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Seminario
La práctica forense a caballo
del Derecho y el Psicoanálisis

http://wwww.edupsi.com/forense-psa
forense-psa@edupsi.com

Organizado por : PsicoMundo

Dictado por : Lic. Roberto V. Saunier(1)


Clase 4 :
Niños y Jóvenes vs. "Menores". Derecho de los niños a "ser escuchados". El niño sujeto u objeto del derecho?. Menor en "riesgo moral"; menor peligroso". Intervenciones posibles: disposición y tratamiento tutelar, libertad asistida, tratamiento obligatorio


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"La infancia es una pesadilla que la modernidad ha construido pacientemente."

Maité Alvarado y Horacio Guido2

Algunas Generalidades

La referencia a niño o adolescente hace alusión, clásicamente, a una etapa evolutiva que suele definirse por aquello de lo que se carece, por la ausencia, por lo negativo. Se los ha llamado también "proyecto de adultos" como si se tratara de individuos inacabados cuya meta última o el modelo a copiar debiera ser exclusivamente el acceso a la adultez; el poeta los llamó "locos bajitos" y la cultura les asignó diversos apelativos, entre ellos, el de "menores" cuya definición, nuevamente, parece reconocer su referente en el opuesto de "mayores".

Para la Psicología, en especial para el Psicoanálisis, el Inconciente, construcción fundante de la subjetividad, no tiene edad. Podemos, de todos modos, apuntar algunos elementos comunes a esta etapa. Considero que, en el tema que nos ocupa, hay uno que sobresale y es la relación del niño – joven con la palabra.

Es desde ahí que podemos referir que éstos son "sujetos de acción". La palabra, instrumento privilegiado del orden simbólico, no es un recurso al que tengan fácil acceso durante este período. Y es así como son sus actos los que suelen expresar su padecimiento y su realidad toda vez que no cuentan fluidamente con aquél instrumento capaz de ser mediador entre el pensamiento y la acción.

No son carentes de ella. Están en vías de su adquisición y se ejercitan en este recorrido. Si bien cada uno es dueño de su decir, también es responsable de sus actos; y ésta podría pensarse como una tarea a llevar a cabo desde la disciplina psicológica en las intervenciones con "menores".

En lo que respecta al trabajo con "menores" el engranaje jurídico parece pretender, al igual que en otros terrenos, respuestas ciertas, acabadas y cerradas. Peligroso filo entonces por el que debemos circular los psicólogos forenses, cuando una ladera de la senda apunta a que nuestro decir " psicodiagnóstico" caiga ante la tentación predictiva y "horoscopera" que, parece, se nos demanda cuando se nos interroga respecto a si la estructura psicológica de un joven nos puede alertar sobre una eventual repetición de su acto transgresor o se nos asigna la función de "Delegados Inspectores" responsables de la "vigilancia y el seguimiento", mientras que el otro lado del mismo filo nos seduce con una práctica pretendidamente terapéutica, en un espacio en el que nada de la salud mental puede estar en juego y que en realidad encubre la vertiente asistencialista tal que se implementen las alternativas que "permitan desplegar las potencialidades del sujeto", las más de las veces a pesar de él mismo y sin tenerlo demasiado en cuenta, en función de patrones morales e ideológicos de quien "asiste ". Asistir  y Vigilar define el Reglamento de la Justicia Nacional Argentina; Vigilar y Castigar dirá Foucault.

Sin embargo la problemática de los jóvenes parece ser preocupación de todos y todos consideran que pueden dar opinión.

Repasemos un poco la historia

María del Pilar Roque, María de Lourdes Carnillo y Alicia Castillo en su artículo Antecedentes Históricos del Maltrato Infantil publicado en México en la Revista Psicología, que lleva por título "Síndrome del Niño Maltratado", Número 21 del año 1997, nos cuentan que ya Aristóteles conceptualizaba al niño, al igual que al esclavo, como una propiedad del padre, explicando que en virtud de ello, "nada de lo que se haga con la propiedad " puede recibir el mote de injusto.

En la antigua Grecia era habitual sacrificar al primogénito cuando la vida del monarca era amenazada o debía entregarse en sacrificio. Podemos asimismo recordar el destino de aquéllos que, nacidos con defectos físicos visibles, eran arrojados desde lo alto del Taigeto.

Por otra parte la cultura romana adjudicaba al padre, el derecho, a través de la figura de la "patria potestad", de "vender, abandonar y ofrecer en sacrificio" al vástago cuando así lo considerara necesario o conveniente.

En ambas culturas era "aceptado" que se mutilara o cegara a los niños con el fin de convertirlos en mendigos si esto "aseguraba la supervivencia de los padres". El menor, desde esta perspectiva, ha sido considerado, entonces, un instrumento eficaz para lograr el apaciguamiento divino, convirtiéndolos en víctimas propiciatorias para la satisfacción del deseo de los dioses.

Y podemos continuar con la larga lista de datos históricos y las referencias ligadas a rituales religiosos. Así, mientras Saturno, dios de la cosecha, recibía gustoso la sangre de sus seguidores, por otro lado, los menores eran sacrificados en búsqueda de glorias guerreras. El Nuevo Testamento hablará de la matanza de Herodes ante el nacimiento de Cristo mientras la Biblia preconiza "quien bien ama, bien castiga"

Parece indudable reconocer el "derecho" que tenían los hombres, en virtud de la figura de la "patria potestad", sobre su prole, sus mujeres y todo aquel menor que integrara, por extensión, el grupo familiar.

Las autoras referidas harán alusión a las culturas prehispánicas mexicanas en las que, ante la rebeldía de los más jóvenes, se ordenaba atarlos de manos y pies para ser recostados sobre la tierra mojada. O, hablarán del grupo de los Mazahuas, en los que se obligaba a los niños a inclinar su cabeza sobre el humo despedido por los ajíes quemados o se les clavaban puntas de maguey en la espalda.

Entre otros horrores referirán los golpes propinados con varas a los pequeños que colgaban de los cabellos de sus sienes, o a los que se obligaba a sostener sobre sus cabezas enormes piedras mientras permanecían arrodillados sobre grava.

Vemos así como, en nombre del derecho de aplicación de "medidas disciplinarias o correctivas-educativas", se han ido estableciendo costumbres que son absolutamente deshumanizantes en el trato. Al respecto, Lloyd deMause3 agrupa los modos de crianza de los niños en la historia, señalando 6 grandes tipos: 1) Infanticidio (siglo IV) tomando como ejemplo el mito de Medea como cristalización de la realidad; 2) Abandono (siglos IV a XIII), cuando los padres empiezan a aceptar al niño poseedor de un alma y los abandonan a los cuidados de la criada, del convento, entregándolos en adopción, colocándolos como criados o manteniéndolos en el hogar en franco abandono afectivo, como única alternativa para desligarse del peligro de sus propias proyecciones; 3) Ambivalencia (siglos XIV a XVII) en los que se proponía moldear al niño como si se tratara de arcilla blanda a la que se debía dar forma; 4) Intrusión (siglo XVIII) en la que los niños ya no eran receptores de las proyecciones paternas al tiempo que sus padres intentaban dominar su mente como ejercicio del control. Este es el momento en el que probablemente nace la pediatría como una mejora en los cuidados; 5) Socialización (siglos XIX hasta mediados del XX) en el que se apuntaba ya no a dominar su voluntad sino a formarlo, adaptarlo, socializarlo; 6) Ayuda (hasta el presente) que parte de la base de que el niño sabe mejor que el padre lo que necesita, aunque no son muchos los padres que adhieren hoy a este método de crianza.

Mientras que en la Edad Media, la categoría de "menores" no existía ya que, éstos, en cuanto estaban en condiciones de integrarse a las labores comunitarias, se entremezclaban con los adultos, en la América Colonial los padres podían entregar sus hijos a la muerte hasta convocando para ello a los Oficiales de la Colonia.

En ocasiones era el padecimiento de una enfermedad lo que habilitaba al maltrato. Así en el siglo XIV, con la finalidad de sacarle el diablo a los pequeños epilépticos, se los ataba para luego golpearlos contra los árboles o, tiempo más tarde, en el siglo XVI, Lutero, por considerar que se trataba de poseídos del demonio, habría ordenado que los niños con retardo mental fuesen ahogados.

Ya me referí en un una exposición anterior a lo señalado exhaustivamente por Anthony Platt en "Los Salvadores de los Niños" en rela ción a la revolución industrial (s. XVIII Y XIX). Debido a que los niños realizaban jornadas laborales de más de 16 horas surgirá luego una "legislación sobre el trabajo infantil que, en realidad, distaba mucho de tener el trasfondo proteccional con el que se cubría. En realidad se ligaba más con que los industriales no necesitaban del trabajo infantil barato para sus operaciones y de esta manera se los excluía de las fabricaciones marginales y domiciliarias, aumentando así la consolidación y eficiencia de los negocios4".

Es cierto que los padres enviaban a sus hijos a los molinos a trabajar 12 horas; lugar en el que, además, eran brutalmente azotados por tiranos supervisores, que, en ocasiones, los introducían en cisternas de agua fría para mantenerlos despiertos. Pero no era éste el punto de preocupación del legislador sino, como ya está dicho, una cuestión de oferta y demanda de mano de obra.

Por cierto que, como vemos, no siempre eran sus padres los que los maltrataban en forma directa, pero tales malostratos eran propinados con el permiso, o al menos la omisión, de los propios progenitores.

Cuando los padres, acaso, empezaron a oponerse a tales tratos, se empezó a emplear a los niños de asilos, sin padres que los protegieran. Es así como muchos de ellos, de no más de 5 o 6 años, morían o se suicidaban.

Siguen las autoras del artículo contándonos que en 1878 un tribunal de Inglaterra establece "el derecho de un padre a la custodia y control de sus hijos" como uno de los más sagrados. Lo interesante del punto es que con ello se privilegiaba la palabra del progenitor en total descalificación de la del niño. Cabe señalar que también aquí la figura relevante era la del hombre, padre de la familia; ningún lugar relevante, en este aspecto, se les asignaba a las madres. Este mismo tribunal establecerá también que los padres pueden recurrir a la justicia cuando desaprueben el estilo de vida de sus hijos; de esta manera el órgano judicial se hará cargo de los vástagos en condición de pupilos.

Si bien para entonces se establecen sanciones para el adulto que no proporcione al niño, abrigo y manutención adecuados, por otro lado resultaba muy difícil demostrar que el tal castigo era merecido, correcto o razonable.

Como último punto de esta recorrida recordemos que recién cerca de 60 años después de que se aprobara una ley que establecía que la crueldad con los animales era delito que merecía castigo, se aprobó otra que estableció que también la crueldad hacia la infancia era delito.

Dije recién que este era el último punto de esta recorrida. Sin embargo los abusos no han terminado y parece que esta historia sigue hasta nuestros días.

Las historias de abandono, robo y abuso de las que nuestros ni ños son víctimas, parecen repetirse hasta el presente. También en otro trabajo aludí al robo de niños secuestrados junto con sus madres o nacidos en cautiverio durante el último régimen militar argentino. No voy a volver a detenerme en ello.

Hagamos ahora algún mención a la literatura, sobre todo a la llamada infantil. Así Bruno Bettelheim5 nos advierte respecto a la versión más antigua de La Bella y la Bestia que reconoce su origen en la Grecia del siglo II. Dirá el mismo autor que la primera historia del tipo de Cenicienta, rastreada, es de origen chino, con una antigüedad de más de mil años y que responde a la trascripción de una leyenda transmitida por generaciones.

Si bien es cierto, como lo señala el autor, que los cuentos llamados infantiles prometen y preparan anticipadamente a sus lectores, los niños, a la ventura de salir airoso de los contratiempos de la vida, permitiéndoles, en el terreno de la fantasía, la elaboración de los conflictos por los que tramita, posibilitando el afrontar las mayores angustias ahora reflejadas en el cuento, también nos sirven de testimonio de la crueldad a la que se sometía a los personajes, a menudo niños, con lo que se da por demostrado que tal actitud existió siempre, ya sea en el terreno de la fantasía o en el documento de lo cotidiano. Observemos que el mismo psicoanalista señala que, para que el cuento tenga un efecto en el niño, es necesario, entre otras cosas, que la historia relatada pueda resonarle como familiar. He allí el valor testimonial.

Menores, víctimas, incapaces, marginados

Hablar de los marginados, de los castigados, de las víctimas, de los pobres, suele provocar, por lo menos, dos reacciones que, por lo general, van juntas. Así los miserables, los que tienen miseria, los que sufren, nos provocan piedad y nos impulsan a la asistencia, al mismo tiempo que nos alertan respecto a ciertos desequilibrios en el sistema y nos empujan, con urgencia, a reconstituir el orden implementando el más adecuado recurso de control social.

Y la urgencia del caso, y no importa ya en qué ámbito, dado que puede ser indistintamente el forense, el escolar o el asistencial, resulta estar definida desde la emergencia del que asiste o por la urgencia y las características de la institución.

Sea cual fuere el espacio al que la emergencia llega, es decir donde la situación emerge, las alternativas posibles de abordaje aparecen acotadas, siempre, en torno a un mismo término: la intervención.

Y quiénes son estos sufrientes?. No cabe duda que el compromiso con el proceso de la intervención, por lo menos en nuestros ámbitos, está ligado a un sufrimiento propio de los individuos que, colocados en situaciones sociales y/o familiares de dominación y de represión, parecen no contar con recursos propios que le ofrezcan alternativas de salida

Escuchemos a Gillou García Reynoso6, al referirse al papel de la superestructura:

"Su acción (la del poder) se reduce entonces a la `limpieza' de los espacios públicos; exige barrer con todo lo que pertur-ba la imagen mitificada de un orden armónico. Deshumanizados, tratados como restos a eliminar, esa pobla-ción sobra".

Resulta así que se trata de sujetos posicionados en un particular lugar por lo específico de sus historias en las que el denominador común nos habla de marginación, abandono y violencia.

Se trata de una combinatoria única e irrepetible que es posible detectar en cada una de estas historias.

Parece en este punto que se hace necesario, entonces, intervenir. Y sabemos que intervenir es venir-entre, es interponerse. También podríamos pensar que es sinónimo de mediación, -y esta referencia no es ingenua-, así como lo es de intromisión, de intrusión. Situaciones todas éstas en las que la intención de intervenir, -y aún en los casos en los que dicha intervención es pedida por el supuesto asistido- lleva implícito un rasgo violento, o cuando menos pretendidamente correctivo, adquiriendo las características de un mecanismo regulador, por el que la coerción y la represión para el mantenimiento o el restablecimiento del orden establecido ocupan un importante lugar.

Al respecto podemos mencionar como, por ejemplo, en el concepto de prevención de la delincuencia juvenil se produce un deslizamiento tal que el sistema de justicia penal queda inmediatamente vinculado con la escuela, con la familia y con otras instituciones que hacen a la vida de aquellas personas " susceptibles de convertirse en delincuentes". Y a partir de allí, este componente, "humano y benefactor", que empezó a prestar atención al entorno del sujeto rápidamente facilita un pasaje al ejercicio de un mayor control sobre los aspectos de la vida de muchas personas -sobre todo los jóvenes y los pobres - que hasta entonces estaban relativamente descuidados".

Es frecuente, por otro lado, asociar también con el término Intervención, otros conceptos como operación y tratamiento; y todo ello en virtud de una pretendida objetividad e imparcialidad que parece autorizarnos a "intervenir" en función de un supuesto bienestar del asistido, que nosotros conoceríamos dado nuestro lugar de especialistas, es decir dado nuestro lugar en relación con el Saber y con el Poder, y dada, también, nuestra pretendida objetividad.

Creo valioso en este punto citar nuevamente a Anthony Platt, quien refiere en su libro "Los Salvadores del Niño" o "Los Inventores de la Delincuencia", que la denominación de "‘Salvadores de los Niños’ se emplea para designar a un grupo de reformadores ‘desinteresados’ que veían su causa como caso de conciencia y moral, y no favorecían a ninguna clase ni ningún interés político en particular. Los Salvadores de los Niños se consideraban a sí mismos altruistas y humanitarios, dedicados a salvar a quienes tenían un lugar menos afortunado en el orden social. Su interés en la ‘pureza’, la ‘salvación’, la `inocencia’, la ‘corrupción’ y la ‘protección’ reflejaba una fe firme en la rectitud de su misión".

Por otro lado el mito de la objetividad, tan apreciado en nuestras concepciones positivistas de la ciencia, es cuestionado actualmente, por lo menos parcialmente, en virtud de una exigencia de compromiso con el caso. La neutralidad es una trampa: siempre se e stá comprometido.

Volviendo a Anthony Platt, resalta el autor la manera en que los adeptos de este movimiento Pro Salvación de los Niños presentaban a este movimiento como un "reflejo del humanitarismo que floreció en las últimas décadas del siglo XIX", y como indicación del gran "sentimiento norteamericano de filantropía e interés privado por el bienestar común". Sin embargo el autor aclara que el supuesto éxito logrado en la humanización del sistema de justicia penal, que salvó a los niños de cárceles y prisiones y creó instituciones dignas, judiciales y penales, para los menores, no sería más que un mito. Denuncia Platt que los Salvadores de los Niños, en realidad, contribuyeron a crear un sistema que sometía más y más a menores, a castigos arbitrarios y degradantes.

El impulso de este movimiento encontraba su energía primordialmente en las clases sociales más acomodadas (media y alta), que estaban interesadas en la invención de nuevas formas de control social para proteger su poderío y sus privilegios. Para lograr eficacia en la instauración del control social, implementaban estrategias que iban desde la ineficaz represión a la benevolencia del Estado benefactor.

Así, sólo por dar un ejemplo, la legislación sobre el trabajo infantil, a la que ya nos referimos más arriba, no reconoce su causa verdadera en una intencionalidad proteccional con la que se cubre aún hoy, sino que resulta estar ligada con aquello que el mercado industrial y laboral señalaba como rumbo; en otras palabras, los industriales no necesitaban de un trabajo infantil barato para sus operaciones, por ello se los debía excluir de la producción marginal y domiciliaria, aumentando de esta manera el poderío, la consolidación y la eficiencia de los negocios7.

Otro comentario similar merece la cuestión de la instrucción obligatoria, "otra reforma del Estado benefactor". También esta medida estuvo estrechamente vinculada con las particularidades propias de la producción industrial y el control social. "El objeto era sacar de golpe al niño sin destrezas, que acabaría por convertirse en joven sin destrezas, de las filas del trabajo y devolver en su lugar a la fuerza de trabajo a adolescentes entre 13 y 19 años con las destrezas necesarias para un tipo de trabajo cada vez más técnico y orientado hacia la máquina"8.

El ámbito propio del sistema judicial penal no quedó fuera de esta operatoria. Así los Salvadores de los Niños se propusieron, también en este espacio, "mantener el orden, la estabilidad y el control conservando al mismo tiempo el sistema de clases y la distribución de la riqueza existentes".

Este movimiento Pro Salvación del Niño contó con la colaboración de profesionales de disciplinas que se estaban fortaleciendo en el espacio social. Mientras la iglesia recogía en su seno la colaboración de los trabajadores sociales laicos, las ciencias de la salud colaboraron a los fines de sistematizar una nueva "penología" al tiempo que hacían su ingreso en las instituciones de niños (reformatorios y clínicas de orientación); por su parte los abogados ofrecían su extensísima experiencia para el establecimiento de las nuevas leyes. Los académicos en general descubrieron un nuevo espacio laboral que no sólo les pagaba en calidad de consultores sino que además "los elevó a puestos de prestigio nacional".

Más arriba señalamos aquel doble circuito de la piedad y el control social. Destaquemos entonces que el orden, racional o natural, se postula como lo normal, mientras que el desorden reviste un carácter patológico que parece reclamar nuestra intervención para la defensa o la reinstalación de un cierto orden social. Desde aquí el interviniente se definirá naturalmente como apolítico en el ejercicio de sus funciones porque es, antes que nada, "técnico e investigador-práctico".

Surgirán entonces los procedimientos a implementar dirigidos por las intenciones de ayuda, de asistencia, de reparación, o de cuidado. Estos procedimientos ocupan un lugar primordial desde el que se postulan, para así, guiar nuestro quehacer en función de sistemas sociales regidos por leyes y reglas preestablecidas y que apuntan, a no dudarlo, a la reinstauración del equilibrio, si no perdido, por lo menos amenazado.

Sabemos que el interviniente es percibido, al mismo tiempo como un tercero mediador que a porta sus buenos oficios; pero también como un ser sospechoso de intromisión, de injerencia y de intrusión.

Más arriba aludí a la condición de especialistas que los intervinientes adoptamos en relación el Poder - Saber.

Y así resulta que si la intervención involucra a un profesional de las disciplinas psi-, va a resultar necesario sostener tal tarea desde un lugar de poder que, de suyo, parece entrar en coalición con toda gestión de orden psi-. Freud había ya subrayado que uno de los límites del análisis social era la necesidad de un poder sobre el que pudiera fundarse el lugar del analista, poder cuyo ejercicio es, por definición, contradictorio con todo trabajo analítico.

Por un lado el sentido de la intervención debería ser el de guiar al asistido a que se libere de la repetición de su acto, de su síntoma, de su posicionamiento subjetivo .

Pero el riesgo de nuestro quehacer es el de fascinarnos con el lugar que ocupamos, lugar del Saber, lugar del Poder y que desde allí, adoptando el tentador modelo del asistido, en el que sostenemos nuestro Saber - Poder, nos hundamos en cierto dolorismo, y complaciéndonos en ello, transformemos nuestra gestión en sostén de los deseheredados. Sostenimiento en su doble acepción: sosteniendo al caído al mismo tiempo que dejándolo caído para seguir ostentando el Poder del Saber, en lugar de apuntar a una superación de la dialéctica dominantes - dominados. No debemos olvidar que nuestra intervención, por lo general está determinada desde espacios como el Judicial, el Policial, el Escolar o el Hospitalario, con toda la connotación que estas instituciones tienen respecto al ejercicio del poder.

Si perdemos de vista esta cuestión y nuestra pertenencia, insistiremos en aislar al individuo de su entorno, desoyendo lo que allí ocurre a nivel macro, y nuestra intervención se convertirá en una prueba de laboratorio de la que resultará claro que somos nosotros, ahora, los que detentamos el poder, repitiendo una vez más el modelo de sometedor - sometido, y todo bajo el lema "Quien bien te quiere te hará llorar".

Citando a Guattari: "De qué sirve intentar determinar el rol del padre, de la madre, pero también de la educación nacional, del Saber, del Poder, de la economía, si no se pretende intervenir, de una u otra forma, sobre estos componentes?. Si uno se consagra a la exploración e interpretación de zonas sobre las que no se podrá tener ninguna influencia, se desarrolla un sistema mistificador, una nueva formación de poder que capta y recupera los investimientos de deseo y crea para sí un sistema de sujetamiento total más nocivo aún que los antes existentes."

Apliquemos ahora estos conceptos en relación con los niños, ya sea como autores de actos o como víctimas de ellos.

Está establecida una relación de dependencia y desigualdad, ya de naturaleza biológica entre el niño y el adulto: no poseen, uno y otro, ni la misma fuerza física, ni las mismas posibilidades de realización, ni la misma experiencia. Y la intervención institucional agrega a esta ecuación un nuevo término, por el que, en ocasiones, también el adulto ligado al niño, queda condicionado en su potencial de actuar.

Cabe aquí formularnos una pregunta: tiene el niño alguna otra salida del mundo arcaico y fantasmático de sus primeros años de vida que el desarrollo y ejercicio de cierto poder sobre sus actos?. Y para ser más generales: un ser humano sin poder sobre sus actos no está acaso mutilado?

La dirección de nuestras intervenciones debería apuntar a lograr que "las personas", en el marco de sus actividades cotidianas, puedan reflexionar por sí mismas acerca de las fuerzas que actúan sobre su personalidad.

Decíamos entonces, o bien un no-poder, y la regresión cuya neutralización reclama, entre otras formas de represión, el estrechamiento de una vigilancia que se multiplica; o bien un mayor poder sobre los actos.

Cuando perdemos de vista la estrecha vinculación entre el sujeto y su entorno, del que la Institución ya forma parte, lo que desaparece es el acto social, y sólo queda entonces un abordaje psicológico, reductor, y empobrecido de los hechos.

Dice Pierre Legendre en "El Crimen del Cabo Lortie": "Queda por situar, a partir de este esquema, el lugar de los psiquiatras o, más generalmente, de los expertos psi en el funcionamiento estructural. Sin duda alguna, en la realidad de los procesos, estos expertos están en posibilidad de abrir o de cerrar con candado la evolución de un procedimiento, ya que la sociedad de hoy día parece en trance de delegar en ellos, aunque sin hacerlo de modo explícito, la posibilidad de decidir sobre todo basándose en el principio de Razón."

En la medida en que la institución interviene, los sujetos tienen menor posibilidad de ejercer su poder sobre lo que hacen y más se hunden en formas psicoafectivas regresivas. Pero atención porque la institución también impregna a los "técnicos" de este mismo tinte y así empezarán a aparecer también en nosotros, los "técnicos", verdaderos "síntomas": conflictos interpersonales, celos profesionales ("el caso es mío" o bien "tengo un caso"), alergia y aburrimiento por el trabajo, ausentismo, etc..

Observemos que este Poder - Saber, resulta ser delegado desde la misma institución en el profesional actuante. Dice Legendre en relación a las intervenciones judiciales: "El psiquiatra ¿no está hoy día en trance de conver-tirse en juez oculto?".

Interrogarse sobre el lugar del juez conduce a interrogarse igualmente sobre el del psiquiatra, y más generalmente, sobre el del psi, en un proceso judicial.

Por otro lado cabe señalar el curioso lugar del especialista psi-. En un punto resulta cómplice y agente del poderoso en la medida que es su instrumento para, intervención mediante, ejercer el poder. Pero por otro lado es también él mismo víctima de ese mismo poderoso toda vez que no es el experto quien ejerce, en realidad, ese poder.

Recordemos que, para el enfoque clásico de los problemas sociales, se subraya como causas de la delincuencia la presencia de aspectos desorganizados de la vida propios de los barrios bajos, así como el impacto, de difícil tramitación, que provoca el industrialismo urbano en las culturas de migrantes e inmigrantes. Allí surgiría la de lincuencia como una reacción.

Por otro lado, para los seguidores del movimiento Pro Salvación de los Niños, los adolescentes son naturalmente dependientes, y requirieren una permanente vigilancia. Si bien por un lado a los Salvadores de los Niños les interesaría proteger a los menores de los peligros materiales y morales que presenta una sociedad cada vez más urbana e industrializada, sus remedios parecen agravar el problema.

Otros teóricos de este movimiento han considerado que el "problema de la delincuencia" se debe a factores más específicos, como ser el conflicto entre padres e hijos, las modernas condiciones de la vida familiar, la falta de relaciones primarias sostenidas, y la existencia de hogares centrados en torno a la mujer.

Pero la delincuencia y la tal discrepancia, ¿son acaso inherentes al comportamiento humano? ¿No se trata en realidad de etiquetas que desde el lugar del poder se aplican a cierta parte de la población que resulta más vulnerable?. Dice Platt al respecto "La discrepancia no es una cualidad del acto que comete la persona sino más bien una consecuencia de la aplicación, por los demás, de reglas y sanciones a un "culpable9". El discrepante es aquel a quien se puede aplicar convenientemente la etiqueta, y el comportamiento discrepante es aquel que la gente califica así...

El sistema de tribunales para menores fue parte de un movimiento general encaminado a sustraer a los adolescentes de los procesos de derecho penal y a crear programas especiales para niños delincuentes, dependientes y abandonados. El tribunal para menores, "uno de los mayores avances en favor del niño jamás habidos", fue considerado "parte integrante de toda planificación asistencial"10.

Por otro lado repasemos que en el plano latinoamericano la legislación sobre menores reconoce a la ley Argentina como la primera del paquete (1919) y a la de Venezuela como la más reciente (1939)11. Observemos la particularidad de que estas leyes dirigidas a la protección del universo de la Infancia establece, por su sola institución, una particularidad: su instauración hará que, a partir de allí, haya niños y adolescentes, por un lado, y menores por el otro. Me resulta interesante recordar los dichos de Mary Beloff cuando señala que en la calle no hay menores, hay niños, que pasan automáticamente a constituirse en menores, ya no niños, cuando se los judicializa. Mary Beloff inicia su trabajo "No hay menores en la calle"12 diciendo "En las calles hay chicos, en las cárceles para niños y adole scentes --eufemístiscamente institutos--, hay menores".

Remarquemos, asimismo, que esta postura proteccional convive con concepciones según las cuales el comportamiento discrepante es un comportamiento definido, procesado y tratado organizacionalmente como "extraño", " anormal", "robo", "delincuencia", etc.. Remarquemos aquí que el llamado comportamiento discrepante no soporta más definición que una tautológica, es decir, será discrepante todo aquello que sea definido como tal.

La pregunta que debe ser piedra basal de nuestra inves-tigación es: ¿qué lugar tienen estos sujetos en el entramado social?, y ¿en qué medida ellos no terminan encarnando el deseo de muerte que pesa sobre ellos, quedando expuestos así a sucumbir como sujetos.

Si antes apuntamos cierta linealidad entre la margina-ción y cierta identificación con el despojo extremo, marcado desde la cultura, ¿en qué medida podrían dejar de quedar someti-dos a la presión mortífera de la sociedad como última ilusión de libertad, haciendo propio el deseo de muerte que desde la cultura se les asigna?.

Sabemos que el infante se constituye en su relación con los otros significativos. Es así como la madre y el padre, o aquéllos que ejercen estas funciones, constituyen los nexos necesarios para que el orden de lo simbólico opere, en la medida en que ocupe un lugar en su deseo.

Cuando el pequeño se encuentra con una madre para la que el mundo nada vale, corre el riesgo de quedar atrapado en el juego de la psicosis, asumiendo el todo para su genitora, o bien quedar convertido en un trasto más.

Retomemos una vez más a García Reynoso13 cuando dice:

"Si el sujeto está expuesto, sin mediación, a un medio en el que reina la desligazón y la pulsión de muerte, sin poder ser mitigados por jalones identificatorios -que permi-tirían la ligazón, la represión, y la simbolización-, caerá en la psicosis o en pasajes al acto."

Tal y como lo establece Freud, la posibilidad de que una cultura perdure está en el establecimiento de lazos libidina-les que los sujetos mantienen con el poder que los oprime.

Al respecto Pierre Legendre14 es claro cuando establece que se crea en el sujeto una ilusión amorosa hacia el poder tal que éste se sostiene en dicho lugar al tiempo que somete a su amante.

Legendre se refiere en este punto a cómo la sumisión se transforma en deseo de sumisión toda vez que "la gran obra del Poder consiste en hacerse amar"15.

Es así como el sujeto necesita estar inserto en el deseo del Otro, pudiendo entonces establecer ligazones que posi-biliten juegos identificatorios de los que emerja el propio deseo.

La Sociedad deberá aparecer entonces como el terreno fértil sobre el cual cada sujeto pueda construir el ideal del yo emergente de un deseo incestuoso, eficazmente reprimido, dirigido ahora hacia la cultura por móviles que van más allá de seducir al padre o darle el gusto a la madre.

De las Instituciones

Las instituciones establecen certezas, tranquilizando al hombre y acotando la imaginación. Toda institución tiene por función conservar lo adquirido con el fin de reproducir la herencia recibida. Así la institución arma estructuras para defenderse del efecto de toda "palabra libre".

El Dr. Enrique Kozicki en su artículo "Derecho y Psicoaná-lisis" glosa a Pierre Legendre quien definirá a la Institución como una estructura vacía. "Por qué vacía?" - se pregunta Kozicki -

"porque las instituciones no tienen cuerpo, no hablan. Sin embargo los destinatarios del discurso institucio-nal viven con toda intensidad el efec-to ficción como si las instituciones hablaran".

Freud nos alerta en El Malestar en La Cultura respecto al hom bre que se representa, en la figura de un gran Padre, a la persona capaz de conocer de sus necesidades, de enternecerse con sus súpli-cas, de aplacarse ante su arrepentimiento. Este Padre tomará los hábitos de la Institución cuando del plano de la cultura en general se trate. Serán así los sacerdotes de la fe, los padres del Derecho o los señores del Poder de quienes se esperará el cumplimiento de aquellas funciones inherentes al padre de la tragedia. Es a ellos a quienes, producto del efecto-ficción, el joven apela; ya que en la medida en que a este sujeto no le basta con una transgresión encerra-da en su propia intimidad, se dirigirá, de una forma particular, a la cultura.

Cuando se trata de un menor, todos consideran que pueden dar opinión. Quien no tenga un hijo tendrá un sobrino; y por otra parte, quién no fue niño alguna vez?, ... ¿para qué se necesita un psicólogo?.

Los Menores

Y los menores?. Los menores gritan, lloran, a las actuacio-nes judiciales anteponen y contraponen sus propias actuaciones. Y así se drogan, o roban, o se embarazan, o deambulan por las calles. Parecen empecinados en molestar a la estructura. Muy pocos ven al juez o al secretario. Estos, por lo general, están en cosas mayores.

Preocupados por el narcotráfico, terrible flagelo que amenaza a nuestros niños, no tienen tiempo de ocuparse de nuestros niños amenazados por el terrible flagelo. Y así aquellos que, por función, debemos "asistir y vigilar" a los menores, lo hacemos invo-cando la palabra de aquel juez que en realidad no pronunció ningún sonido, pero que también a nosotros nos presta su decir.

Entramado tramposo como el de la madre que amenaza con el "ya vas a ver cuando venga tu padre", padre que nunca llega, o que no ve aquello que no puede o no quiere saber.

Y el juez nos llama para preguntarnos: y dígame, ¿por qué era que lo internamos a Eduardo?. Curiosamente se nos hace partícipes, en forma engañosa, del poder. Tal vez por aquello de que un poder compartido es menos responsabilidad.

El punto de obstáculo es, a mi entender, que los menores perturban. Perturban porque son jóvenes, porque denuncian las fractu-ras sociales, porque revelan irregularidades, los conflictos familia-res, porque desafían a la autoridad, empequeñeciéndola. Porque sus actos no siempre tienen sentido para la lógica adulta, porque mues-tran lo inestable de ciertas estructuras, porque nos enfrentan con el sinsentido.

Sinsentido del silencio, de la contradicción, del sujeto.

Sinsentido que permitirá, soportándolo, descubrir alguna verdad que, por cierto, se juega en otra escena que es posible de ser develada. Develada para el propio sujeto que, o bien se reconoce en la repetición de su síntoma, o se desco noce como autor de su acto. En estos casos parece detectarse, por lo pronto, que en lugar de acudir con su pregunta a un consultorio, apela con su acto a la ley y a sus representantes.16

Manera errada de dirigirse al Otro, en un lugar equivocado. Pero parece que eso es todo lo que puede hacer.17

Podemos plantear aquí que si el hecho responde a una escena del or den de cierta trama inconciente, no tendría por qué ser la justicia la que dirima estas cuestiones.

Ante el fracaso del padre como operador de la castración, la mano de la cultura intentará hacer ese corte y, generalmente lo hace, con crueldad. La historia de los actos de estos sujetos nos hablan permanentemente del fracaso de esta inscripción así como de la incansable búsqueda, por parte de ellos, de aquel "cuchillo simbóli-co"18. Pero lo que no operó en su momento ya no es eficaz a posteriori y aquello buscado en lo simbólico retornará ahora, actuado, desde lo Real de la institución.

Institución que intenta anudar lo Real y lo Simbólico y que suele dejar al sujeto atrapado en el terreno de lo Imaginario.

De pronto todo se convulsiona. Un niño sale en los diarios. Los programas de televisión se llenan de psicólogos, psicopedagogos, abogados, madres, jueces, vedettes, actrices ... todos hablan y opinan. Algunos cuestionan un accionar que desconocen. Otros avalan medidas que en realidad no fueron tomadas. Algún periodista aprovecha para alertar sobre el estado de inseguridad en el que se vive, recla-mando mano dura; otro denunciará la represión "masiva e indiscrimina-da" de la que serían víctimas nuestros niños. Un descubrimiento se ha producido. Existen los menores, los institutos, la pobreza, la margi-nación. El horror inunda todo. Se habla de amparo y de castigo. Se confunden los términos ..., ¿se confunden?.

Citemos nuevamente a Mary Ana Beloff quien dice en su artículo "No hay menores en la calle", publicado en el número 6 de No Hay Derecho:

"En las calles hay chicos, en las cárceles para niños y adolescentes -eufemísticamente institutos- hay menores (...) estamos en presencia de un mismo sujeto social sobre el que en algún momento se produjo un corte, que determi-nó dos formas diferentes de referirse a él: una reconociéndolo como tal (chico, niño, joven, adolescente), otra negán-dole tal carácter, objetualizándolo (menor)".

De aquí quiero tomar esta idea del menor objetualizado.

El posicionar al niño en el lugar del objeto, lo constitu-ye, en un primer momento, en objeto del derecho.

Esta "objetización" del pequeño lo convierte en algo inerme e inerte con una palabra que perturba e incomoda, que se hace necesario obturar, palabra capaz de dejar entrever algo de su deseo, manifestación de su inconciente, que por definición es subversivo a toda condición de objeto.

Pero esta palabra reveladora es acallada, aplastada, silen-ciada. Só lo le queda vehiculizarse en un acto.

Como ya está dicho, a los actos repetidos del joven, se oponen los actos, repeti dos, de la estructura judicial.

Sabemos de la repetición del inconciente que se convierte en una repetición significante para un sujeto dado, y que, en tanto tal, es posible descifrar.

Las repeticiones de las que se trata ahora no son las de un sujeto en particular sino aquéllas que son repetición desde un cierto sistema del poder.

Es fácilmente detectable en las distintas intervenciones judiciales cierta repetición de situaciones dadas ya en el origen del conflicto por el que se recurre a la justicia. Así el actuar judicial no haría más que cristalizar, envarar, agudizar, repetir el conflic-to.

Es así que se produce un daño extra en los involucrados, cuando la intervención judicial se prolonga en el tiempo y se extiende sobremanera pretendiendo amparar a quienes termina perjudican-do. Extensión dada más por la necesidad del que tiene el poder que por la de aquél a quien se está protegiendo.

Es interesante observar cómo en esta repetición del con-flicto se revictimiza a los sujetos posicionándolos en objetos.

Los ejemplos más claros que ilustran esta cuestión están dados por las causas ju diciales en las que se dirimía la identidad y la filiación de una criatura nacida en cautiverio o secuestrada a temprana edad durante el último régimen militar, a las que se denomi-naba genéricamente "Restitución".

Restitución significa volver una cosa a su lugar, devolver-la a alguien que fue su dueño legítimo.

Si alguna vez alguien se apropió del niño como quien se adueña de un objeto, es ahora la justicia la que, queriendo reparar aquel daño sufrido, en alguna medida repite la escena. Por cierto que no la repite igual. A la barbarie de aquel momento se le opone la legalidad19, al despropósito de entonces, se le enfrenta una medida reparatoria.

Al acto restitutivo en sí le continúan cambios, de escue-la, de padrinos, de amigos, de compañeros, de recuerdos, de histo-rias, de modalidades, de hábitos, de costumbres y tradiciones. Habrá un cambio de nombre inmediato, abrupto. Se lo empezará a llamar por aquel nombre que sus padres le habían puesto o habían deseado asignarle. Pero la justicia demorará la obtención definitiva de esta identidad civil. No tendrá documentos, ni los que tenía ni otros, durante unos dos... o tres... o cuatro años más.

Será, de alguna manera, un sujeto sin nombre. Y nosotros sabemos que es justamente una nominación, la del Nombre del Padre, la que inserta a un individuo en la cultura; es merced a esa nominación que un individuo se puede constituir en sujeto.

Pareciera que este pequeño ser estuviera destinado a ser objeto. Ahora objeto del goce de una justicia que, proponiéndose como administradora del goce, acotándolo y liberando al sujeto hacia la metonimia del deseo, lo deja a éste, en realidad, entrampado entre las manos de quienes la administran.

Herederos del oráculo, develadores de verdades ocultas, capaces de corregir lo incorregible, legitimadores de otras verdades, artífices del inconciente, los psicólogos somos convocados.

Descendientes de las brujas, complicados interpretadores de las verdades que se presentan límpidas y cristalinas para el común de la "gente criteriosa", disculpadores de atrocidades, inculpadores de fantasías, cuestionadores de verdades pretendidamente insospechadas cuando no universales, los psicólogos somos marginados.

Marginación no por estar de un lado o del otro del margen, sino por circular justa mente sobre él. Caminamos por un borde.

Percentil 75, baja tolerancia a la frustración, yo débil, personalidad lábil. Enigma que se hace necesario decodificar para que no quede convertido en un cliché que, queriendo decirlo todo, no dice nada. Enigma técnico que habla de un sujeto.

Particularidad de un sujeto que requiere de un descifrador -para bordear algo de su verdad.

Por lo general nuestro trabajo no termina con un diagnósti-co. Se nos demanda, desde la institución, para que corramos en auxi-lio, para que demos respuesta. En auxilio del menor desamparado; en socorro del juez invadido por la angustia en la soledad de su deci-sión; a salvar a la sociedad toda que se ve amenazada por estos jóvenes. Este correr en salvataje nos tienta hacia la terapéutica, sin ser, en este espacio simbólico, terapeutas. Lugar entonces de borde. Bordeando un espacio definido como el de vigilancia y, otro, lindero, propuesto como el de asistencia.

Si en el consultorio somos los encargados de direccionar una cura, en el Tribunal somos testigos de los actos. Testigos impa-sibles, meros veedores, que certificamos que el hecho ocurre; testi-gos impacientes que corremos solícitos en asistencia del necesitado; testigos partícipes en la medida en que nos constituimos en otra variable del cuadro.

De actuar se trata. Actuaciones judiciales que pretenden acotar las actuaciones de los menores. Expertos en actuaciones vs. expertos en actuaciones. Pregnancia de la Institución que nos tienta con el poder, nos seduce con lo asistencial, nos marca con lo judi-cial.

Discurso de lo legal que retraduce, en su forma, la decla-ración del joven causante.

Discurso de lo psicológico que pretende reconstruir lo lacunar, poner palabras donde hay actos.

Discurso del menor que habla, con sus actos, de su estruc-tura, de su posicionamiento, de sus carencias, y no ya de las mate-riales.

Entrecruzamiento de Discursos con alguno más privilegiado que otros, con uno más dominante, con otro más demandante.

Y uno escucha un acto que brama, que revela un sujeto que se subvierte a la con dición impuesta de ser objeto.

Nuevas Patologías?

Si en esta cultura "zapping y exitista" del fin de milenio se están postulando nuevas categorías presuntamente psicopatológicas (trastornos alimenticios, adicciones, etc.) confundiendo, en ocasiones, síntomas con estructuras, no resultaría raro llegar a pensar a la adolescencia como una nueva entidad en la que las transgresiones a la ley den marco a una nueva conceptualización tal que, de jóvenes que apelan a la cultura y a lo social, pasen a constituirse en prototipos de un nuevo cuadro.

Este etiquetamiento, que las nuevas corrientes supuestamente intentan desbaratar, no hace más que establecer una nueva marginalidad no necesariamente determinada por el grupo que queda "fuera" del margen sino más bien por los poderosos que, repeliendo lo diferente, parecen quererse proteger de aquello que es vivido como una amenaza.

Es así entonces como el enfoque de las disciplinas Psi- debe asentarse sobre nuevos terrenos que implican un desafío en la aplicación de los recursos habituales para no constituirse en el argumento que dé fundamento "científico" a una nueva exclusión.

Resulta ingenuo pensar hoy que los síntomas descriptos y definidos por Freud para cada cuadro se mantengan inalterables tramitan do el principio de un nuevo siglo. Podría pensarse que tal variación se debe, por un lado, a cierta movilidad propia del síntoma, y por otro lado, a cuestiones también propias de la cultura. Tanto se insistió con la frigidez de las histéricas que bien hoy podría sospecharse que ello ha dejado de ser un síntoma prototípico del cuadro. El cuerpo ha adquirido determinado valor en nuestra cultura de modo que ya no son sólo las histéricas las que padecen conversiones ni ellas se ven obligadas a recurrir exclusivamente a tal tipo de manifestación.

Por otro lado hablar de "nuevos síntomas" conlleva, en mí, la preoc upación de que algún distraído haga fácilmente el pasaje a la pregunta por "nuevas estructuras" y empecemos, entonces, a oír hablar de "personalidades bulímicas, delictivas o adictivas", con todo lo de "marginante" que ello puede implicar.

La aparición de "patologías nuevas" (adicciones, trastornos alimenticios) parece revelar que se trata de neurosis que cursan por fuera de los clásicos recursos simbólicos propios del síntoma. Nuevas preguntas se abren. Si estos fenómenos (qué difícil es nombrarlos!) no son nuevas "estructuras psicopatológicas" es que entonces ¿son síntomas "nuevos"?

No estoy presentando el debate respecto a si estos "sufrimientos" son exclusivos de la neurosis no estando presente en la psicosis o en la perversión. Creo que su existencia es factible en cualquiera de estas clasificaciones.

Estoy queriendo plantear que estos padeceres hacen su surgimiento en un momento de la cultura en el que la palabra parece carecer de valor, y en particular, para sujetos que no tienen un fl uido acceso a la misma.

Es el acto, en estos casos, el que aparece privilegiado y reemplazando a la palabra. De ahí que es posible tomar como modelo, para pensar estos fenómenos, la operatoria del acting – out.

Nuestra cultura actual es la cultura del zapping, de los shopping center, en la que la oferta siempre es mucha y el tiempo para decidir es breve o inexistente. No hay espacio para la vacilación subjetiva. La duda es vista como propia de los inseguros; el retroceder es de los cobardes; la angustia de los perdedores. Es fácil escuchar a un joven manifestar con convicción: "de lo que se trata es de atreverse" dejando la formulación sin predicado, señalando así que cualquier acto es valioso por sí, si constituyendo así la manifestación de un "atreverse".

Estamos frente a una cultura de la eficiencia; en la era de la res puesta exacta y de los cuerpos perfectos. Y ahí no hay lugar para la falta.

El niño de hoy parece encontrar así Otro que desde temprano le señala que la pregunta molesta e inquieta; tanto la que se formula hacia fuera como la que apunta a la reflexión. No olvidemos que hace años que la consigna es "mejor que decir es hacer". Esta fórmula resulta doblemente interesante. Por un lado en la medida en que remarca valorativamente el acto por sobre la palabra. Por otro en tanto pretende referir que los actos siempre son legítimos y la palabra engañosa. Si lo pensamos en el terreno de la política todos podríamos acordar con que un acto es mejor que cien palabras cuando éstas son huecas; la cuestión está en que con esta frase se pretende dejar asentado que las palabras siempre son huecas. Pero la frase es tramposa en su propia lógica, de las del estilo de "hagan como yo, sean originales, no imiten a nadie", dejando al receptor de la misma atrapado en un circuito del que sólo parece poder salirse con un acto.

Es así entonces como este Otro ha ofrecido al niño el recurso del acto para sustituir una palabra desvastada y desprestigiada. Acto al que el niño recurre como salida ante cualquier situación que amenace con malestar. La palabra pasa así también ella a adquirir este mismo valor de acto (¿acting?), toda vez que lo importante se convierte en el acto de hablar más que en lo que allí se diga.

Consignas del tipo de "hable con su hijo", o en "casa siempre se habla de droga ", parecen convertirse en holofrases que queriendo decirlo todo nada dicen. Resultan así "frases" que insisten, no dejando espacio para el intervalo, para el equívoco, para el fallido.

Volvamos entonces al acto. Ya sea del orden del acting, de las adicciones o de los trastornos alimenticios, parece resultar entonces como una respuesta alternativa ante la falta de lugar en el Otro. Sabemos que algo del orden de la falta en el Otro es necesario para que la transferencia se instale, para que el amor haga su juego. Si el Otro que se le ofrece al niño es un Otro que se postula completo, sin falta, no habrá espacio entonces para que aquel sujeto pueda, en síntoma o en fantasma, reconocerse ocupando un lugar en ese deseo del Otro.

Esta falta de lugar para la formulación de la pregunta, se reproduce, casi en espejo, impidiendo toda emergencia de cualquier otra pregunta autoformulada.

Y observemos qué es lo que pasa en los abordajes llamados con frecuencia "tratamientos".

Ya antes que surja la demanda, aparece el especialista. Los términos aparecen invertidos. Fórmulas del tipo "lo que a vos te pasa, en realidad..." parecen haberse constituido en las llaves capaces de disolver el conflicto. Y para cada conflicto, un especialista.

La gran oferta asistencial "especializada" parece encuadrarse en el mismo modelo "shopping" que más arriba referí. Y cualquier furor curandi o "desintoxicandi" parece correr el riesgo de caer en la misma lógica exitista que padece el sujeto.

Una vez más las particularidades de la cultura actual nos advierten que conductas que han sido detectadas en los adolescentes desde siempre adquieren hoy particular significación y despliegue.

Me estoy refiriendo a las llamadas "conductas delictivas". Sabemos que se definen por tales a aquéllas que se consideran típicas (porque entran dentro de un tipo penal descripto), antijurídicas (porque va contra la norma) y culpable (en la medida en que es posible determinar un responsable al que se le imputa el hecho). De esta manera el delito resulta ser aquello que está considerado por la sociedad como una conducta disvaliosa, y que está sistematizado en un cuerpo legal. Quiero remarcar que no es suficiente con que la conducta sea socialmente condenable, sino que es necesario que esté contemplada como tal dentro de un sistema jurídico. Es entonces el sistema jurídico, con sus leyes escritas, el que establecerá qué queda de cada lado de la línea. Y el sistema social determinará quiénes quedan de cada lado del margen.

En los últimos 50 años las teorías sobre la delincuencia juvenil hicieron diversos recorridos. Así se postuló que las causas eran de orden genético – hereditario, ante lo que surgieron las alternativas médico terapéuticas; de orden socio – cultural con su correlato educativo – paliativo; de orden - moral penal con las consecuencias punitivo represivas y algún otro enfoque pretendidamente superador y englobador de los anteriores. La cuestión es que parecía no advertirse que lo que definía que un sujeto estuviera de un lado o del otro era la propia norma y no el acto en sí.

Y surgen entonces ciertas corrientes pretendidamente progresistas que establecen que el etiquetamiento es victimizante, proponiendo que se busquen las causas de estas conductas en el medio socio económico micro y macro. Pero resulta ser que la población sigue siendo la misma, tanto en cuanto a su pertenencia de clase como en cuanto a su referencia etárea. Si bien ahora se evitará la estigmatización y se intentará hacer una lectura más comprensiva y abarcativa, el acercamiento al joven, "presunto autor", seguirá dándose desde la perspectiva del desamparado que necesita de la protección de quienes saben, llámense éstos médicos, trabajadores sociales, psicólogos o jueces. Por cierto que todos "especialistas".

Y obsérvese así que volvemos a dos puntos que referimos más arriba. Por un lado el tema de los " especialistas" que surgen ya con antelación a la demanda; por otro, y ligado a éste primero, la respuesta obturadora del sistema, aún antes de que se formule la pr egunta.

Más arriba dijimos que este "modelo cultural" según el cual el acto aparece privilegiado por sobre la palabra no hacía más que resultar la alternativa que el Otro ofrecía al niño, en bloque, impidiendo todo surgimiento de pregunta, taponando así toda falta estructurante.

Parece ser así cómo, entonces, la falta también debe adquirir corporeidad para el niño. No se trata ya de una falta que pueda metaforizarse sino de una falta en lo real.

Y es de la falta de lo que se trata. Justamente de todo lo que le "falta" al niño, la falta de cuidados, la falta de una madre, la falta de un padre, la falta de escolaridad, la falta de normativas. Resulta que lo que hay es un "plus" de falta que aplasta al joven al tiempo que no se le permite que sea él quien se interrogue sobre qué le falta.

Observemos también que lo que falta, y a lo que el propio sistema impulsa, es "responsabilidad".

No se trata de una postura victoriana. Estoy aludiendo a la cuestión de posibilitar que el sujeto se interrogue sobre su acto. A los efectos de la subjetividad resulta necesario que el autor de un hecho pueda "responsabilizarse subjetivamente" del mismo, es decir, que pueda insertar ese episodio en la trama de su historia.

Y la operatoria suele privar al joven de este recurso de responsabilizarse. Poco parece importarle al derecho tal posibilidad.

Esta persona, el presunto autor del delito, en el caso de los menores, parece ser "menos persona", porque tiene menos comprensión, menos capacidad y menos derechos, curiosamente, en virtud de sus derechos.

Con el sistema penal actual, y ante la comisión de un delito, se produce una despersonalización del menor. No importa si lo cometió, sino que lo que cobra relevancia es el "protegerlo" interviniendo en su vida cuando en realidad de lo que debería tratarse es de que el mismo joven pueda vincularse afectivamente con lo que realizó.

Esta operatoria del sistema tiene por efecto una nueva modalidad de exclusión y expulsión, y no sin efectos en el nivel de la salud mental.

Desrresponsabilizar a un sujeto implica arrojarlo de la cultura. Avalar ello desde el decir psi- no hace más que darle a la operatoria un barniz "científico". Desrresponsabilizar, aunque se haga con la buena intención proteccionista - asistencial, significa pretender eliminar la condición de sujeto de un individuo, obligarlo a que quede posicionado en el lugar de un objeto que acepte mansamente los etiquetamientos que desde afuera se le impongan. Cualquier subversión que pretenda sacudirse de encima esta imposición será considerado por el sistema, indicador de enfermedad, de desorden.

Un sujeto por estar inscripto en el lenguaje es responsable. Son responsables en el sentido histórico en el cual se proyecta este término.

Exculpar a un niño no necesariamente debería llevar implícito que se los desrresponsabilice.

Una sanción parece resultar necesaria para el sujeto como la única capaz de volver a inscribir su acto en la historia. Es necesario para que el joven reinscriba su historia, y no que solamente ésta esté dictada desde la sociedad; y esto es así para que no quede fuera del lenguaje. La única posibilidad de "reinsertarlo" en la cultura es a través del discurso.

Cuando un matrimonio se divorcia, va al juez. Hay algo de la ley del sujeto que ha fallado, ha fracasado y se hace necesario que aparezca otra ley. Una ley se hace necesaria entonces. Se trata de una ley que vuelva a reordenar algo. Cuando la que falla es la Ley del Padre, esa ley singular que le da operatividad al sujeto en el mundo, es el Otro social el que acude en su reemplazo, en sentido proteico, con carácter de suplencia. De ahí que ese Otro social aparezca en custodia.

Pareciera entonces que la cuestión se reduce a dos puntos esenciales. Por un lado que la operatoria social posibilite y aliente la responsabilización subjetiva de los actos cometidos, de las palabras dichas cuando éstas adquieren efectiv amente el valor de acto pleno y, por otro lado, soportar la presencia de enigmas sin respuesta tal que sean disparadoras de nuevas preguntas que permitan a cada sujeto su propio despliegue.

Cuando se trata de un menor víctima de delito, la tarea del psicólogo parece más clara. Evaluar las consecuencias del hecho y dar apuntalamiento en la superación del episodio.

Si hablamos de jóvenes presuntamente autores, partimos de la postulación de que el hecho "judicial" responde a una escena del orden de cierta trama inconciente, y desde allí no tendría por qué ser la justicia la que dirima estas cuestiones, con excepción de aquellos hechos que reconocen una exclusiva raíz socio económica. Pero en los primeros casos referidos, resulta que a este sujeto parece no bastarle con una transgresión encerrada en su propia intimidad dirigiéndose entonces, de una forma particular, a la cultura.

Será entonces función del psicólogo de "menores" apuntar a que este sujeto pueda articular este acto en su historia, apropiándose de él, haciéndose subjetivamente responsable del mismo. Y para ello p odrá asesorar al magistrado respecto a ciertas particularidades de la subjetividad del joven tal que el "bien superior del niño" sea algo más que un mero enunciado de principios, las más de las veces vacío.

El peligro está en que, en tanto contamos con recursos para inmiscuirnos en la mayor de las intimidades de un sujeto, es decir, en el inconciente, nuestro dictamen se bastardee pretendiendo que demos sostén o argumentación a resoluciones que nada tienen que ver con nuestra disciplina, dando lugar así a la confirmación de la llamada Veracidad del Testimonio o impulsándonos a investigar sobre la Confiab ilidad de los dichos. Recordemos una vez más al Jurista Pierre Legendre cuando expresa20 "Queda por situar, a partir de este esquema, el lugar de los psiquiatras o, más generalmente, de los expertos psi en el funcionamiento estructural. Sin duda alguna, en la realidad de los procesos, estos expertos están en posibilidad de abrir o de cerrar con candado la evolución de un procedimiento, ya que la sociedad de hoy día parece en trance de delegar en ellos, aunque sin hacerlo de modo explícito, la posibilidad de decidir sobre todo basándose en el principio de Razón."

Si la tomamos la propuesta de las "Nuevas Direcciones en la Justicia Juvenil", creo que resulta evidente que hay un divorcio entre el decir y el hacer, entre lo que se teoriza y lo que se practica, entre lo que se enuncia y lo que efectivamente se concreta. No alcanza con teorizar tomando como referente la Convención de los Derechos del Niño. Es imprescindible revisar la operatoria por la que tales principios bajan a la práctica. "Escuchar" al "menor" no debe ser solamente un derecho frío que se "otorga" de manera lineal y automática y que sólo apunte a cumplir con un mandato que hace que el joven "hable"; la escucha a la que se refiere la Convención apunta a la posible interpretación de aquel decir por parte de los especialistas.

Notas

 

1 Licenciado en Psicología, Psicoanalista, Docente Universitario en los Niveles de Post Grado y Doctorado, Funcionario de la Prosecretaría de Patronato de la Exma. Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal de la Ciudad de Buenos Aires, autor de múltiples artículos y Presidente de la Asociación de Psicólogos Forenses de la República Argentina por 3 períodos consecutivos (mandato cumplido). Tel - (54-11) 4777-4488, e-mail: rvs@fibertel.com.ar - robsaunier@yahoo.com

2 "Incluso los Niños, Apuntes para una estética de la infancia", la marca editora, Prólogo

3 "Breve historia de las relaciones paternofiliales", en "Incluso Los Niños"

4 James Weinstein, Corporate Ideal

5 Prólogo a "Los Cuentos de Perrault", Editorial Crítica

6 García Reynoso, Gillou. "El Trauma Psíquico, Algunas Consecuencias Psíquicas de las Transformaciones Sociales", Revista Zona Erógena Nro 11, Año III

7 James Weinstein, Corporate Ideal

8 Robert B. Carson, Youthful Labor Surplus in Disaccumulationist Capitalism

9 Tengamos presente este concepto para cuando abordemos la problemática de "la Droga" y lo que allí apunta Rosa del Olmo.

10 Charles L. Chute, The Juvenile Court and the Adversary System: Problems of Function and Form

11 Al día de hoy existen nuevas legislaciones y nuevos proyectos en discusión

12 No Hay Derecho, Año2, Número 6, Junio de 1992, Buenos Aires, Argentina

13 García Reynoso, Gillou. Obra citada

14 Legendre, Pierre. "El Amor al Censor", Ed. Anagrama

15 Legendre, Pierre. Obra citada

16 Saunier, Roberto Víctor.- "Sobre el Acto Delictivo".

17 Saunier, Roberto Víctor.- "Sobre el Acto Delictivo"

18 Concepto acuñado por el Dr. E. Kozicki

19 Por cierto que esto no es sólo un detalle; que sea el marco de lo legal el que opera permite y posibilita una elaboración simbólica muy diferente.

20 Legendre, Pierre, "El Crimen del Cabo Lortie. Un Tratado sobre el Padre", Ed. Anagrama


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