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Seminario
El psicoanalista y la práctica hospitalaria

http://wwww.edupsi.com/psa-htal
psa-htal@edupsi.com

Organizado por : PsicoMundo

Coordinado por : Lic. Mario Pujó


Clase 10
Talleres en el tratamiento de las psicosis
Elisabeth Araceli Maza

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Si se consideran las actividades pensadas en las instituciones de Salud Mental, para el tratamiento de pacientes graves, ya sea en la Sala de Internación, ya sea en Hospital de Día, se destaca por sí misma la proliferación de espacios grupales centrados alrededor de alguna tarea.

Me parece que podríamos tomar como ejemplo los habitualmente organizados como Terapia Ocupacional. La propuesta de captar al paciente para alguna actividad, de levantarlo de su cama o arrebatarlo aún momentáneamente a la abulia de la cronicidad, marca la orientación de "ponerlo a hacer algo", muchas veces cuando ya uno mismo no sabe bien qué hacer, pero quiere hacer algo también … algo por el paciente.

Los familiares de pacientes psiquiátricos que he conocido en mi desempeño en Sala y Hospital de Día, se aúnan en una queja común; el paciente, aún acallados el delirio y las alucinaciones, "no hace nada". Las expectativas de que restablezca el curso de sus actividades van erosionándose por la frustración, el reordenamiento del grupo conviviente que redistribuye las responsabilidades del familiar enfermo y la íntima convicción de que el circuito productivo social ya jamás reasimilará al "exiliado". Pero aún así, piden a la Institución, a los terapeutas, al paciente: "¡hace algo !"

Yo también estoy de acuerdo con que el paciente haga algo. Por eso no estimé en poco para mi formación como practicante del psicoanálisis participar en coordinaciones de espacios grupales con actividades. Algo hay que hacer, algo el paciente podrá hacer, pero mucha atención, la cuestión es delicada; hacer por el paciente no es lo mismo que hacer junto con el paciente, y hay que saber a qué algo nos referimos .

Mencioné a la terapia ocupacional como ejemplo sobresaliente porque en su nombre mismo enuncia una hipótesis muy fuerte : ocuparse es terapéutico, hacer, trabajar, es terapéutico.

¡Qué poderosa afirmación se encierra en ese nombre, y a pesar de su difusión, qué descuidada por su aparente obviedad ! Hay una relación profundamente organizadora entre el humano y la actividad a la que dedica su tiempo y su esfuerzo, una potencia que articula en un contexto social empujes, fuerzas que surgen de la vida pulsional.

Qué actual, ¿no es cierto? ... Tener trabajo, abocarse a una actividad es estar entramado concretamente en relación al Otro social, enlazarse, adquirir un reconocimiento por medio de una actividad u oficio, "ser alguien", participar de una red de circulación. Además, esto es correlativo de cierta posición de derecho; trabajar es responder por sí, hacerse responsable, y merecedor de una retribución. Los niños, se presume, no trabajan; otros responden por ellos, sus padres, sus tutores, el Estado. Otros son los que atienden a sus necesidades, los que pagan, los que ganan dinero. Los niños no trabajan, juegan. Los locos no trabajan … ni juegan. O por lo menos no juegan a nuestro juego de pérdidas, ganancias, equivalencias, diferencias e intercambios. Entonces ¿qué hacen cuando hacen algo? Esta es la pregunta que no hay que precipitarse a responder.

Cuando en un espacio de actividad práctica, sea cual fuere su denominación o línea teórica, se congregan diez pacientes más un coordinador con una consigna uniforme; desde pintar latas para usar como macetas, hasta confeccionar guirnaldas de papel para un festejo, lo que debería llamarnos la atención no es tanto que los pacientes se rehusen a hacerlo como su usual acatamiento, su docilidad inerte a un trabajo de réplica mecánica de objetos cuyo valor terapéutico consiste en el hecho poco advertido de sustituir a sus hacedores en el lugar de restos reciclados, extraños, que no se sabe bien donde ubicar; objetos que nadie inviste de valor alguno, menos que menos los pacientes, que se apresuran a abandonarlos, o bien, ¡oh ironía!, a regalarlos a la Sala, a los terapeutas o a los familiares que los instaron gentilmente a demostrar que, como todos esperamos, los locos pueden hacer algo … "¡cométe tu algo!"

También yo he sido depositaria ingenua de multitud de hechuras de destinatario incierto, ya que nada hace suponer, mas allá de su entrega concreta, que sus autores hayan tenido una palabra que dirigir a alguien - o alguien a quien dirigirla -.

Dudando entre acopiarlas como "fetiches terapéuticos" o condenarlas a la nulidad del basurero, comencé alguna vez por reintroducir periódicamente, en el taller de plástica que coordinaba, los dibujos, collages, afiches, abandonados tiempo atrás; volviendo a presentarlos, haciéndolos reaparecer de su muda ausencia, se hacía posible el registro de un antes, de lo que alguien había hecho, de lo que cada uno o conjuntamente habíamos hecho. Así se propició un espacio de reencuentro, ¿con qué?, quizá con el valor oscuro e inquietante que puede desplegarse a partir de devolver a los pacientes esos objetos a los que sólo su enigmatización puede elevar al umbral de producciones.

Habrá que animarse a pensar que en ciertas condiciones los psicóticos pueden "producir" - no solamente "hacer" - . Esto es : involucrarse en lo que están haciendo, desde lo padecido, lo que invade, ya que no desde la fantasía; cuando mínimamente nos acercan las palabras que tratan de significar sobre lo hecho la certeza de sus padecimientos, cuando no pretendemos expulsar del espacio del taller lo bizarro que forma parte del psiquismo del paciente, sino alojarlo, y además "vestirlo", más que cubrirlo: pero no "evangélicamente" con nuestra propia capa: le prestamos elementos para que entreteja con su propio hilo.

Sea cual fuere la tarea que se elija como motivo de este encuentro; lo literario, lo plástico, lo teatral, nuestro lugar lo pienso como el de asistentes, asesores; aquellos que tienen un saber sobre algo específico pero que están descentrados del lugar de agentes. Es necesario construir un espacio en que la tarea y sus elementos se presenten, se ofrezcan, en el que uno también se ofrezca a sostener a otro en esta tarea pero aportando a la vez un saber y un interés "personal" en la misma, para decirlo provisoriamente, lo que es una garantía de que ese espacio no se transforme en un laboratorio donde se realicen experimentos de verificación teórica, o de una clínica bastardeada donde cada dibujo o texto producido conjunta o individualmente por los pacientes sea clandestinamente analizado y expropiado a su autor.

Es cierto que necesariamente se impone pensar al sujeto al que convocamos en sus limitaciones simbólicas, pero el objetivo es afinar los medios para que le sea posible integrarse a la tarea.

Muchas veces se tuvo en menos el aporte de estos espacios en la opinión de psiquiatras y psicoanalistas. A veces con justificada razón dada la precariedad conceptual y material con que se encaran. Algunas veces se los piensa como un momento de "distracción" o "diversión" (¿para quién?; ¿pacientes?, ¿terapeutas?), otras veces se los subordina a la disciplina de la Institución, que pretende saber administrar los bienes para las necesidades desde una generalización donde queda abolida la subjetividad.

Nuestro horizonte sigue siendo la palabra, que abre espacios de significación, que sostiene la diferencia y propicia la circulación.

Si nuestro entramado social nos sostiene como semejantes en torno a la significación fálica, no es en relación a ésta, no constituida en las psicosis, que nos situamos para dirigirnos a aquellos que no comparten el porvenir de nuestra ilusión y que no sustituirán la certeza de su goce por nuestro malestar en la cultura. Pero, como anticipé antes, siguiendo a Freud, no debemos desdeñar el valor de hacer algo con otros, junto a, a la par de otros: "Cuando no hay una disposición particular que prescriba imperiosamente la orientación de los intereses vitales, el trabajo profesional ordinario, accesible a cualquier persona, puede ocupar el sitio que le indica el sabio consejo de Voltaire. En el marco de un panorama sucinto no se puede apreciar de manera satisfactoria el valor del trabajo para la economía libidinal. Ninguna otra técnica de conducción de la vida liga al individuo tan firmemente a la realidad como la insistencia en el trabajo, que al menos lo inserta en forma segura en un fragmento de la realidad, a saber, la comunidad humana. La posibilidad de desplazar sobre el trabajo profesional y sobre los vínculos humanos que con él se enlazan una considerable medida de componentes libidinosos, narcisistas, agresivos y hasta eróticos le confiere un valor que no le va en saga a su carácter indispensable para afianzar y justificar la vida en la sociedad". (Sigmund Freud: "El Malestar en la Cultura").

El dispositivo de taller es a estos fines particularmente adecuado; propone en lo concreto un espacio de legalidades, saber y nominación, dejando en un respetuoso entre paréntesis lo que subjetivamente cada paciente puede poner en juego.

El taller, por otra parte, no responde al ideal de homogeneidad anónima de la fábrica o la escuela. Es un dispositivo donde el hacer no es la serie de la línea de montaje sino la tarea una por una del artista, el artesano y el hombre de oficio. De este espacio esperamos que en él surja la obra que no tiene valor de mercado ni precio de venta, que es, en el límite, "inapreciable".

Entonces, que lo hecho tenga "valor" no importa tanto, porque éste puede suspenderse, tanto como pretendemos que lo hagan los mortíferos significados de los delirios y las alucinaciones.

Este último punto es algo que siempre trato de establecer con los pacientes como parte del encuadre; el resultado de la actividad no tiene porqué ser un "producto logrado", lo cual, a mi juicio, resuelve provisoriamente una contradicción generalizada: invitar a los pacientes a hacer "algo productivo" sabiendo de antemano que lo que resulte de este hacer no tiene canales de circulación e intercambio en un contexto social donde se supone la retribución del trabajo o el reconocimiento hacia el autor. No tener claridad en este aspecto de la propuesta es someterlos de una forma sutil a una variante más del sinsentido.

Renunciamos entonces al producto de mercado, también al objeto útil, en favor de la obra por advenir. Mientras tanto, sabiendo la dificultad del psicótico para deslizar la certeza del goce que le concierne hacia algún saber -a través del delirio, por ejemplo- le acercamos otro tipo de saber, el del oficio o tarea propuesta como un sistema parcial de diferenciaciones, de elementos, de técnicas, lo cual nos ubica en una actitud de no intrusión a la vez que lo habilitamos como posible artesano o autor, pero sabiendo que mientras tanto, en este devenir, algo de lo pulsional desarticulado e informe puede entrelazarse, condensarse, cederse a la tarea.

Un detalle poco mencionado es el tema de los elementos concretos con que se arma un espacio de taller y la idoneidad de quienes lo coordinan, y no me refiero a su saber psicoanalítico. Se puede tener formación, y el interés válido y genuino de escuchar psicóticos, pero no se puede improvisar un interés por lo literario o lo plástico. El interés por la tarea misma que mencioné significa que el coordinador debe estar en posición de donar al espacio ese elemento personal igualmente genuino. La co-coordinación con un artista, artesano o "idóneo" sería una de las formas más eficientes de articular dichas características. Siempre que no se entienda esto como una simple exigencia de erudición sino como la necesaria habilitación en un contexto de aquel de quien se espera que sea el nexo con el saber acerca de una tarea específica.

En las instituciones se verifica, por otra parte, una mezquindad iatrogénica en relación a estos espacios. Se pretende que los pacientes produzcan con materiales de costo ínfimo, porque, como contracara de ponerlos a "hacer algo" se esconde la inapelable suposición de que lo que logren será absolutamente prescindible, también en lo terapeútico, reducido a su versión de "pasa-tiempo".

Por el contrario, mi posición personal al respecto es que cada encuentro puede convertirse en un acontecimiento, dado por la posibilidad de entrelazar el saber técnico y los elementos de la tarea el mundo psíquico del paciente, y si muchos trabajos resultan meramente depositados, serán tratados como ensayos o precedentes de una obra por venir… y un nombre como autor por construir.

Nuestro saber psicoanalítico se aplica a dos vertientes complementarias; pensar el alcance de una tarea en cuanto a su capacidad de articulación pulsional y el desafío que cada aspecto de dicha tarea plantea para cada paciente en particular.

Respecto a mi propia experiencia, mi interés me llevó a co-coordinar talleres de plástica con pacientes psiquiátricos crónicos y agudos, -muchos esquizofrénicos, algún paranoico-. Pensarlos desde el inicio como espacios que requerían de un mínimo interés por parte de cada paciente, interés que en todo caso correspondía a la coordinación fomentar, me llevó a encontrarme con realizaciones más espontáneas y a poder admitir paulatinamente el recorrido personal de cada paciente en el taller, de lo cual surgía el no poco frecuente aporte de invenciones y variaciones técnicas compartidas y adoptadas por otros pacientes.

Tratar de conceptualizar estos encuentros de trabajo acerca de lo visual, lo estético, lo gráfico, me mostró las dificultades y, por ende, los nudos articuladores de cada aspecto que la expresión plástica puede presentar para los psicóticos. El trabajo con las perspectivas, las formas, los colores, la luz, nos revela la problemática de la mirada como pulsión, las vicisitudes de su constitución. Refiriéndome a la tarea, concretamente, en cada sujeto pueden verificarse dificultades: para consistir en un punto de fuga que organice una perspectiva, planteándose ésta con una rígida lógica lineal, o por el contrario como yuxtaposición de perspectivas estalladas. La forma puede esbozarse en espacios por medio de una línea que parece delimitarlos pero que no logra volver a su punto de inicio para cerrarse circunscribiendo un adentro y un afuera. Los colores pueden evolucionar en un trabajo hacia una indeterminación de valor cromático y de luz por el abuso de colores oscuros, fríos, neutros, que aplastan el boceto original. El armado de collages puede enfrentar al paciente psicótico con la dificultad de encarar la elección entre los elementos que usará en su trabajo y los que descartará como restos no reciclables. En forma general y en especial con pacientes reagudizados, la tarea es una posibilidad de encararse en lo visual con signos enigmáticos y siniestros que suscitan su autorreferencia, pero a la vez le propone localizarlos en un espacio gráfico y otorgarles quizá una significación delirante amortiguadora..

Bajo estas condiciones, he comprobado con asombro y agrado, que los pacientes desarrollan un interés personal en la tarea de plástica que encaran, manifestando su complacencia o desagrado con lo logrado y solicitando o aceptando asistencia y sugerencias para resolver en forma específica, subjetiva, las dificultades que se le presentan y que, con poco que se los escuche, son capaces de enunciar casi técnicamente. A ellos rindo homenaje en estas líneas por haberme permitido mirar, a mí también, las imágenes que pueblan su mundo psíquico.

Para finalizar, más allá de los recursos que cada uno de los pacientes ponga en juego en el taller, la apuesta es que la invitación los congregue, no en torno a un objetivo sino a una expectativa, no para lograr un estándar sino para suspender lo aplastante, no a un dispositivo prolijamente delimitado, sino a un artificio moldeable, recreable, donde lo hecho pueda desprenderse de lo útil, lo interpretable, y ser, aunque sea sólo un poco o por un instante, sublimemente inútil e inefable, como el arte.


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