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Seminario
La formación del analista

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Organizado por : PsicoMundo
Coordinado por : Lic.
Mario Pujó


Clase 1
Transmisión del analista
Oscar Cesarotto

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1. Sobre el deseo de Freud

El lazo social que en la cultura contemporánea el psicoanálisis propone no completó aún el centenario. Su persistencia y diseminación son el testimonio de la notoriedad de su inventor, tanto como la de sus discípulos. En el amanecer de esta historia, en su espléndido aislamiento vienés, la práctica clínica y teórica de Sigmund Freud era indisociable de su ambición, sus pasiones y apetitos, como también de la suma de sus valores y prejuicios. El enigma de su deseo ha sido por ello objeto de innumerables elucubraciones y análisis aplicados in absentia. Por haber sido el primero y único en su especie, Freud no pasó por ninguna iniciación en el diván. Habría sido éste, según Lacan, el pecado original del psicoanálisis, y el origen de la regla que exige que todo analista haya sido antes paciente. La paradoja es que su eficacia solamente opera, de hecho, desde una excepción fundante.

2. Sobre el deseo del analista

Más allá de cualquier psicologización o biografismo freudiano, Lacan promovió el deseo del analista en tanto categoría conceptual, para cuestionar el papel y la función de este último en la dinámica del tratamiento. La interrogación sobre este particular puede ser considerada como la insistencia lacaniana por antonomasia, por apuntar a las contingencias pragmáticas de un análisis, y también a la ética que lo sostiene. En efecto, ¿qué quiere un analista? O, mejor aún, ¿qué podría, que debería querer? Como oficiante y continuador de la experiencia de Freud, ¿cuáles serían las causas y los fines de su actividad?

3. Sobre el deseo del Otro

La vigencia del discurso analítico es la condición de toda y cualquier transferencia específica. El sujeto supuesto al saber, ficción presente desde el inicio del proceso, dispara la asociación libre, pero es el deseo del analista, anterior a la instalación del dispositivo de la cura, el verdadero motor de ésta, pues orienta, enigmáticamente, su dirección. Se trata, en principio, de una x inescrutable para el paciente, concretizada por el silencio de quien está allí dispuesto a escuchar. "¿Qué quieres tú de mí?", se pregunta el primero; por esta razón, y sin saber, habla y habla. El segundo, a su turno, sabe que su presencia es el requisito del análisis, y que, en el transcurso del mismo, podrá situarse en la posición del ideal, próximo a la sugestión, y por lo tanto alienante; o en el lugar de la causa, propiciando la apertura del inconsciente y la producción discursiva.

En el delicado vaivén de estas dos alternativas, ambas necesarias, el analista desempeña su tarea, tratando siempre de mantener una neutralidad adecuada a las circunstancias. Su deseo, en abstinencia, debe oscilar en un equilibrio inestable entre su propia intencionalidad y el deseo del Otro. En esta aporía serían diluidos los contornos individuales de cada analista, favoreciendo el desarrollo exclusivo de la función, impersonal y eficicaz.

Si así fuese, nada mejor para representar esta constante que el conocido cuadro de Magritte, en el cual, por debajo de una capa negra, un sombrero y una jaula anónimas, no hay ningun trazo que identifique al analista en tanto sujeto. A pesar de todo, no se podría desconsiderar la inexistencia de el analista, como univeral. La pluralidad de los practicantes y de las escuelas psicoanalíticas es la prueba de la imposibilidad de agruparlos en un conjunto homogéneo y abstracto.

Vale, entonces, la diferencia que suele ser definida como estilo.

4. Sobre el deseo de ser analista

¿Qué fue lo que Freud pensó que las histéricas querían, para decidirse a ofrecerles un analista? ¿Era eso lo que él quería? ¿Por qué alguien podría querer ser analista? ¿Qué es lo que sobredetermina un deseo de esta índole, suficientemente comprometedor como para ser considerado sintomático? ¿Por qué, para algunas personas, el psicoanálisis puede ser un ofício vital? Ser psicoanalista, como determinación existencial, ¿es del orden de la fatalidad o de lo aleatorio?

Para tales preguntas corresponden tantas respuestas como sujetos en juego. Sin embargo, el lugar del analista es independiente y pre-existe a los que pretenden ocuparlo. Por hacer parte de una estructura de discurso, su acceso impone una secuencia de pruebas y esfuerzos a los eventuales interesados. Ser psicoanalista implica, entre otras cosas, una relación singular con el saber, esto es, con el deseo de saber sobre el deseo de los demás. Quien se autoriza a escuchar la vida ajena debe saber, por lo menos, que algo intrínseco a su propio deseo se coloca en cuestión en tal actitud, pues pulsión epistemológica alguna obliga a nadie a querer conocer al Otro a través de los otros.

Ni vocación ni destino, llegar a ser psicoanalista sea tal vez una solución de compromiso que, junto con la satisfacción de la curiosidad, instaura simultáneamente una deuda simbólica para cada practicante, con la iniciativa de Freud. Por esta razón, en la tradición que inició, y a partir de sí mismo como único desvío admisible, la vivencia del análisis personal se postula como un imperativo categórico de carácter absoluto. Constituye el eje que condiciona la formación, el espacio donde los votos son juzgados a la luz de la interpretación, y que sería legítimo calificar de didáctico únicamente si su resultado es, efectivamente, un analista.

Tal calificación depende de una validación retroactiva, sólo posible después de finalizado el proceso. Mientras tanto, merecen ser examinados los otros ámbitos que preservan la transmisión del psicoanálisis.

 

5. El inconsciente como lazo social

De manera sistemática y suscinta, puede ser afirmado que, así como la formación del analista sucede en tres lugares diferentes, también puede ser escandida en tres tiempos distintos, además de presentar tres tipos de alteridad, dependiendo de cada tiempo y lugar. Esto permite que, para fines expositivos, pueda ser utilizado como referencia un nudo borromeano como amarra de estas distintas perspectivas, con todas sus consequencias topológicas. Porque lógica y cronológicamente, el trayecto por todas estas etapas, con sus alternativas y requisitos, tan sólo se torna consistente en la medida en que ninguna dimensión sea evitada u olvidada.

El primer lugar, en todos los sentidos, lo ocupa el análisis. Como ya fue dicho, es el lugar privilegiado para la experiencia de la transferencia y del inconsciente. Cuestiónase allí el goce, en todas sus manifestaciones, por intermedio del analista, figura que presentifica la alteridad. No obstante, la alteridad propiamente dicha debería ser pensada como la relación entre el sujeto y su aparato psíquico, siendo el analista apenas el lugarteniente de la pregunta sobre la causa del deseo.

Todos los análisis tienen una duración en el tiempo, un comienzo y un final, pues sería inconcebible que fuese eterno. Por lo tanto, a partir de su resolución, se abandona definitivamente la posición de paciente, pudiendo acceder así a otra alzada subjetiva.

El segundo lugar es ocupado por el estudio de la teoría psicoanalítica. En este contexto, los escritos magistrales funcionan como alteridad. El aprendizaje escapa de ser una abstracción, pues constantemente el valor de los textos es jaqueado por la práctica y por el propio análisis. En términos temporales, se considera que el estudio no tendría nunca un punto final, por estar en perpetua actualización.

En el tercer lugar se encuentra la supervisión. El analista iniciante se encuentra ante una doble alteridad: por un lado, el discurso de los pacientes que interpela su escucha; por otro, la confrontación con un analista veterano que, en calidad de interlocutor, interroga tal escucha desde el saber que le es atribuido. Quien primero escuchó debe despues hablar y, en este viraje, se modifica la perspectiva del practicante. La supervisión suele tener una duración limitada puesto que, así como sería necesaria en los comienzos de la práctica clínica, se tornaría más adelante prescindible, aun cuando siempre es posible retomarla, inclusive de manera esporádica.

En lo que respecta a los tiempos, el primero de ellos recibe la denominación genérica de formación, comprendiendo el análisis, el estudio y la supervisión, como elementos de un único procedimiento dirigido a dar soporte a la función del analista. Más allá de las alteridades que rigen cada uno de estos lugares, su denominador común lo constituye el analista en tanto sujeto, pues todo se organiza bajo su entera responsabilidad. Hasta cierto punto, este tiempo es originario por su lógica, y no sólo por anteceder a los otros. Por eso mismo, y como la formación no tiene un momento para concluir, puede ser considerada infinita, unendliche.

En un tiempo segundo, se encuentra la autorización. ¿A partir de qué momento alguien podría considerarse analista? Clásicamente esta pregunta ha sido respondida dentro de un marco burocrático como garantía del ejercicio profesional de aquél que habría cumplido ciertas exigencias reglamentadas. Con Lacan, como consecuencia de su propuesta de que "el analista sólo se autoriza de sí mismo", quedó claro que, al margen de la certeza que pueda ser dada por una institución, habría un trabajo subjetivo, individual e intransferible que le compete exclusivamente a cada interesado, en la búsqueda de su verdad en la soledad del análisis.

Devenir analista, como culminación de una larga jornada, exige un giro de 180º, pero también un acto, una apuesta anticipada que deberá ser soportada por la rectitud de un racionalismo ético.

Es menester considerar un tercer tiempo, coincidente y posterior, cuando alguien solamente es analista porque algun otro lo acepta como tal. Es el momento del reconocimiento. Fuera de la convicción del propio analista, ser confirmado en ese lugar depende menos de él que de todos los participantes del espacio social. En este punto, las instituciones psicoanalíticas pueden funcionar como aval, pero, en última instancia, el crédito proviene de aquellas personas que así lo consideran. Ejemplo concreto de ello es cuando un analista recibe un pedido de análisis de alguien que fue enviado por un tercero. En este circuito, que comienza con el sujeto que indica, y por lo tanto, testimonia en favor del analista, el tema de la alteridad se completa con el veredicto de aquel que será el paciente. La credibilidad supuesta al analista tiene valor, en definitiva, en tanto se muestre a la altura de lo que de él se espera.

6. El nudo de la transmisión

La formación del analista es una formación del inconsciente, un problema a cielo abierto que, histórica y geográficamente, fue elaborado de maneras diversas. No por casualidad ciertas cuestiones son consideradas ineludibles por las distintas escuelas procedentes del común tronco freudiano. La coincidencia sobre lo esencial del análisis, el estudio y la supervisión, indica que estos son los caminos que el analista debe aprender a transitar, durante años, pacientemente. Hasta el momento en que, luego de realizar las pruebas competentes, pueda, finalmente, llegar a un ajuste de cuentas con Freud ...

 

* Oscar Cesarotto - Psicoanalista. Co-fundador de la Clinica Freudiana de Sao Paulo. Miembro de la Escola Brasileira de Psicanálise. Autor de los libros "No olho do Outro"; "Um affair freudiano"; "Jacques Lacan - Uma biografia intelectual" e "Idéias de Lacan", publicados todos por la Editorial Iluminuras de San Pablo - Brasil.

Dirección- Clinica Freudiana: rua Luiz Pereira de Almeida 102 - Jardim Paulistano - CEP 01431-020 - San Pablo - Brasil. Telefono y fax: (55.11) 853-9005 - Teléfono: (55.11) 853-1304. E-Mail: peterm@mandic.com.br

** Versión apenas modificada de la intervención realizada en el Seminario: "El psicoanalista y la práctica hospitalaria" dictado en este mismo sitio PsicoNet.


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