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Seminario
Nuevas contribuciones a la
clínica de la drogadicción
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bulacio@edupsi.com

Organizado por : PsicoMundo

Dictado por : Dr. Bruno Bulacio


Clase 7
Para una clínica del Otro


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Con motivo de una visita a una Universidad Latinoamericana, soy invitado a realizar la supervisión de un programa de orientación en drogas y atención de toxicómanos, dependiente de dicha universidad.

Entre otras cuestiones traídas al control los profesionales me comunican su preocupación por "la falta de permanencia y continuidad de sus pacientes en tratamiento", dado que se había observado un alto grado de deserciones durante los últimos meses. Estos procesos frustrados o no iniciados que designaban con el nombre de "tratamientos" ¿respondían en realidad a la voluntad e intención de quienes consultaban en el Programa?.

Les invito a que reflexionen a propósito de esta pregunta a la luz de los resultados que ellos podían observar en su experiencia.

Todos parecían coincidir en que era muy difícil trabajar con estos "pacientes", quienes en apariencia "no demandaban" de asistencia. Pero lo que aquí se interrogaba no era tanto la forma como éstos se presentaban, si existía o no lo que llamamos una "demanda de tratamiento" sino lo que en todos los casos se esperaba de ellos como pacientes - según las necesidades del Programa -

"¿Pueden ustedes hablar de "permanencia y continuidad de un tratamiento" cuando no están aun ciertos siquiera de asignarles a quienes han llegado a la consulta el estatuto de pacientes?".

Pronto creí advertir dónde podía radicar su origen, la causa de esta " falta de permanencia y continuidad " de los jóvenes en consulta, al interrogarles sobre el funcionamiento administrativo y la fuente de recursos para la financiación del Programa.

Me comunican que la Universidad mantiene un convenio con la institución que debe ser renovado periódicamente y que de éste depende su " continuidad y permanencia ".

... " Dependemos del criterio de la Universidad, de lo que esa comisión evaluadora entiende sobre los resultados de nuestro trabajo. Es muy difícil hacer valer lo que pensamos, sobre la clínica con toxicómanos, se nos demanda resultados, estadísticas... éstas parecen ser las reglas del juego "...

Algo parecía reproducirse en los resultados de esa experiencia.

Los abandonos de tratamiento eran la contracara de los argumentos imaginarios del grupo a propósito de " la no permanencia y continuidad " del Programa. No era sino la puesta en escena que denunciaba la adicción a o bien de un sistema que los enajenaba a una opinión académica no calificada, y de quienes ellos dependían.

Se habían encontrado con lo más propio de esa problemática por la cual llegaban a consulta aquellos que se declaraban toxicómanos: La dependencia a un sistema que no los representa, sino por el lugar que les designa.

Se podía observar a nuestros colegas apresurar la concreción de los " contratos de tratamiento " de quienes iban a su encuentro las más de las veces asintomáticos o conducidos por la angustia de los padres o la exigencia de algún tribunal que imponía por oficio la atención médica de su encausado.

Enajenados a una voluntad que no era la propia y sin conciencia de esa otra demanda que los conducía a la institución, destinatarios directos de esta colusión, terminaban perdiendo su "paciencia", era entonces de prever las consecuencias del caso.

No pude dejar de comunicarles que me resultaba "saludable" la respuesta de los jóvenes.

"¿ No les parecía suficiente límite el lugar al cual eran conducidos sus pacientes, esta vez no sólo objeto de la impotencia del padre,(esa otra demanda) que no resuelve nada sino que siempre parece esperarlo todo del otro?. ¿O es que para ustedes mismos una vez más ahora también se trataba de esperarlo todo de esos pacientes?

"Es en cierta forma lo que estos jóvenes no pueden soportar, quiero decir simbolizar, así y como tampoco lo soportan ustedes, no por nada han traído este tema hoy al control".

No podían advertir que la clínica de un toxicómano no se sostiene tanto por "la demanda de tratamiento" de quien así se declara, como por el tratamiento de esa otra demanda, que en la medida que puede ser escuchada los conducirá a lo que ya he referido en otro lugar como la adicción del otro, lugar donde articula y soporta su significación el acto del toxicómano, lo que más arriba he nombrado con esa metáfora de la "impotencia del padre", aquello que hace a su servidumbre y que designa lo que en el otro se ve privado de representación, extraviado de su función y del ejercicio de su poder real.

¿ No son estas cuestiones acaso las que me he visto obligado a desandar frente al argumento que sostiene este pedido de supervisión a propósito de lo que ahí no terminaba de ser revelado a la conciencia de ustedes, mis colegas, "alumnos de esta universidad"?

Hoy no puedo dejar de reconocer que lo que ahí se introducía como argumento, más allá de las causas particulares en las cuales no he querido reparar, no era en modo alguno distinto de lo que yo había observado a lo largo de mi experiencia profesional en otras instituciones destinadas a la atención de toxicómanos : la no permanencia y continuidad de los tratamientos.

Con lo que no podía acordar era con asignarlo a una modalidad propia, e inherente a la problemática de nuestros pacientes, sino más bien a un carácter patognomónico de nuestra práctica en este campo.

¿ Por qué había de repetirse este argumento en la mayoría de los programas encargados de dar una respuesta social al problema?

No lo sabemos aun pero sí he podido observar que cuando la institución está más empeñada en esta respuesta, en dar cumplimiento a ese deseo, a lo que de ella se espera, como una tentativa fallida de solución al problema del Otro objeto de esa demanda social, funciona al mejor estilo de su cliente el toxicómano.

Lo que resulta sorprendente es advertir que ahí lo obvio no puede ser escuchado y siempre hay una buena razón que así lo justifica. Por lo que la clínica de las toxicomanías se formula en mi propuesta como una clínica de lo " obvio", una clínica del dolor, del síntoma del otro, de la neurosis de nuestras instituciones y de la perversión del sistema, en la cual el sujeto se representa.

Si bien es cierto que en mi experiencia lo pude advertir muy tardíamente, no había sido sin una ruptura con el modo de comprender la clínica de entonces, y no fue tanto el resultado de una reflexión sobre mi práctica de todos esos años anteriores, como el atravesamiento de una experiencia lo suficientemente límite como para hacerlo posible.

Muchos se mostrarían escépticos y hasta juzgarían utópica la propuesta de transformar esas "reglas de juego", que impone la vigencia de un sistema institucional legitimado por un saber universitario.

Muchas veces me dicen : "Usted sostiene que la toxicomanía es un síntoma del otro por lo que de aquí se desprende que no hay clínica posible del toxicómano sino aquella que esté orientada en esa dirección; ha sostenido también que no hay en cuanto al modo de prever este "malestar en la cultura" sino una clínica que hace del objeto un aliado y que opera sobre ese sistema para transformarlo , para liberarlo de sus propias ataduras lo que usted ha calificado como la (a)dicción del Otro ese imposible de decir, de simbolizar por el sistema que el acto del toxicómano pone al descubierto.

¿Pero no cree usted que es esta una empresa demasiado ambiciosa para concebirla en el marco de una propuesta clínica, esa que usted introduce anteponiendo la noción de escucha a soluciones que el mismo sistema nos aporta por la vía de otros discursos?".

Intentaré responder a ésta y otras preguntas cuando me extienda sobre el concepto de prevención tan presente como poco debatido en este campo.

Pero quiero dejar puntualizado algo sobre este escepticismo, sobre lo que es necesario transformar en nuestra práctica, sobre esta resistencia del mismo sistema a no poder escuchar lo obvio.

Hace unos días y con motivo de la consulta de un padre sobre los problemas que le vinculaban a su hijo, este me expresaba:

"no se si podré ponerle límites esta vez, no lo he hecho nunca, no creo que tenga el coraje de hacerlo".

Le pregunto ¿cómo es entonces que puede autorizarse a esperar algo de su hijo, guardando tal opinión sobre si mismo?

¿Es que podemos esperar nosotros algo de nuestros pacientes sino estamos dispuestos a desandar los propios caminos de nuestra experiencia, esa misma que denuncia la impostura de nuestros hábitos, acostumbrados rituales que buscan a diario exonerarnos de las consecuencias de lo imposible de nuestra práctica?


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