droga como un competidor, un tercero con quien no desea convivir: está dispuesta a romper su silencio, a producir un divorcio no con su esposo sino con su propia historia. Alberto no es su padre, no está dispuesta a sobrellevar tan mal aprendido rol. Reclama de éste la "exclusividad" de su deseo y es consciente ésta vez de todo el poder que éste le otorga.
Karina estaba también dispuesta a esperar algo de su "análisis", y no sin razón parecía depositar en mí un poder capaz de contenerla en tales circunstancias.
Karina había mutado su "adicción", ya no se trataba de refugiarse en su silencio, a la servidumbre del "objeto y su toxicómano" se le oponía esta vez el libre ejercicio de una conciencia de ser que la conciliaba con su deseo.
Para mi sorpresa, Alberto hacía abandono de este hábito por las drogas encontrando un firme argumento para "concluir" su "tratamiento", determinación que tendría importantes consecuencias en la vida futura de la pareja.
Karina sin embargo está decidida a continuar su análisis, a esta altura "la droga" había dejado de ser el principal argumento que la traía a sus sesiones.
Si en algún pasaje de este relato he mencionado la noción de cura para referirme a este caso, ha sido tan sólo para dejar indicada en particular la circunstancia por la cual el sujeto no es el mismo antes que después de haber transitado este proceso y en cuanto éste no ha dejado de tener consecuencias sobre ese acto que por alguna causa lo conduce hasta nosotros.
La habilidad de Alberto para sostener ese "simulacro", que denomina su "análisis", sobre el argumento de una legítima "demanda de tratamiento", estaba al servicio de su objeto y mi "silencio" caracterizaba el estilo acostumbrado de otras reconocidas servidumbres y sus consecuencias.
Pude comprender entonces la interrupción de ese tratamiento, o mejor lo que en realidad quedaba de él, en aquellos primeros meses.
No había de ser yo esta vez, sino paradójicamente su objeto quien pondría un límite a tan compulsiba conducta. Y es Karina por su favor que llega a mi consulta, la que es llamada a introducir un corte en esa trama tan sensible de su relación con Alberto. Porque es ella de quien depende en muchos aspectos de su vida afectiva, la necesita, por lo que ostenta un poder capaz de transformarlo todo inclusive su hábito por las drogas.
Sólo la conciencia de Karina sobre el carácter de esa relacíon a la luz de lo que parecía comprender de lo que otrora la vinculaba con su padre, lo que esta vez no podía ignorar, mutaba la impotencia de su "adicción" en acto y su silencio en una palabra plena de sentido sobre una verdad que desde siempre había compartido y nunca revelado en la historia de esa pareja.
Alberto lo espera todo sin saber lo de la conciencia de Karina, sobre lo que ya ni él ni ella están en condiciones de sostener.
La firmeza de su esposa se transforma en "un problema" bien recibido por Alberto, las cosas no serían más como entonces aunque la presencia de la droga irrumpiera por alguna razón contingente. Alberto hallaba en karina un límite que no es sino una sensible ortopedia que pretende resguardar los destinos nunca previsibles de su adicción.
Su toxicomanía en acto, no es la "adicción", es lo que revela, lo ignorado por el sujeto, eso que lo excluye de su historia, eso que desconocemos pero que Alberto nos aproxima en este relato introduciendo la figura de la dependencia del padre.
Habían pasado los años de la adolescencia en que su padre parecía advertir lo que sólo muy tardíamente había de reconocer. Y es a propósito de esta "negación de la realidad" que Alberto no terminara de entender su causa.
Karina conoce a sus suegros, no tolera ni comparte ya la aprendida liturgia, los acostumbrados rituales del " clan", hace esfuerzos no disimulados para sobrellevarlos y no tiene más remedio finalmente que aceptarlos. Los almuerzos de los domingos en casa de los padres de Alberto, los días en la casa de verano propiedad de su suegro, la distribución de las habitaciones entre los hermanos, los ritos festivos, etc. no los quiere para sí ni para su esposo, no comparte ese estilo.
Alberto sin embargo es un aliado incondicional de su padre, asume permanentemente su defensa aun cuando este se equivoca y no hay nada que le pueda ser cuestionado, es la imagen de un padre ideal de quien no se puede ser sino hijo.
Su familia funciona con una arquitectura fuertemente endogámica que oponía al padre todo el dominio de la fuerte presencia de su madre.
"Si mi padre nunca actuó es porque temía por mi madre". Ella nunca supo en realidad que ocultaban las actuaciones de Alberto y siempre primo su salud (la de ella) por sobre toda otra cuestión de interés para su padre. Siempre había una buena razón para ocultarle información. Nunca quiso que ésta reconociera lo que era difícil de no advertir: la toxicomanía de un hijo que llevaba desde entonces más de 14 años de relación con las drogas.
Más allá de cualquier juicio de valor que podamos introducir a propósito de la posición de su esposo, de algo estamos ciertos que la dependencia del padre toma como objeto la enigmática figura de la madre, afectada por una nunca definida enfermedad que hace necesario extremar los cuidados por su salud.
Es esta parte de la historia la que está omitida, reprimida en el relato, nunca se hace presente en las sesiones de Alberto es esa misma a la cual tan sólo habríamos de tener acceso por la angustia de Karina, su queja en cuanto a lo mucho que le afectaba la relación de Alberto con su padre, la inmadurez de sus lazos afectivos, la dependencia económica, y el no poder independizarse comercialmente de éste.
Su padre lo decidió todo, menos su elección por Karina y hasta eligió la fecha para el enlace de la pareja, la residencia en que ambos vivirían y no se privó de obsequiarles los pasajes para el viaje nupcial de los esposos. Alberto nunca pudo poner límite al deseo de su padre.
Tan sólo Karina se revela oponiéndose a las opiniones de su esposo quien no podía ver en estas actitudes sino un gesto plagado de buenas intenciones.
Karina pudo con "la droga" y sus consecuencias en la vida de la pareja cuando comprendió mejor el lugar que ésta ocupaba a la luz de su propia historia, pero dudó siempre que esta vez pudiera con esa incondicional relación que unía a Alberto con su padre.
No está dispuesta a abandonar sus esfuerzos pero esta vez no es tan optimista y no quiere retroceder frente a ese medio real que la aprisiona y que hace a la (a)dicción de su esposo: lo que Alberto no puede en modo alguno reconocer de la relación con su padre.
Es esto lo que la perturba, la desdibuja y excluye exiliándola de su condición de mujer y esposa.
Se siente sin derechos sobre su vida, todo lo resuelve el "clan", "todo es de todos" dirá Alberto, "nada es de nadie" replicará ella por el nombre y honor de esa familia.
La relación con Karina así como con la droga son elementos que en la vida de Alberto estarán al servicio de introducir algo capaz de poner distancia provisional frente a los mandatos del padre, que tan solo se ven condicionados por la servidumbre de éste a los deseos maternos.
Alberto repite algo de este orden en su relación con Karina, es en cierto modo la imagen de un "tirano servidor" que intenta imponer su ley (la de su deseo) por la via de lo que ese objeto representa para la vida de los otros, sirviendo al deseo de su esposa que bajo la rememoración del alcoholismo paterno introduce la cuestión de la "dependencia del padre" como núcleo real de lo "(a)dicto" de esa estructura.
Lo que quiero dejar puntualizado es que esta figura que asociamos con algo ignorado por Alberto y velado por esa práctica de soluciones perentorias que es la toxicomanía, nunca habría accedido a la conciencia del sujeto sino por ese "corte" que su mujer introduce en su propia historia a propósito del alcoholismo de su padre, la dependencia y el sometimiento del entorno a aquella "enfermedad".
Es por la vía de una "solución" sobre lo que hasta aquí es ignorado de la relación con su padre que puede comprender su relación con Alberto lo que ahí se reitera de esta historia. Pero no es consciente de todo su alcance hasta que esa práctica reiterada que Alberto introduce en la vida de la pareja hace síntoma y llega hasta mi, con toda su interrogación por el favor de su partenaire y más directo beneficiario.
Es por esto que puedo sostener lo que ya he enunciado en otro lugar; que la "toxicomanía" no es la "(a)dicción" sino que se desnuda ante mi por lo que su acto (el del toxicómano) revela con eficacia, y no es sino por la demanda de un síntoma en el otro que éste llega hasta nosotros.
Es Karina quien puede pedir ayuda, ella parece convencida y lo espera todo de mi. Es quien trae su malestar a la consulta bajo la forma de esa inexplicable dificultad para "decir lo que piensa, para expresar lo que siente" y es frente a lo que se interroga de su relación con Alberto que se encuentra con su historia.
Y cuando empieza a creer, accede a la verdad aun cuando yo la halla ignorado desde siempre, es su dolor quien la conduce. Es por su demanda que se hace presente lo "(a)dicto" de ese deseo que bajo la forma de la "dependencia del padre" que atraviesa todos nuestros personajes dibuja al modo de una caricatura la siempre torpe figura de un sujeto que hace de su filiación a un producto de farmacia la condición misma de su ser en el mundo.
Es esa pregunta por el ser que Karina introduce con su historia lo que el sujeto de la (a)dicción bordea permanentemente.