
Seminario
La ética en la integración socio educativa
de las personas con discapacidad
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Organizado por PsicoMundo y Fort-Da
Dictado por : Viviana Cuevas
Clase 4: Sobre la reflexión ética y la moralidad
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ÉTICA Y MORALIDAD
Son diversas las explicaciones que pueden formularse acerca de la procedencia y el modo de funcionamiento de la moralidad en una sociedad determinada. Esto correspondería a un análisis de tipo histórico-sociológico.
Otro modo de situarnos respecto al hecho moral, tal como podría abordarlo el discurso filosófico, sería un análisis que admita que, independientemente de la aproximación sociológica que hagamos a la explicación de este terreno, en cualquier sociedad históricamente dada han existido pautas, reglas, preceptos, que podríamos identificar como pertenecientes al terreno de la moralidad. Dichas pautas, reglas, preceptos, pueden identificarse como aquellos que configuran un sistema más o menos coherente de definiciones acerca de lo correcto, lo incorrecto, lo bueno, lo malo, y que se transponen en una orientación para la acción. Estas reglas y orientaciones pueden o no ser explícitamente formuladas en los distintos órdenes de la configuración social a los que pertenecen. Es así que en una sociedad determinada, pueden convivir orientaciones morales completamente diversas entre sí siendo posible incluso que, al interior de cada orientación moral, puedan hallarse principios que no siempre guarden coherencia entre sí.
En el terreno filosófico, con toda seguridad a partir del Kant de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, la moralidad es admitida como un factum, un hecho perteneciente a la experiencia humana, constatable en la experiencia interna con la misma seguridad con la que constatamos la presencia de las estrellas en el firmamento.
A la par que la experiencia de la moralidad, en determinados ámbitos de la cultura, las sociedades históricamente dadas han conformado un discurso, un saber, que puede designarse como Ética. Adoptando una distinción entre el ámbito de la Ética y el de la Moralidad, puede conceptualizarse la Ética como una reflexión, un pensamiento, más o menos coherente y sistemático acerca de la Moralidad. De acuerdo con esta distinción, si la moralidad se relaciona con lo inmediato de una orientación para la acción, con una definición acerca de lo correcto/lo incorrecto, lo bueno/lo malo, la ética en cambio se propone como un ámbito mediato en el que nos encontramos con una reflexión, discusión, cuestionamiento, en torno a las definiciones y orientaciones para la acción que nos ofrece cada sistema de moralidad.
Esta definición de la Ética es coherente con la definición que brinda Aristóteles en la Ética a Nicómaco acerca del saber práctico. En el Libro VI (1138 b y ss (1) ), al tratar sobre las virtudes dianoéticas se refiere a un género del saber definido como un modo de ser racional verdadero y práctico respecto a lo que es bueno y malo. Se aplica a la acción, entendida como un fin en sí mismo. De allí que esta razón práctica no pueda identificarse con el arte, en el cual interviene la producción, distinta a la acción en que tiene su fin u objeto no radica en ella misma sino en aquello que por su intermedio es producido. Este saber tampoco puede identificarse con la ciencia, por cuanto que esta tiene por objeto el conocimiento de lo necesario, entiéndase por esto, aquello que por estar revestido del carácter de necesidad se puede afirmar que no puede ser de otra manera; por ejemplo el principio lógico de identidad y no-contradicción. El territorio de la ciencia, por tanto, sería para Aristóteles el de aquello que puede estar sometido a demostración porque no puede ser de otra manera; puede enseñarse y ser aprendido: “(…) es un modo de ser demostrativo (…) cuando uno está convencido de algo y le son conocidos sus principios, sabe científicamente (…) ”. LA disposición de estos principios pertenecería al intelecto (1141a) (2) mientras que la disposición de la demostración, los principios y la verdad de dichos principios constituiría la sabiduría (1141a -20-). A diferencia de estas virtudes, el saber práctico, en esto al igual que el arte, versa sobre cosas que pueden ser de otra manera y que por tanto no pueden someterse a la demostración.
ETICAS DE LA VIRTUD Y ETICAS DEL DEBER
De acuerdo con la definición precisada, Ética se caracteriza por tomar cierta distancia respecto a la moralidad. De acuerdo con lo planteado por Adela Cortina, el pasaje a la ética comporta un cambio de nivel reflexivo, el paso de una reflexión que dirige la acción de modo inmediato a una reflexión que solo orienta de modo mediata la acción (3). Esta distancia que toma la Ética implica entre otras cosas la suspensión del compromiso con una moralidad determinada. Al suspender este compromiso, la Ética no se atiene a un determinado ideal de acción o de ser humano aceptado como válido por un conjunto social dado o una determinada moralidad. Es en este sentido que Cortina define a la Ética como disciplina o discurso específico como aquella que se ocupa de lo moral si limitarse a una moral determinada: “(…) tiene que dar razón filosófica de la moral: como reflexión filosófica se ve obligada a justificar teóricamente por qué hay moral y debe haberla, o bien a confesar que no hay razón alguna para que la haya.”(4)
En esta caracterización del saber ético, se suele realizar una clasificación que marcando los amplios rasgos de cada ética, permite agruparlas en éticas de la virtud o de la felicidad y las éticas del deber.
Atendiendo a la problemática ética desarrollada por Aristóteles, virtud y felicidad se conjugan de modo tal que confluyen en la realización de aquella actividad que le es más propia al ser humano. Si la felicidad es una actividad del alma de acuerdo con la virtud, ha de serlo de acuerdo con aquella o aquellas virtudes que le son más características al ser humano. A través de una distinción entre virtudes éticas y virtudes dianoéticas, Aristóteles esbozará un cuadro de las actividades, funciones y actos que le son más característicos al ser humano, distinguiendo a través de una especie de jerarquía cuáles de ellos son más esperables y más perfectos –léase suficientes-. Esto no impide que con un marcado realismo contemple las necesidades, pasiones, placeres, como genuinamente humanos y necesarios, aunque claro está, requeridos de ser moderados, atemperados, estilizados, por obra de la racionalidad práctica (prudencia). En esta propuesta, Aristóteles procede por una generalización e inducción a partir de la experiencia dada, en un contexto histórico determinado, para conformar una suerte de ideal de hombre dueño de sí mismo, que no es esclavo de sus pasiones, sus apetitos, sino que regido por la moderación, la prudencia, los gobierna en un modo singular de realización de la libertad.
En contraposición, la filosofía moral o la ética a partir de la modernidad, hará resaltará estos aspectos pero en una fuerte contraposición con las éticas de la virtud. En la crítica trascendental kantiana, la partición cartesiana racionalista entre el cuerpo como res extensa y la racionalidad como res cogitans se transcribe en un extrañamiento de la experiencia de la moralidad –ahora razón práctica pura- respecto a todo aquello que tiene su fuente en el cuerpo. En la Crítica de la razón pura práctica, la moralidad queda inscripta dentro de la racionalidad pura y, con ella, alcanza los caracteres de universalidad, formalidad, a priorismo, tales que cualquier móvil extraño a la razón pura misma queda excluido de la experiencia moral genuina. Cuando decimos “móvil”, nos referimos a cualquier aspecto de la experiencia humana relacionada con el deseo, la pasión, el interés. Recordemos que el problema formulado por Kant “¿Cómo puede la razón pura ser práctica?” es respondido a través de una fórmula a la que se puede asignar los caracteres de formalidad y universalidad a priori: “Obra de manera tal que la máxima de tu acción pueda ser al mismo tiempo universal”. Esto es, que pudiese ser universalmente aplicable, independientemente del contexto social en que se aplique o las particularidades del sujeto agente que la lleve adelante. Dicho sujeto, agreguemos, debe querer la aplicación de dicha máxima solo por ella misma. Es decir, su móvil, su motivación, no puede residir más que en ella misma; de otro modo, en el carácter deóntico o en el deber que ella misma inspira. Si la motivación para el cumplimiento de este deber residiera en una fuente distinto de él mismo, la acción resultante carecería de un carácter genuinamente moral para Kant. De aquí se desprenden los elementos que pueden hallarse en su crítica de la razón pura práctica en el terreno de la moralidad:
- a priorismo: la fórmula a la que arriba no depende de la experiencia para fundar su validez, sino que deriva de la propia razón pura y la crítica trascendental de sus formas, categorías e ideas;
- universalidad: dicha fórmula podría aspirar a ser universalmente aplicable, independientemente del contexto histórico – social dado y de las particularidades del sujeto agente
- abstracción: la fórmula kantiana es independiente de cualquier contenido concreto, sin derivar en ninguna serie de recomendaciones o prescripciones aplicables solo a un contexto social determinado;
- carácter deóntico: el principio de la acción reside en el deber, es decir que ninguna motivación ajena al propio deber tiene lugar en la experiencia genuinamente moral, extrañándose de cualquier relación con el interés, el apetito, el deseo o cualquier fuente vinculada a lo corporal.
CONTINUIDADES Y RUPTURAS PARA UN TERRENO DE LA ÉTICA EN EL PSICOANÁLISIS
Bien valdría decir que Jacques Lacan recoge el guante en el Seminario sobre La Ética del Psicoanálisis retomando algunos de los tópicos centrales del debate filosófico, recreándolos a partir de la lectura que habilita la experiencia del análisis. De este juego de aproximación y distanciamiento, se producen consecuencias de las que no resultarían ilesos tanto el discurso filosófico como el propio psicoanálisis de la época.
Retomando el desarrollo previo, creo que podríamos comenzar poniendo en tensión al psicoanálisis en relación con la moralidad.
Desde un comienzo, Lacan admite lo moral como parte de la experiencia del ser humano, del sujeto, experiencia con la cual tiene que vérselas el psicoanálisis. Dicha experiencia de lo moral guarda relación con la falta, el sentimiento de obligación, el sentimiento de culpa, la sanción, el ideal de conducta, la orientación de la acción. La pregunta por la acción nos lanzaría ya al campo de la ética, donde el problema de la acción se formula de la siguiente manera: ¿qué debemos hacer para actuar de manera recta? LA cuestión de la acción merece para Lacan un párrafo aparte por cuanto la acción tal como el psicoanalista se enfrenta a ella tiene la particularidad de que se presenta como llamado o de demanda. Por consiguiente, cómo actuar rectamente ante el llamado o la demanda? En este punto considero pertinente repasar los llamados ideales del psicoanálisis; estos son, aquellos ideales que el psicoanalista se podría ver tentado de ofrecer -o que determinadas corrientes del psicoanálisis históricamente han ofrecido- a la manera de opciones para la acción fundadas en un ideal tendiente a normativizar las posibles salidas del análisis: amor, autenticidad, no-dependencia.
Respecto al amor, Lacan cuestiona cierta idea del “amor logrado” (5), que vendría a representar una finalidad por alcanzar tendiente a desestimar ciertos aspectos del deseo y la sexualidad humana. Esto comportaría la suposición de que la sexualidad habría de alcanzar cierto estado de unificación y primacía en torno a la genitalidad, abandonando ciertas tendencias parciales e infantiles para arribar a una relación de objeto satisfactoria; finalidad que cabría esperar, por ejemplo, en el curso de un análisis.
Respecto a la autenticidad, se propone como lo que sería correlato del desenmascaramiento. Quien no logra hacerse de dicha autenticidad sería quien no habría hecho un paso por dicho desenmascaramiento, por consiguiente, que se empeña en mantener cierta máscara. Lacan señala que quienes se detienen en este aspecto demuestran que lo no auténtico solo es sancionado como tal desde un lugar de reconocimiento, que sería el del prójimo que identifica allí una suerte de “como si…”
LA no dependencia podría aparecer como algo igualmente deseable; Lacan se detiene en la afirmación de que este ideal no necesariamente tiene su procedencia en la experiencia psicoanalítica, y que comportaría una especie de profilaxis de la dependencia.
Tanto el amor como la autenticidad y la no dependencia, en estas definiciones, son ubicadas por Lacan como “norma del producto acabado…”, algo deseable, un “valor”. Si definimos a la moralidad como un conjunto de definiciones acerca de lo correcto, lo incorrecto, valoraciones que orientan la acción en torno a un ideal normativo, estos ideales quedarían situados dentro de este campo. Con el agregado de que se puede comprobar que en numerosos casos derivan en normas clínicas directamente asociadas con la intervención del psicoanalista.
Creo que para Lacan este tipo de ideales coinciden con cierta opción moralizante dentro del campo del psicoanálisis y su práctica. Pero en este campo moralidad y moralismo no necesariamente se superponen a lo moral. En este sentido, la moralidad y el moralismo guardarían relación con la reificación de ciertos ideales normativos a proponer al sujeto como “final de producto”, o bien con los propios ideales del analista que sería quien podría proponerlos a su analizante. En esta misma línea, la práctica del análisis devendría una variedad de educación o re educación orientada a modificar los hábitos, las costumbres.
A diferencia de esto, la referencia a lo moral se limita a señalar algo del orden de la acción; más precisamente, algo cuyas consecuencias pueden situarse en el orden de la acción. En este sentido, la acción moral sería la acción injerta en lo Real. Y si puede pensarse una Ética del Psicoanálisis, habría que pensarla, al decir de Lacan, en la superposición de sus límites con los límites del propio análisis. En este terreno de la discusión de los límites de la práctica analítica, Lacan hace la afirmación de que es dicha práctica la que puede devenir preludio a una acción moral como tal.
ALOJAR LO MORAL
Tal como lo plantea Jacques Lacan, lo nuevo dicho por Freud, el movimiento genuinamente freudiano en relación con la moral, radica en su aporte a la articulación entre la dimensión moral y el deseo. Contrariamente a lo que se podría formular tanto en el terreno de la moralidad como de las éticas históricamente dadas, el deseo no es extraño a la dimensión moral. Esto quiere decir que, a diferencia de la ética aristotélica, no se trata de pensar el deseo como condicionado a la educación por el hábito, la costumbre; en todo caso, se definiría por su carácter esquivo frente a cualquier forma de paideia. Aún mayor la distancia de la razón pura práctica kantiana que tiene entre sus precondiciones la de excluir el campo del deseo de cualquier relación posible con la acción moral. Pues bien, Freud nos dirá que contrariamente a esta afirmación, lo moral tiene su fuente última en el deseo mismo.
Este enunciado no lleva al psicoanálisis a negar el carácter conflictivo de la moral sino, por el contrario, de admitir dicho conflicto como quizás uno de los hechos constituyentes de la experiencia moral. Esto echa por tierra cualquier orientación clínica que pretendiese hallar, en la atenuación o eliminación del conflicto, su dirección de trabajo. Porque se sigue que, en todo caso, se trataría menos de hacer desaparecer el carácter conflictivo intrínseco a la experiencia de la moral, que de alojar u hospedar dicho conflicto.
Como parte del conflicto intrínseco a lo moral, Lacan retoma la cuestión del deber y los imperativos. En tanto que deber, aísla el elemento de universalidad con el que se presenta; esto se transpone en el hecho de alojarse en una interrogación universal. Universalidad de la pregunta que la ubica tanto del lado del analista como del analizante. Es aquí que Freud introduce un desplazamiento y Lacan, el suyo propio. Este segundo, en el horizonte del analista, a quien corresponderá interrogarse acerca de los posibles ideales con los cuales podría responder a la pregunta por el deber. El desplazamiento freudiano, a partir del cual con la experiencia del análisis se inaugurará otro imperativo: “wo es war, soll Ich werden”. Con este imperativo inaugural, se opera el desplazamiento que comporta que el deber pueda radicar en ir contra algunos imperativos del Súper Yo.
Al tiempo que este desplazamiento, y con la sustanciación del carácter conflictivo de la moral, el siguiente aspecto que retoma la problemática ética aristotélica en el seno del psicoanálisis es el conflicto entre placer y realidad. Mientras que en Aristóteles el placer es actividad, y la estructura de la realidad –la naturaleza- comporta para el ser humano cierto movimiento hacia la felicidad, en Freud el placer se presenta como inercia, gobernando el principio del placer, inscripto en lo simbólico, permanentemente sometido a la rectificación del principio de realidad. En la raíz de dicho conflicto, no existe ninguna determinación ni a nivel del sujeto –microcosmos- como del mundo –macrocosmos- a la felicidad. Por el contrario, una inadecuación fundante entre principio del placer y principio de realidad. Principio del placer se asociaría con el retorno de un signo, que se dirige al error, al señuelo –que alucina la necesidad más que satisfacerla-. Se ubicaría por tanto del lado de la ficción, del lenguaje, del discurso del inconciente, que gobierna las conductas a espaldas del sujeto. El proceso secundario y el principio de realidad, más que controlar, rectificarían esta dirección: “(…) contornea los desencadenamientos de catástrofes que acarrea dejar librado a sí mismo el aparato del placer”. En este sentido, sería el principio de realidad el que conduce a una acción posible.
Siguiente desplazamiento que permite el giro freudiano: de la ficción y el ideal a lo real. Luego de ubicar la función de lo simbólico y el placer en la línea de lo ficcional, partiendo del reconocimiento de su función específica, se reserva un lugar específico para lo Real como aquello a lo cual debe su inserción lo moral en tanto y en cuanto alcanza a transponerse en una acción. Nos dice Lacan que su tesis es que la instancia moral presentifica lo Real en nuestra actividad en tanto estructurada por lo Simbólico. Instancia que nos habla de un más allá, de una Ley más allá de toda ley, ¿es a partir de la intervención de algo del orden de lo Real que el horizonte de la acción se torna posible? ¿De una acción que puede tener consecuencias morales? ¿De qué Real se trata? ¿Cómo situar ese Real? Es en esto que la Moral puede afirmarse contra el placer.
Si el idealismo consiste en decir que somos nosotros quienes damos la medida de la realidad, es Freud quien nos invita a escuchar ese más allá. En esta dirección, se opera un desplazamiento en el terreno de la ética desde el ideal hacia lo Real. Si hasta aquí podía pensarse que las acciones morales solo guardaban relación con los ideales a observar, ya no podremos desconocer que no es sin algo del orden de lo Real que una acción u acto alcanza el estatuto de lo moral.Sebastián Ayala
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:
ARISTÓTELES – ÉTICA A NICÓMACO – GREDOS – BARCELONA, 2000
CORTINA, ADELA –ÉTICA MÍNIMA – EDITORIAL TECNOS – MADRID, 2000
KANT, IMMANUEL – CRÍTICA DE LA RAZÓN PRÁCTICA – EDITORIAL LOSADA – BUENOS AIRES, 1993
LACAN, JACQUES – LA ÉTICA DEL PSICOANÁLISIS – EDITORIAL PAIDÓS – LANÚS, 2007Notas
(1) Aristóteles – Ética a Nicómaco – pág. 161 y ss - Editorial Gredos – Barcelona, 2000(2) Ibídem, pág 169
(3) Ver: Cortina, Adela – Ética mínima (pág. 30 y ss) - Editorial Tecnos – Madrid, 2.000
(4) Ibídem, pág. 31
(5) Ver: LACAN, Jacques – La Ética del Psicoanálisis , pág. 17 y ss – Editorial Paidós – Lanús (Bs. As.), 2007