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Seminario
Nuevas contribuciones a la
clínica de la drogadicción
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Organizado por : PsicoMundo

Dictado por : Dr. Bruno Bulacio


Clase 9
Sobre el sujeto de la demanda y el objeto de la prevención


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El presente trabajo se basa en algunas observaciones que han permitido ubicar con mayor claridad algunas de las modalidades de respuesta ensayadas por las instituciones educativas frente a la problemática del uso indebido de drogas por los alumnos, la detección precoz de casos y las dificultades de implementar programas de prevención en dicho campo.

Durante el año 1984, el Departamento de Investigación social y Capacitación del CENARESO, solicitó mi colaboración profesional en el denominado "Plan de educación preventiva", a los efectos de atender determinados aspectos de la demanda. Así, se realizó lo que se llamó "Asesoramiento y supervisión en apoyo a los gabinetes psicopedagógicos de los niveles de enseñanza primaria y secundaria"; el objetivo inicial de esa tarea era la detección precoz de casos en vista a su posterior y adecuada derivación.

Si bien la propuesta nació integrada a dicho plan, posteriormente las circunstancias que acompañaron la práctica me permitieron concebir un modelo conceptualmente distinto e independiente de los objetivos y del marco operativo del programa.

La actividad se organizó a partir de la dificultad que presentaba atender a la creciente demanda proveniente de los establecimientos de enseñanza primaria y media del radio de Capital Federal y cordón urbano, cuyas autoridades veían con preocupación cómo se difundía el consumo de drogas en ciertos grupos de estudiantes, y la incidencia que este hecho podía llegar a tener sobre la población de riesgo.

Las consultas provenían tanto de los directores de las escuelas y docentes como del personal profesional de los gabinetes técnicos, estos últimos, las más de las veces preocupados por "cómo actuar" o bien por "qué tipo de respuesta profesional dar" frente a la detección de casos en los que se les suponía alguna vinculación con el consumo de drogas, o que estaba demostrada su filiación.

 

En la mayoría de las consultas recibidas, la detección de casos siempre prefiguraba una conducta lo suficientemente mostrativa por parte del joven o el niño en la escuela, actitud que llevaba consigo un marcado desafío a las autoridades del establecimiento, o al modo de funcionamiento del sistema institucional. Cada caso detectado tenía consecuencias para el resto de los alumnos, y generaba una gran movilización de autoridades, el cuerpo docente y profesionales del gabinete técnico, pues se sentían exigidos a dar una respuesta que siempre implicaba maniobrar en un campo hasta entonces desconocido para ellos. La consulta traía consigo siempre una demanda de información y asesoramiento sobre una situación que los tornaba vulnerables. Cuando algún profesional me hablaba de la "personalidad vulnerable" del alumno afectado, no dejaba de insistirle que esa "vulnerabilidad" no era del alumno, y que si no abandonaba los propios prejuicios y fantasmas en torno de lo que este problema le evocaba, fracasaría en la orientación del caso.

Quizás les resultaba tranquilizador a estos profesionales suponer que existía un ámbito en donde podían ser "escuchados". Muchas veces esperaban del programa que se hiciese cargo de la situación, ya sea a través del clásico pedido de "hacer prevención en la escuela", o bien saber que contaban con un lugar adonde "derivar el problema".

Mi posición siempre fue no facilitar inmediatamente las cosas; más aun, no satisfacer esta demanda, hasta tanto no se pudiera visualizar con claridad cuál era la causa real que los conducía a consultarme.

Muchas veces estas consultas venían acompañadas por una serie de "prejuicios", que implicaban verdaderos "pretextos" para no atender a otras situaciones de mayor compromiso en el nivel de la institución, de sus autoridades, del cuerpo docente o del equipo profesional del gabinete.

La experiencia demostró que la mayoría de los casos detectados indicaban la existencia de una serie de contradicciones y fracturas del mismo sistema institucional, que contribuían en mucho a recrear el alcance de esta problemática, determinando los límites reales de respuesta del propio establecimiento.

La labor con el equipo técnico del gabinete contribuyó a despejar, y en eso radicaba su principal objetivo, todo aquello que, de algún modo, impedía la respuesta de la institución al problema, a través de sus propios protagonistas.

RELATO DE UNA EXPERIENCIA

En una oportunidad recibí la consulta de dos profesionales pertenecientes al gabinete psicopedagógico de un colegio privado del Gran Buenos Aires.

La inquietud que traía el equipo profesional respondía a la detección de varios casos de uso indebido de drogas, que se habían tornado preocupantes para las autoridades del establecimiento. La intención era poder dar una respuesta del problema, no sólo por lo que afectaba a los jóvenes, sino porque en ello también se jugaba el prestigio y la reputación de la escuela.

El temor de las autoridades sobre el ingreso de drogas a la institución ya tenía antecedentes en algunos casos detectados de inhaladores de sustancias volátiles durante el ciclo lectivo anterior, lo cual había movilizado al equipo docente a implementar "charlas informativas" a los efectos de prevenir el problema. El motivo de esas "charlas" era más una preocupación de los docentes; "los jóvenes resistieron en todo momento". "Bueno, que no le reconozcan, no quiere decir que no lo incorporen... la drogadicción es una realidad de la escuela". Los argumentos que movían la solicitud, de llevar a cabo una tarea de prevención, respondían a "una realidad de la escuela", según lo expresaban estos profesionales.

Este era un primer punto sobre el cual trabajar.

Cuando los interrogué acerca de su interés, de lo que esperaban de esta entrevista, me respondieron que estaban interesados en "contener a los jóvenes", "trabajar con ellos" y que esperaban "algún tipo de asesoramiento, de orientación, una posible respuesta al problema, que no implique la separación de ningún alumno de la escuela".

Me relataron una entrevista que la rectora del establecimiento había mantenido con uno de los jóvenes, supuestamente implicado en el consumo de drogas, sobre quien venían a consultarme, aclarándome que no era el único caso de "drogadicción" observado en la escuela.

El diálogo entre la rectora y el alumno, según lo reprodujeron, tenía más o menos la siguiente forma:

Rectora: "Se dice que vos fumás marihuana".

Alumno: "No, yo no fumo, ... tomo alcohol, tengo problemas en mi casa".

Rectora: "Tengo testigos muy confiables que me han dicho que vos fumás marihuana ".

Alumno: "No, yo tomo alcohol..."

Rectora: "No tengo ánimo de discutir eso. Mirá, vamos a suponer que vos tenés una enfermedad que puede contagiar a otros. Yo te ofrezco mi ayuda. Vos te estás ahogando y si querés podés tomar el salvavidas... Lo único que te puedo decir es esto. Si vos no hacés lo que te digo, voy a tener que separarte del colegio... si lo hacés, te podemos ayudar, de lo contrario no vas a poder seguir estando con nosotros."

Luego de relatarme este diálogo aclararon que la condición de la rectoría para que el joven continuara en el colegio era que estuviese dispuesto a iniciar un tratamiento en una "institución especializada", motivo por el cual se encomendó al equipo técnico del gabinete que arbitrara los medios para establecer el contacto con dicha institución y se llevase a cabo la derivación del caso.

A la semana siguiente, un grupo de jóvenes confesaron en el aula que "es habitual en ellos el consumo de marihuana". La profesora comunicó a la rectoría esta declaración y así llegaron tres nuevos casos al gabinete.

La Comisión Directiva del colegio llegó a la conclusión de que los jóvenes tenían garantizado su lugar en la escuela, siempre que estuviesen dispuestos a llevar a cabo una consulta en una "institución especializada", contando con un "control interinstitucional" sobre su evolución. Los jóvenes derivados a la institución, una vez entrevistados, fueron remitidos nuevamente al colegio con la pertinente aclaración de que "no se ha confirmado ninguna adicción, ni problemática relevante que justifique su atención".

Durante la entrevista con el equipo de admisión, los jóvenes habían expresado: "No sabemos por qué nos mandan, dicen que somos drogadictos".

Es de destacar que antes de ser derivados, los alumnos habían sido citados en la dirección de la escuela, oportunidad en la que negaron todo lo manifestado a sus profesores. Sin embargo, la rectoría mantuvo el criterio que ya había sostenido en el caso anterior, por lo cual los jóvenes igualmente fueron derivados para su tratamiento.

Visiblemente molestos y desconcertados frente a la respuesta obtenida de la "institución especializada", las autoridades, al descubrir que estos jóvenes estaban en "dudosa compañía", decidieron que no tendrían lugar en los cursos del año siguiente.

Una denuncia sobre distribución ilegal de drogas en la escuela y la posterior intervención del periodismo que investigaba el caso crearon las condiciones, según se me comunicó, para que las autoridades revisasen la medida, y así quedó sin efecto la expulsión de los alumnos.

En este contexto, el equipo técnico del gabinete resolvió tomar la iniciativa, procurando administrar las condiciones para un mejor tratamiento de los casos.

Los interrogué acerca de esta decisión, dado que parecía responder por entero a la iniciativa de estos profesionales independientemente de las decisiones asumidas por la rectoría. Me informaron que no había reconocimiento por parte de las autoridades y que esta circunstancia afectaba mucho el funcionamiento del gabinete.

"Hay una lucha interna de poder entre la rectoría y el gabinete en forma latente"... "Lo hemos sabido siempre, el gabinete no es más que una figura comercial puesta al servicio de una imagen para vender; nuestra función estuvo siempre limitada"... "Todo lo que es ´psico´ es rechazado por las autoridades de la escuela".

Esta "lucha interna de poder", como ellos la llamaban, parecía haber pivoteado en ese contexto el destino de estos jóvenes, sujetos a una problemática que hacía de ellos "la causa" de "una realidad de la escuela".

Lo que se formulaba como "todo lo que es ´psico´ es rechazado" me pareció un enunciado válido para comprender lo que se había operado en definitiva como un "traslado", "una depositación", " una transferencia de la función del poder" a otro lugar, externo, ajeno a la institución, cuestión que a mi juicio estaba vinculada a la problemática central de la escuela, y cerraba toda tentativa de respuesta adecuada a los interrogantes que los jóvenes introducían.

En primer lugar, la detección de los primeros casos de inhaladores pretendió encontrar su respuesta en la labor "preventiva" encomendada al equipo de la división Toxicomanías de la Policía Federal, a través de un ciclo de "charlas" informativas sobre el problema de inhalantes y otras drogas: "Los adultos estaban encantados, pero los jóvenes se resistieron todo el tiempo".

La actitud de los alumnos pareció demostrar que esta modalidad de procedimiento no atendió en modo alguno las fuentes de su demanda real, y lejos de contribuir al esclarecimiento del problema y a su prevención, pareció allanar el camino a una nueva manifestación de los hechos, esta vez de una manera más ostentosa y desafiante a la función del poder en el seno de la escuela.

En segundo lugar, cabe destacar el diálogo sostenido entre la rectora y el alumno. Este texto, por lo menos, en la forma en que fue transmitido, es rico en matices. Lo primero que se destaca es la especial preocupación de la rectora sobre lo que se supone es el consumo de marihuana en ese joven denunciado por un testigo confiable, sin tener en cuenta lo que el alumno declaró. La rectora parecía más preocupada por la introducción de la "droga ilícita" en el establecimiento, que por atender a la problemática real del joven, por lo menos en los términos en que éste la formulaba.

Es probable que el joven haya evitado revelar la verdad por temor a ser sancionado por un "prejuicio", que en el decir de la rectora determinaba la naturaleza de ese "objeto", cuya sola filiación otorgaba al alumno la categoría de "enfermo", con el agravante de "riesgo social".

La manera como el joven dio su respuesta a la interpelación de la rectora no se comprendió cabalmente, no se escuchó en toda la dimensión de lo que implicaba.

Ya sea por "prejuicio" o por alguna otra razón, que no analizaremos aquí, la rectora transfirió su función a otro lugar que suponía, más adecuado para atender el problema cuya comprensión obviamente se le escapaba, y bajo la máscara del estigma que la supuesta "drogadicción" conlleva, limitó toda su capacidad de respuesta. El joven quedó entrampado en el lugar de "enfermo" sin más oportunidad que sostener esa condición "salvavida", aceptando su derivación al solo efecto de conservar su lugar en la escuela.

Así, la decisión de la rectoría pasó por alto la función del gabinete técnico, y a los efectos del caso le encomendó una tarea administrativa con el fin de establecer un enlace interinstitucional entre la escuela y la institución de tratamiento.

Cuando los jóvenes fueron entrevistados en la institución, se identificaron al objeto de una demanda que no les era propia. Se presentaron con su desconcierto, sobre una ficción que no sostuvieron y que los condujo a un lugar emblemático: "no sabemos por qué estamos acá; dicen que somos drogadictos".

La institución no interrogó el origen de la demanda, y desatendió al verdadero interesado en el problema, es decir la escuela misma. Se limitó a dar una respuesta a los hechos tal y como se presentaron: "Los jóvenes han sido enviados para realizar un tratamiento, y lo obligado en estos casos es establecer el diagnóstico, la orientación y si es que se justifica una propuesta terapéutica."

En la medida en que la institución solo puedo escuchar el argumento manifiesto de los jóvenes, se vio obligada a operar sobre un supuesto voluntarismo: "Los jóvenes no son adictos, los hemos interrogado y éstas son nuestras conclusiones. Ahora bien, si no hay ´voluntariedad´ en ellos y tan sólo hemos sido engañados, nada podemos hacer"... Este parece ser el discurso, el argumento que da forma a la respuesta institucional.

Sugerí a los profesionales del gabinete que investigasen cuál era el carácter real de la demanda que sostenía la actitud de estos jóvenes en el contexto de esa "realidad de la escuela". Les comuniqué que era mi impresión que éstos no habían sido "escuchados" – otro tanto les había ocurrido a ellos mismos con la dirección de la escuela -, y que procurasen crear las condiciones para atender las inquietudes y necesidades de los jóvenes, es decir que la demanda sostenida con sus actos podía constituir la vía más adecuada para aproximarnos a alguna verdad.

Hasta el momento, los alumnos aparecían amordazados por un discurso que no les era propio (así y como ocurre con el grupo profesional), estaban llamados a representar un decir de otro identificados al objeto de una demanda, en la cual no se podían reconocer.

Aconsejé que el gabinete de la escuela tomase el caso en sus manos, y se fijara un único y modesto objetivo: escuchar a los jóvenes. Tal iniciativa no podía eludir el tratamiento de la cuestión institucional, a propósito de ese "conflicto de poder" entre la rectoría y el gabinete, dado que el reconocimiento de ese lugar por la dirección facilitaría la confianza de los jóvenes en la función profesional, y evitaría sus actuaciones favorecidas por los "desencuentros institucionales".

En una segunda entrevista con el gabinete técnico, me comunicaron que habían mantenido una prolongada conversación con la rectora, que les había devuelto la confianza en sí mismos, lo que es más importante, una autonomía suficiente como para operar profesionalmente frente a la problemática de los alumnos.

Tuve la convicción que el haber podido tratar sobre las relaciones entre el gabinete y la dirección a lo largo de este proceso, los había autorizado con mayor convicción a llevar adelante la defensa de su función en la escuela.

"Cuando sacamos las drogas del medio, los chicos empezaron a hablar; no sólo reconocieron relacionarse con un grupo de amigos drogadictos, sino que empezaron a aparecer durante las entrevistas diversos conflictos, lo que hizo necesario el trabajo con la familia. No fue menos importante para nosotros la visión que éstos tenían de los conflictos de la escuela y el lugar que les tocaba ocupar".

Me preocupaban estos casos, porque si bien después de las entrevistas habían empezado a andar bien, no dudaba de eso... algo debieron haber hecho para ser puestos en ese lugar... ¿Por qué razón eligieron ese camino para destacar algo en ese grupo?

Les advertí que serían muchos los interrogantes que encontrarían, que no era más que el comienzo, y que la iniciativa del gabinete en la atención de estos casos los confrontaría con una compleja gama de situaciones quizás poco habituales en su práctica, pero que de todos modos lo que contaba era el giro que se había operado en el tratamiento del tema.

El problema que se había planteado bajo la forma de "drogadicción, una realidad de la escuela", no era más que una puesta en escena emancipada de la dialéctica simbólica de ese sistema.

El objeto "droga" y su filiación por los jóvenes se nos había presentado como una compleja estructura que debía desmontarse, desarticularse, para poder comprenderla. Por ese camino nos habían interrogado, señalado, indicado algún obstáculo, una suerte de fractura del sistema institucional, que hemos intentado recorrer y poner al descubierto, con la presentación de este relato.

Hemos operado sobre varios planos que se desprenden del texto; en lugar del gabinete, la función de la dirección o rectorado, las relaciones entre el gabinete y la dirección y finalmente con sus alumnos.

Pudimos avanzar sobre estos distintos elementos y sus relaciones dentro del sistema por la vía regia de la demanda. Hemos creado las condiciones no solo para dar respuesta a las necesidades de los jóvenes sino de ese gabinete, a través del cual se han expresado; los distintos lugares y funciones que hacen a ese sistema institucional.

Cuando tratamos sobre la demanda el efecto de resonancia es tal sobre el mismo sistema que opera como una intervención reguladora sobre el resto de las funciones y elementos que lo definen.

No hemos conocido ese colegio, ni mantenido contacto con sus docentes o autoridades, pudimos adivinar a sus alumnos, por las referencias y comentarios de esos profesionales preocupados por la suerte de esos jóvenes. Nuestra tarea era escucharlos y fue por ese camino que también se hizo posible conducirnos al encuentro con nuestra función como programa.

Solo en la medida en que se privilegia la función de escucha sobre el modus operandi de la demanda, la droga, como objeto, no es sino paradójicamente un "aliado" de la prevención.

Todo dependerá de cómo escuchemos esa demanda, del tratamiento que le demos frente a la perentoriedad de respuesta que el mismo sistema nos impone.

Nuestra práctica en el marco de este proceso supone una estrategia unificada y de complementariedad entre los conceptos de clínica y prevención.

Lo que resiste es lo que no está representado en el sistema, algo sobre lo cual – y siempre habrá razones para ello – nadie se permite escuchar, ni para el caso, nada se quiere saber.

Los alumnos, no han accedido al consumo de drogas por ignorancia, más aún se requiere un saber sobre lo que representan.

Así lo han demostrado después de los múltiples eventos de prevención protagonizados por expertos y equipos profesionales en la escuela.

Cuando el objeto de la prevención no es coincidente con una suerte de apelación, a la información, a la buena conciencia de los jóvenes, al acto y sus consecuencias, sino a lo que hace causa de ello, es lo que da a esta operatoria un nuevo y radical sentido.

Las distintas formas y expresiones del acto lo tornan eficaz como llamado y sobre todo como una modalidad de encubrimiento y a su vez denuncia de las dificultades de ese sistema institucional.

Atender este llamado por el sesgo de la demanda del otro es lo que constituye la via regia, para cualquier acción transformadora sobre el mismo y las múltiples necesidades que ahí se traducen. El acto en cuestión deviene síntoma del mismo discurso que lo sostiene.

No temo en equivocarme en afirmar que toda demanda de prevención, sugerida en términos de la realización de un evento, matizada por la intensión siempre legítima de "anticipar a los hechos", oculta en todos los casos, la presencia de irregularidades, la dimensión real o imaginaria del acto, de una cierta evidencia que se encarna y hace síntoma sobre el sujeto que nombramos de la demanda.

Es sobre la noción de proceso que en nuestra experiencia se desmorona la idea de evento y es por la singularidad en el caso por caso que a cada institución comprende que se subvierten los modelos concebidos para una acción de masas.

Estamos llamados a comprender una cuestión fundamental: siempre que se habla de "drogas" desde el plano del sujeto, desde el campo social, disciplinar, de la ciencia o los discursos, siempre se habla de otra cosa.

Le sugiero especial atención en esto, es lo obvio, como lo señalé otras veces, aquello que no podemos ver en modo alguno, es sobre ello donde quiero radicar la mayor fecundidad de esta propuesta, sobre el objeto de la prevención, la que he designado más arriba con el nombre de la (a)dicción del Otro.

La introducción de la noción de proceso, de singularidad, de escucha, de niveles tanto manifiestos como inconscientes sobre el plano de la demanda, es lo que le da al concepto de prevención un nuevo estatuto en nuestra propuesta.

La prevención, como hemos dicho, no es un discurso, ni un fenómeno de masa, es una operatoria sobre discursos, esos mismos que en toda su complejidad hacen causa sobre lo que mal se ha definido hasta hoy como su objeto.

Es por todo lo anterior que el psicoanálisis no es sino, la forma privilegiada para poner al descubierto lo que ahí resiste.

La prevención se ha tornado materia de interés para el psicoanalista y no es sino esta vez lo que define un nuevo campo para su aplicación.


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