
Seminario
La formación del analista
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Organizado
por : PsicoMundo
Coordinado por : Lic. Mario
Pujó
Clase 5
La supervisión y su dispositivo
Mario Pujó
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Situar el lugar de la supervisión con su valor de formación exige tomar en consideración su posición particular en relación a lo que constituye, por una parte, una enseñanza de tipo docente y, por la otra, la experiencia propia del análisis. La demanda de supervisión: su espontaneidad -ligada a la necesidad que siente el analista de hablar de sus pacientes con alguien al que supone le puede responder-, su no obligatoriedad, constituyen un prerrequisito y una condición. La transferencia: sólo ella puede guiarla, con la salvedad de que aquí ella no se ordena en relación a la suposición de un saber que porta en su textualidad un valor de verdad para el sujeto, sino que exige la explicitación de ese saber, lo que conduce en los hechos a su progresiva «des-suposición». El dispositivo: no se trata de un curso, un seminario, tampoco de un ámbito adecuado a la interpretación de quien se expone a hablar de sí al hablar de su paciente, sino de dar lugar a aquello que permita articular la práctica con la teoría, y orienta, al tiempo que propicia, la continuidad del análisis y la posibilidad de la interpretación. Concebimos así la actividad a realizar en el espacio de supervisión, como un esfuerzo clínico de construcción, en tanto ésta, guiada por un criterio de verosimilitud, se demuestra capaz de corregir su propia formulación, poniendo en suspenso el saber que ella misma elabora. Lo que conduce a un anudamiento entre lo que en una cura se dice, lo imposible de decir que la causa, y el saber de la teoría que la hace posible.
Las líneas que siguen, han sido publicadas con mínimas modificaciones en la revista Poubellication Lacaneana Nº 3, Editorial Laberintos, Buenos Aires, en Octubre de 1992.
La incidencia desreguladora de la enseñanza de Lacan no deja de repercutir sobre ese enigma que habitualmente se denomina la formación de los analistas, y en particular sobre el triple apoyo en que clásicamente se sustenta. En primer lugar, el análisis del analista -necesario, desde la perspectiva de esa formación- contraría la pretendida distinción entre análisis didáctico y análisis terapéutico; un análisis sólo se demostrará "didáctico" al final, y un procedimiento institucionalizado revelará si hubo producción de un analista como su resultado. En segundo lugar, la posible formación teórica, es potenciada bajo cualquiera de sus diversas formas: seminario -especialmente el de Lacan- grupo de estudio, comunicación del caso, trabajo de cartel. Finalmente, la práctica de supervisión es situada en un nivel de contingencia; su demostrada vigencia contrasta con el escaso espacio que se le dedica en general a su conceptualización y las pocas menciones que el propio Lacan hace de ella a lo largo del seminario.
La práctica de control o de supervisión (utilizaremos ambos términos indistintamente) tiene, en efecto, cierto estatuto problemático, que encuentra en parte su origen en las reiteradas reglamentaciones que ha sufrido en los institutos oficiales de enseñanza de psicoanálisis. En particular, su carácter obligatorio, el establecimiento previo de sus condiciones (frecuencia, cantidad de horas semanales, duración total) y el hecho de haberse convertido en una instancia de evaluación que el candidato deber aprobar y que tiene, por ello, un valor promocional; cuestiones que tienden a transformarlo en un espacio donde se ejerce una suerte de visión-súper por parte de la institución.
En los círculos donde la contratransferencia es considerada el eje, el instrumento y el vector direccional de la cura, el novel practicante, conminado a superar la valla de los controles para alcanzar su «diploma» de analista, debe aprender a encarnar aquella límpida pantalla capaz de reflejar -en forma invertida- el inconsciente de su paciente, constituyendo sus puntos ciegos e inanalizados el obstáculo mayor. Concebido como una prolongación de la formación teórica y del análisis didáctico, el control deviene así naturalmente el ámbito privilegiado donde ese análisis y esa formación pueden llegar a ser puestos en cuestión.
La imposición de un aprendizaje sujeto a evaluación, apela así, abiertamente, a la impostura del aprendiz : se sabe lo que es conveniente decir, lo que es prudente silenciar. Aunque nada impide que la experiencia quizás recomience después, en otras condiciones, transferencialmente más verdaderas ...
Y es allí donde reside su núcleo de interés, y donde creemos se debe reconocer su consistencia: la espontaneidad de la demanda en que se sustenta.
De hecho, el pedido de control es tan antiguo como el psicoanálisis mismo. Si se ha podido hablar de análisis original (1) a propósito de la conflictiva vinculación que une a Freud a su amigo berlinés, Wilhelm Fliess, es notable la importante porción que, en su correspondencia, dedica al relato de su relación con los pacientes. ¿No hay, de modo general, en las comunicaciones de Freud, siempre fundadas más o menos explícitamente en la clínica, un llamado al control de su experiencia, ya sea dirigiéndolo al Otro que encarna la «sociedad científica», sus propios discípulos, o más ampliamente, el público en general?
Es indudable que en la clínica algo empuja a decir, aún cuando este empuje no se conceptualice con criterios unívocos. Así por ejemplo, si Steckel suspende su análisis con Freud para hablarle de sus pacientes, no se deja de señalar el valor resistencial de su actitud(2), recordando que, en efecto, todo aquello que interrumpe la labor analítica debería ser entendido de ese modo. Pero atenerse a lo que debería ocurrir en vez de leer lo que verdaderamente ocurre, ¿no sitúa la resistencia en el lector del episodio como su verdadero lugar?
Que haya un real en la relación con el analizante que incita a hablar y que llama efectivamente al Otro, ¿sólo podría ser concebido en los términos siempre suspicaces de una actuación? (3).
La institución de un espacio pago para hablar de los pacientes -regular, ocasional o por correspondencia (4) - mantenido por Freud a lo largo de su vida-, demuestra en todo caso que esa no es su respuesta.
Por su parte, Lacan deja abierta su escuela a la eventualidad de la supervisión por fuera de toda reglamentación estricta. La apuesta a su supervivencia queda restringida, como en el análisis, a que cada demanda encuentre su Otro, en el marco de una transferencia "à la cantonnade", amplia y generalizada.
Si el analista sólo se autoriza de sí mismo, en su acto -emblema cuyas insignias marcan strictu sensu las posiciones de Freud y Lacan-, el control no puede regirse sino por su propia espontaneidad, ajeno, por tanto, a toda "supervisión" institucional.
Constatemos: librada a su propio régimen, la demanda se renueva, la práctica perdura.
La demanda
Hay, en nuestro medio, una notoria modificación de la frecuencia de supervisión que sustituye el encuentro regular, preestablecido, por lo que podríamos denominar la periodicidad de la "urgencia". Irregularidad que tiende a centrar más la atención sobre el caso que sobre el analista, y que más allá de las siempre invocables razones económicas, evidencia, en los hechos, una desacralización del control como instancia de formación. Si un análisis no podría sostenerse solamente en las ganas de venir, nada indica que el control esporádico, aún planteando cierta dificultad, deje de conservar esencialmente su estructura; la que reposa en la necesidad que experimenta un analista de hablar de sus pacientes a otro analista al que supone capaz de responder.
Aún en el contexto de un requerimiento pautado, como lo es una exigencia institucional, esta demanda suele hallar su oportunidad. Así como un análisis solicitado por terceros no encuentra en ello forzosamente su límite sino tal vez la condición de su posibilidad; aunque requiera evidentemente un tiempo de elaboración de la demanda y un tiempo de decisión del deseo.
Si un pedido de control encuentra muchas veces su motivación más o menos inconfesable en el interés de reconocimiento, de autorización, de evitar la ida de un paciente, la factibilidad de recibir alguna derivación o de vincularse a algun personaje o grupo, no deja, por lo mismo, de presentar cierta inocencia, que recuerda la posición analizante.
Su espontaneidad es aún más sorprendente si se considera que el lugar que el control reserva al practicante es cuando menos incómodo. De las múltiples posiciones que el aspirante a analista suele atravesar en su vida -entre otras, estudiante, analizante, profesor, practicante- probablemente la de analista bajo control sea de las más conflictivas. Enredado entre el discurso del paciente que se propone relatar y su implicación en la cura, abierto a los tropiezos de su propia enunciación, situado en el camino que lo separa de su análisis y la distancia que experimenta respecto de su acto, obligado a testimoniar de su no saber -¿para qué supervisar, sino?- como la medida misma que distingue el saber supuesto del saber que puede explicitar, no tarda en constatar que al exponer su caso, se expone a sí mismo: se expone al juicio, a la crítica, cuando no a una interpretación.
Por su parte, el supervisor encuentra quizás una situación más acomodada. Libre de intervenir a su solo arbitrio o guardar silencio si lo considera pertinente, puede hacer recaer el peso de su «autoridad» sobre el discurso del analizante, una interjección soltada al pasar por el analista, un lapsus, un chiste, o el tramo de teoría que prefiera privilegiar. Y esto, porque ambos participantes saben de antemano que el acto analítico y el horror que le es inherente tiene un sólo responsable. Soledad que facilita que la silueta del pequeño amo o la del propio analista se proyecten en cada tramo de la experiencia, y hasta se encarnen en la del mismo supervisor.
Pero así como no toda respuesta a la demanda es apropiada al discurso del psicoanálisis, el dispositivo de supervisión debe poder precisar los bordes que aseguren que el juego de espejos y sus fascinaciones no se reproduzca al infinito.
La transferencia
Si la «destitución subjetiva», expresión con la que se intenta dar cuenta de la posición del sujeto al final de su análisis, y que se demuestra solidaria de la travesía del fantasma, implica la caída del sujeto supuesto saber, nada objeta que el sujeto, incluso después de ese final, quiera confrontar la estructura de la experiencia que lo incluye como analista con el saber que le consta un tercero detenta(5). Aún cuando el pase permanece como nuestro punto de mira, lo que se ve, si se mira, atañe más bien a analistas en análisis preguntándose qué hacer con determinado paciente; pregunta que incita a una respuesta fuera de las fronteras de su propio análisis.
No está excluído que se supervise con el propio analista, o que un análisis se inicie con el supervisor -lo que interroga por cierto la concepción que éste tiene de la práctica en que se compromete-. La prohibición promovida por Eitington en 1936(6) es relativamente tardía y atiende al beneficio que concede al candidato de conocer otra técnica que la de su propio analista (!). Conocemos por otra parte la anécdota de quien creyéndose supervisar con Lacan se descubre sin habérselo propuesto, su analizante.
Contorno impreciso cuyo franqueamiento frecuente testimonia de una misma transferencia, correlacionada en ambos casos al sujeto supuesto saber; pero que al desdibujar sus límites, al no establecerlos con precisión, volatiliza la validez y la legitimidad que confieren su especificidad a la supervisión.
En primer lugar, porque el movimiento de progresiva destitución del sujeto supuesto saber que un análisis verifica, recorre una vía diferente que la explicitación de saber inherente al desarrollo del procedimiento de control. El saber particular del inconsciente que la instauración del discurso analítico pone a trabajar en el lugar de la verdad, no es compatible con la vocación de generalidad de la clínica y de universalidad que el saber de la teoría y la producción del matema suponen(7).
En segundo lugar, porque si la transferencia es la misma, está capturada en dos dispositivos eminentemente distintos(8). Mientras que en un análisis se halla coordinada a la asociación libre y a la interpretación que constituyen sus fundamentos, no es ésta la regla, el modo explícito que regula el diálogo en control. Aún cuando la asociación no es infrecuente, no podría constituir su norma. Como tampoco lo es la interpretación. Puede ocurrir, impremeditada, y puede también suceder que una acotación dicha al pasar sea escuchada, alcanzando los efectos de una interpretación. Es la invitación que deja caer el analista al efectuar su comunicación, en la modulación de sus lapsus, sus chistes o sus asociaciones, que más acá del caso reenvían fugazmente a su propia posición como sujeto del inconsciente.
En cualquier caso, la distancia que separa el análisis de la supervisión debería permitir absorber en el espacio del primero, las emergencias transferenciales que se manifiestan en el segundo (sean de respeto, idealización, o, inclusive, de cierta suspicacia) confiriéndoles su estatuto mismo de lateralidad.
Situemos la dificultad: se trata de pensar una práctica conforme al rigor de la transmisión del psicoanálisis que no retorne al analista a su posición analizante o lo reduzca a una función de intermediario entre su «profesor» y su paciente (de lo que el padre de Juanito dibuja por cierto una caricatura). ¿No se ve además que el auspicioso término de análisis de control reintroduce lacanianamente una ilusoria multiplicación del psicoanálisis que el propio lacanismo se propone disolver?
El dispositivo
Reducida a su estructura mínima, diremos que la supervisión es un espacio para hablar. El silencio absoluto no es impensable, pero llama al corte, a la escansión, a la interpretación. Un espacio para hablar de sí mismo, por supuesto, pero en relación a un caso; para hablar de un caso en relación a sí mismo. Se lo ve: si se separan excesivamente ambos términos y se reduce la operación a uno de ellos, el primero abre camino a la instauración del discurso universitario, el segundo a la del lazo analítico.
Una elección se ofrece entonces a quien está en posición de supervisor y le impone por lo mismo una responsabilidad: ¿qué modo de respuesta proponer a la demanda que se le dirige? Si la interpretación presume la momentánea caída del sujeto supuesto saber y su inmediato restablecimiento, podemos admitir que la des-suposición de saber acorde a la práctica de control encuentra un régimen más apropiado en la modalidad de explicitación que rige la vía de toda construcción.
Para Freud, la construcción implica un procedimiento lógico que tiende a restaurar la inteligibilidad de un texto guiado por un criterio de veracidad o verosimilitud(9). Si la verdad permanece entonces en su horizonte, apunta como tal a un imposible de decir, ya sea bajo la forma de la corrección de un relato, la producción de un mito o la articulación de un fantasma. Guarda para el analista un valor de representación auxiliar, susceptible por ello de verificación y, en caso necesario, de corrección.
Si, como lo señala Masotta, "el psicoanálisis como teoría se alimenta en la práctica que engendra", y aún cuando "los observables de la clínica no podrían objetarla"(10), su constitución verifica un movimiento progresivo que va de la reconstrucción de una historia a la construcción de la teoría, como cuando la reconstrucción del sueño de los lobos deriva en el concepto de escena primaria.
La construcción permite así un anudamiento entre lo que en una cura se dice, lo que no se puede decir, y el saber de la teoría que la estructura y la posibilita.
El material que el analista aporta al control es ya de hecho una construcción. Implica la selección de algunos elementos, la omisión de otros, su puesta en relación. ¿No se perfila entonces el control como un ámbito propicio donde este esbozo impreciso, que puede tomar la forma de una elucubración personal o simplemente de un malestar, pueda ir explicitándose, confrontándose, corrigiéndose? Lo que como exigencia adicional solicita de parte del psicoanalista en posición de supervisor cierta capacidad de sustracción que dé cabida a un trabajo de elaboración; uno que consolide la transferencia no tanto a su propia presencia, como a la del psicoanálisis mismo.
Precisemos: la interpretación no se confunde con la comunicación de construcciones, aunque ésta pueda adquirir en determinado momento el valor de una rectificación de la posición del sujeto en el análisis, y hasta reintroducirlo en él. La interpretación, regida por la oportunidad, encuentra su ocasión en las inflexiones del discurso por las que las marcas de la enunciación vinculan al sujeto a su deseo. Pero se subordina a una estrategia, la transferencia, y se somete a una política: la que regula por la falta en ser la finalidad de la cura. Por no desconocer la ubicación estratégica en la que opera, ni la política que la gobierna, la construcción, como herramienta, debe permitir situar a la interpretación en su dimensión táctica, posibilitarla, porque es a partir de ella que su espontaneidad puede ser calculada.
Capaz de ser puesto en suspensión en el momento mismo en que se produce, de revisar su propia formulación, el saber de la construcción es un saber a elaborar. Lo que conduce a situar en la demanda de control lo que en ella puede leerse como articulable del deseo del psicoanalista; en ese trayecto que la pregunta sobre «¿qué hacer con un paciente?» despliega, para dirigirse «no tanto a lo que el analista pretende hacer de su paciente, sino a lo que espera que su analizante haga de él»(11).
Entre el caso de un analista y el analista como caso, se trata de provocar el trabajo de construcción de un caso que, como tal, incluya al analista.
NOTAS
(1) Octave Mannoni. «El análisis original». Claves de lo imaginario. Amorrortu, Buenos Aires, 1973.
(2) Jorge Jinkis. «El control es contingente, la supervisión necesaria, el análisis imposible». IMAGO N°8. Buenos Aires, Letra Viva, 1979.
(3) G. Díaz - R. Díaz Romero - D. Gómez. «El agieren de la supervisión» En: El control. Buenos Aires, Nueva Visión, 1991.
(4) Véase la Correspondencia Sigmund Freud - Edoardo Weiss: «Problemas de la práctica psicoanalítica». Gedisa, Serie Freudiana dirigida por Oscar Masotta, Barcelona, 1979.
(5) Colette Soler. «¿Qué control?». Finales de análisis. Manantial, Buenos Aires, 1988.
(6) «Sur l'histoire de la formation des analystes». Revista Scilicet 6/7, Paris, Seuil, 1976.
(7) Aunque debamos subrayar la excepcionalidad que representa la experiencia de comunicación del propio análisis institucionalizada en el procedimiento del pase.
(8) Esta cuestión merecería ser pensada en relación a la noción de transferencia de trabajo que Lacan menciona en su "Acto de fundación - Nota adjunta" (21/6/1964), a propósito de la enseñanza del psicoanálisis y su transmisión: "La enseñanza del psicoanálisis no puede transmitirse de un sujeto al otro sino por las vías de una transferencia de trabajo". Escansión 1 - Nueva Serie, La Escuela. Buenos Aires, 1989, p.13.
(9) Sigmund Freud. Construcciones en el análisis. Biblioteca Nueva, Madrid, 1967.
(10) Oscar Masotta, Cuadernos Sigmund Freud N°1, Buenos Aires, 1971. Citado por Alberto Marchilli. Analizar construyendo. Conjetural N° 20, dedicado a Oscar Masotta. Buenos Aires, Sitio, 1990.
(11) Jacques Lacan. Le Séminaire. Livre XI. Les quatre concepts fondamentaux de la psychanalyse. Seuil, Paris, 1973.
Mario Pujó: Psicoanalista. Director de «Psicoanálisis y el Hospital - Publicación semestral de practicantes en Instituciones Hospitalarias».
** Artículo publicado con el nombre: «El dispositivo de control» en Poubellication Lacaneana N° 3, Laberintos Editorial, Buenos Aires, Octubre 1992, pp. 122-129; e incluido en el libro: Mario Pujó, La práctica del psicoanalista, Paradiso Psicoanálisis, Buenos Aires, 1994, pp. 93-102.